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mardi 14 septembre 2021

Mujeres, ya en el cielo de Dios.

 

    ¿Cómo hablar de la Asunción de María cuando ninguna página de la Escritura nos dice en qué consiste la vida después de la muerte, ni la de María, ni la de Jesús “resucitado” de la Muerte?

 

    Sólo comprenderemos este misterio, no escrutando el cielo, sino mirando a María en su caminar

humano y siguiéndola humildemente en su marcha. Si María está en la gloria, es porque creyó en la Palabra de Dios y porque cada día de su vida, respondió a esa Palabra. Desde su niñez, María estaba acostumbrada a decir si a Dios. Mejor que nadie, ¡jamás le negó nada a Dios! Es lo que los cristianos queremos decir cuando siguiendo el pensamiento mítico de la Iglesia Católica, decimos que María es sin pecado, que es inmaculada, que esa toda pura y  siempre virgen.

    A través del mito de su Asunción al cielo, la tradición espiritual cristiana nos quiere recordar que la consumación de nuestra vida no depende de nosotros. Sólo Dios puede satisfacer el infinito amor al que aspiramos. Sólo podemos acoger el don gratuito que Dios nos hace de sí mismo a través del amor que ha derramado en nuestros corazones. Pero acoger, vivir y responder al amor, es precisamente, como María, decir Si al misterio de Dios que nos interpela.

    Hoy, unidos a la humilde mujer de Galilea, son todas las mujeres del mundo las que  dirigen a Dios su “magníficat”  y su acción de gracias, por su belleza y su grandeza interior, por su dignidad, su abnegación, el don de sí mismas, por toda la compasión, la ternura y el amor de que son capaces y que llenan su corazón.

    La fiesta de hoy es también la asunción al cielo y la exaltación de todas las mujeres tiranizadas y explotadas. Hoy rendimos homenaje a las mujeres-esclavas (por todo el mundo,  sobre todo en África, y en el Medio y Extremo Oriente); mujeres que no pueden jamás salir de su prisión, de su casa, de su estado de dependencia; que no serán jamás personas libres, autónomas e independientes, que nunca será dueñas de sus decisiones y su vida. Esas mujeres que jamás serán personas, sino objetos de placer, de trabajo, de reproducción. Mártires arrebatadas, vendidas como animales o mercancía, que son víctimas de la violencia de los hombres, del fanatismo religioso, de los prejuicios culturales, de costumbres bárbaras. Mujeres que todavía hoy, en nuestras sociedades modernas evolucionadas, democráticas y de derechos, son víctimas de injusticias, discriminaciones, acoso, exclusión.

    Sí, la fiesta de hoy quiere recordarnos la grandeza y los sufrimientos de las mujeres en este mundo todavía y siempre gestionado y dominado por el poder y la falsa, pero persistente convicción de la superioridad masculina. Esta fiesta quiere enseñar a nuestras sociedades patriarcales que, si hay una criatura que, con la totalidad de su ser y toda la consistencia humana de su persona, merece estar con Dios y ser considerada como la criatura más cercana y más semejante a Dios, es ciertamente la mujer…

    En efecto, es ella quien mejor encarna el misterio de la presencia del amor de Dios en nuestro mundo. Un amor que se declina y se manifiesta a través del maravilloso abanico de sus variaciones, del que, sobre todo las mujeres poseen su capacidad y secreto: un amor que se hace  don, cuidado, atención, abnegación, dedicación, sonrisas y lágrimas, abrazos, caricias y vida.

    La fiesta de hoy, al presentarnos la historia de una mujer que vive ya en el cielo con toda la plenitud de lo que es en su alma y en su cuerpo, busca hacer comprender a todos los grandes y los potentes de este mundo, a  todos estos machos  que tienen en sus manos la suerte de la humanidad, que podrán impedir que la sociedad humana y el Planeta se conviertan en un infierno, sólo si son capaces de hacer reinar en él los principios y los valores que son el corazón del alma femenina.

Bruno Mori   

15 agosto 2021  - En la  fiesta católica de l’Asunción de Maria, la madre de Jésus, en el cielo de Dios.  

 

Traducción de  Ernesto Baquer

 

samedi 17 juillet 2021

Una comida, una comunión, una presencia

 

En la fiesta del ”Corpus Domini”

 

Comenzamos por una pregunta. ¿por qué el gesto de la comida fraternal en común llamada agapé o eucaristía, después de 20 siglos y hasta hoy, ha sido respetada fielmente por los cristianos de todo tiempo y lugar, hasta convertirse en el rito más típico e importante de su práctica religiosa?

La respuesta es que los discípulos, siguiendo el ejemplo de su Maestro, han comprendido que una comida juntos, en torno a una mesa fraternal, tiene una carga simbólica excepcional y que este gesto ordinario se presta, más y mejor que ningún otro, para expresar, de manera simple pero sugestiva, los valores y el contenido más fundamentales de su mensaje.

De hecho, una mesa preparada es sinónimo de familia, afecto, fraternidad, amistad, comunión, complicidad. Una buena comida festiva constituye una oportunidad única para comunicar, dialogar y compartir. El hecho de sentarse en la misma mesa con otros convidados nos obliga a salir de nuestro aislamiento y nuestra soledad. La gozosa presencia de otros invitados al lado nuestro, nos obliga a buscar lo mejor que hay en nosotros, a activar nuestra capacidad de escucha, a mostrar atención, interés, a mirar al otro en los ojos, y también, si nos abre la puerta, a entrar, aunque sea por unos instantes, en los secretos de su vida.

Alrededor de una mesa de fiesta, no sólo comemos alimentos, también estamos invitados a gustar de la parte mejor y más secreta de la persona sentada a nuestro lado.  La comida es el lugar propicio no sólo para cotilleos, sino también para confidencias, confesiones, excusas, reproches, arrepentimientos. Acercamientos, reconciliaciones. Una buena mesa es el lugar donde se tejen relaciones, se forman amistades, nacen amores.

Un banquete festivo frecuentemente se organiza y prepara para conmemorar un acontecimiento, festejar a una persona querida. Así, durante la comida, conmemoramos, recordamos, hablamos de ella y de los acontecimientos que le conciernen. Para expresar hasta qué punto esa persona ha sido importante para nosotros y nos ha tocado, influido y transformado nuestra vida.

Pensemos, por ejemplo, en un banquete de aniversario de bodas de oro. ¡Qué placer para sus hijos, ahora ya adultos, recordar las grandes etapas de la vida de sus padres, los rasgos típicos de su carácter, anécdotas divertidas, actitudes o comportamientos del papá o la mamá que les impactaron y marcaron!

Una comida de fiesta con frecuencia es un tiempo especial durante el cual recordamos con afecto y ternura a personas que han sido importantes para nosotros y donde revivimos acontecimientos que nos marcaron y nos ayudaron a afrontar mejor nuestra existencia.

Por ello, Jesús, antes de morir, recomendó a sus discípulos el gesto de la comida fraterna como la manera más fácil y apta para recordarlo, volver a sumergirse en su Espíritu y expresar y vivir juntos los contenidos más fundamentales y típicos de su enseñanza.

Por eso cada domingo nos reunimos como una sola gran familia, alrededor de la mesa (altar) eucarístico. Lo hacemos porque queremos vivir juntos un momento de fraternidad, convivencia y comunión; porque queremos, con ese gesto, expresar y manifestar todo el amor que nos anima y que deseamos esparcir a nuestro alrededor para que aporte más felicidad a nuestros hermanos.

Pero nos reunimos también para recordar a nuestro Maestro y Señor Jesús, para recordar los acontecimientos más impactantes y las etapas más importantes de su vida; pera reflexionar juntos (ayudados por el jefe de familia) sobre sus palabras, los contenidos de su enseñanza, para, seguidamente, traspasarlos a lo concreto de nuestra vida cotidiana que así se transforme en imagen de la suya.

En fin, nos reunimos para comer, es decir satisfacer nuestra hambre y nuestra sed, para alimentarnos con las palabras y la enseñanza de nuestro Maestro Jesús, en cuyo Espíritu queremos construir la calidad de nuestra vida.

Precisamente hambre y sed de él que expresamos en el momento de la comunión, cuando, en la mesa eucarística recibimos y comemos el Pan Santo, la Hostia “consagrada”, signo sacramental de la presencia continua del Señor Jesús en medio nuestro y en nuestra vida.

Fiesta hermosa la de hoy, que nos recuerda la necesidad que tenemos, en cuanto cristianos, de alimentarnos continuamente del Señor Jesús, siempre vivo y presente en la comunidad de sus discípulos, a través de su Palabra y su Espíritu.

 

Bruno Mori – Junio 2021

 

 

 

SIN EL OTRO Y SIN AMOR, NO SOMOS NADA

 

Reflexiones para el Jueves Santo 2021

 

El evangelio de Juan sitúa los acontecimientos del relato durante la última cena pascual de Jesús con sus amigos.  Si durante esa cena lo más importante, solemne y cargado de recuerdos sería el ritual judío, al tomar Jesús la iniciativa de lavar los pies a sus discípulos, es que quiso reemplazar los símbolos antiguos (liberador y triunfal) de esta cena con el simbolismo del gesto de humildad y humillación. Y ello con el fin de grabar para siempre en el espíritu y el corazón de sus discípulos, un principio de vida y de conducta humana que particularmente querido en su corazón, porque constituía el centro y lo esencial de su mensaje: la necesidad de encarnar en su vida, las dinámicas amorosas del comportamiento de Dios, por las que, cada uno, se torna capaz de descentrarse de sí mismo y de vivir en una disposición constante de darse y de servir.

 

De ahí que Jesús, en tierra, lavando los pies a sus amigos, se convierte en el prototipo del comportamiento de cada discípulo. Con este gesto, el primero se hace último, el grande pequeño, el que manda como el que sirve. Sí, a los ojos del mundo, es un comportamiento loco, insensato, anormal. Pero a los ojos de Jesús, en adelante, será (o debería ser) la actitud normal de sus discípulos: «Les he dado el ejemplo, -les dijo- yo, a quien llaman Maestro y Señor, para que ustedes hagan lo mismo».

 

Con este gesto, Jesús señala a los suyos un nuevo programa de vida: no una existencia centrada y replegada sobre uno mismo, en la búsqueda obsesiva, exclusiva y egoísta de su bienestar personal, sus intereses, sus deseos, sus apetitos, sino en una vida entregada al servicio de los otros (sobre todo si están desvalidos, abandonados, oprimidos, si sufren) y a poner más amor, a crear más fraternidad y a producir más felicidad en nuestra sociedad y en nuestro mundo.

 

Con este gesto de humillación, la víspera de su muerte, Jesús quiere transmitirnos su herencia más preciosa: hacernos entender que sólo el amor al otro colmará nuestra vida y salvará al mundo. Quiere que tomemos conciencia de la importancia del otro en nuestra existencia. Porque el otro es el único que hace posible el amor en nuestra vida y por lo mismo, el despliegue y la realización de nuestra humanidad, nuestra felicidad, así como el sentido de nuestra existencia. Sin el otro y sin el amor, no somos nada, decía Pablo a los de Corinto. Este salir de nosotros mismos para encontrar al otro con la finalidad de amarlo por lo que es, para amarlo sin condiciones, califica no sólo el comportamiento cristiano, si no que es la base de un comportamiento auténticamente humano.  Sin el amor, ya no somos humanos, nos deshumanizamos.

 

La persona que ama, permite dar sentido a todo lo que vive. Amar al otro, sea un humano o cualquier representante de la familia de los seres vivos, es darle una razón de vivir. Para un ser no hay, en efecto, ninguna razón de existir. La existencia es pura gratuidad. Pero amar al otro, significa querer que el otro exista. Es el amor quien lo hace válido, importante y necesario. Amar a una persona es decirle “tú nunca morirás en mi; tú debes existir; tú cuentas; el mundo sería un lugar triste e inacabado sin tí; el mundo es más bello, mi vida más feliz gracias a tu presencia…”

Cuando alguien o algo se vuelven importantes para otro, sobreviene en éste un brote de energías vitales. Port ello, cuando se ama, uno se rejuvenece y tiene la sensación de comenzar una nueva existencia en un mundo que, súbitamente y por encanto, se vuelve “maravilloso”. El amor es un estallido de vida y una sublime fuente de alegría, encanto y felicidad.

Las nuevas consignas y la nueva orientación de vida que Jesús nos deja en herencia, se convierten entonces en la negación de toda relación que se instaure con los parámetros y la lógica del poder y de la superioridad de unos sobre otros; así como la condena de todos los comportamientos y actitudes egoístas y predadoras que se desarrollan opuestas al camino de la responsabilidad, el cuidado, el respeto, la consideración, la atención amorosa al mundo humano y al mundo natural.

 

El genio y la originalidad de Jesús consiste en haber comprendido que los humanos nos sentimos mucho mejor dotados y felices en un mundo (o una sociedad) guiado por las fuerzas y actitudes del amor, la compasión y el servicio, que por las del poder, la violencia y la opresión. De suerte que, para Jesús, la humanidad realizará un enorme salto evolutivo cuando haya integrado en sus convicciones y prácticas el valor de la disponibilidad, el servicio y el amor gratuito y desinteresado de los unos para con los otros.

 

En este Jueves Santo, los cristianos somos pues invitados a recorrer, ahora nosotros, el camino por el que Jesús marchó, y a asimilar en nuestra vida las actitudes interiores que hicieron de él el buen pan que ha sido para todos. “Yo les he dado el ejemplo, nos dice también esta tarde, para que se amen los unos a los otros como yo los he amado”.

Pienso que la realización de este modelo de amor y de servicio es, para los humanos de hoy, la única manera de realizar y salvar el mundo que habitamos.  

 

Bruno Mori 

 

Traducción de Ernesto Baquer

 


 

mardi 11 mai 2021

“Conservar” en el corazón

 


Fiesta de la familia de Jesús (Lc 2,22-40)

Original italiano en: http://brunomori39.blogspot.com/2021/01/le-conserve-del-cuore.html.

 

Algunos manuscritos antiguos del evangelio concluyen este relato de Lucas sobre la presentación de Jesús en el templo con esta frase: “Y María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”; una frase que en realidad se encuentra  también en el versículo 10 del capítulo precedente que narra la historia del nacimiento de Jesús.

Me gusta mucho esta frase atribuída a María y que encuentro bien actual y rica de significado, también para nosotros que vivimos en un mundo tan lejano y diverso del suyo.

Es que el evangelio dice que María “conservaba” dentro de su corazón todo lo que los acontecimientos y advenimientos que la vida le ofrecían, porque estaba convencida que, a través de ellos, se manifestaba la bondad, la generosidad, la compasión y el amor de Dios en nuestro favor, y por lo tanto mensajeros de sentido y significado.

Decir que María guardaba, conservaba, es como decir que “ponía en conserva”. Un verbo que hace pensar en la “nona”, las mamás italianas de nuestros países de antes, pero también de ahora. Durante el verano y el otoño, cuando la naturaleza era exuberante y el huerto generoso y abarrotado de frutos y verduras, esos “ángeles del hogar” se afanaban continuamente preparando “conservas”, para no perder ni uno de esos bienes de Dios que cada año les llegaban gratis y con profusión como un hermoso regalo del cielo.

Nuestras “mamas” le tenían horror a desperdiciar. “Desperdiciar los alimentos” que la Naturaleza y el buen Dios nos daba era un pecado grave. Esas mujeres, en su sabiduría simple y profunda sensibilidad, habían comprendido que, en la vida, las cosas bellas, buenas, beneficiosas, nunca deben desperdiciarse o perderse: que siempre merecen ser “conservadas”, justamente porque son buenas y nos llegan como una “gracia” y un beso de Dios, con la finalidad de hacer mejor, más segura, más gozosa, nuestra vida y más sensible y agradecido nuestro corazón.

Esta actitud de María que nos presenta el evangelio de hoy, nos llega a propósito a nosotros que, lamentablemente, vivimos en una sociedad de inmenso desperdicio. Una sociedad del consumo inmediato; del usar y tirar, de los productos y alimentos que “caducan”, que no se conservan y que deben tirarse. Obligadamente. Porque la caducidad está escrita en el envase. Porque corremos el riesgo de perjudicar nuestra salud, dicen. Porque consumir productos caducados,  nadie lo recomienda, ni los comerciantes, ni los dietistas, ni los médicos. Porque está prohibido por la ley.

En nuestro mundo occidental, nos hemos acostumbrado a vivir en una sociedad que alienta el consumo a ultranza, y en consecuencia, al desperdicio. Porque consumir y desperdiciar –dicen- es bueno para la economía.

Entonces, manipulados, adoctrinados y seducidos por la publicidad mentirosa de la cultura insensata del consumo como signo de bienestar y de progreso, de productos que creemos necesitar, compramos tantas y tantas cosas (inútiles), que no conseguimos usar, ni consumirlas todas. Entonces descartamos, tiramos. Y adoptamos el desperdicio automático, como estilo de vida y signo de prosperidad.

Y desgraciadamente tiramos productos, vestidos, muebles, electrodomésticos, teléfonos, computadoras, elementos informáticos, de moda hace pocos años, para tener otros más modernos y atrayentes. Pero con frecuencia arrojamos a la calle y despreciamos valores mucho más importantes y vitales, que pertenecen al mundo interior de los valores y sentimientos que determinan la calidad humana de nuestra persona y nuestra existencia.

Y así tiramos a la calle principios y enseñanzas de sabiduría, buenos propósitos, amistad, afectos, fidelidad, promesas, valores y amores. Nos volvemos individuos asqueados e indulgentes. Dejamos de lado la gentileza, el garbo, la buena educación, la fineza del trato, la atención y el interés por el otro. Echamos a la calle la sensibilidad del corazón, para tan sólo conservar la dureza del egoísmo, la indiferencia indulgente, y la avidez de dinero y del beneficio personal.

Esa actitud de “conservar” que el Evangelio atribuya a María, constituye para nosotros una invitación a cultivar la capacidad y el arte del discernir, de percibir, de captar los valores de los acontecimientos y de conservar todo lo bueno que, con frecuencia, crece en profusión en el huerto (o el jardín) de nuestra vida.

Son cosas buenas sembradas en las relaciones tejidas por nosotros, en los buenos ejemplos recibidos, en la calidad humana, en la sabiduría y las enseñanzas de los maestros, en los amores vividos, en los lazos creados, en los momentos de exaltación, encanto, éxtasis y felicidad vividos, en los dolores experimentados, en las luchas entabladas, en los vacíos que tuvimos, en las lágrimas derramadas…

Todo ello constituye la rica reserva de los frutos preciosos producidos en el huerto de nuestra vida y para “conservar” con premura, como María, en la despensa de nuestro corazón…

Estas “conservas” serán preciosas cuando, extenuados, descorazonados y deprimidos por las pruebas y angustias de la vida, necesitemos nutrirnos y reanimar nuestro espíritu con un producto que nos guste y que pueda ayudar a levantarnos y a reencontrar el coraje, las ganas y la alegría seguir viviendo.

 

Bruno Mori  - 26 dic. 2020

 

Epifanía una nueva manera de amar

 

(2021)

Traducción del original francés. http://brunomori39.blogspot.com/2021/01/lepiphanie-ou-lemergence-dune-nouvelle.html.  

 

En las iglesias cristianas de los primeros siglos, la fiesta de la Epifanía conmemoraba y celebraba los tres momentos más importantes del comienzo de la vida de Jesús: su nacimiento en Belén, la adoración de los Magos y ser bautizado por Juan en el Jordán.

Navidad (del latín dies natalis) es el relato poético e imaginario del nacimiento y la aparición y por ello de la presencia entre los hombres de un “salvador”.

Epifania, que significa manifestación, aparición, revelación, es el hermoso cuento de la llegada de los Magos al pesebre de Belén. Es uno de los mitos cristianos más populares y célebres, sobre todo en la Iglesia de Oriente, a causa de su gran carga simbólica. Históricamente es más antigua que la fiesta de Navidad que, en Occidente, se comenzó a celebrar sólo a partir del siglo V, cuando reemplazó las fiestas paganas del solsticio de invierno, en las que se saludaba la llegada del dios-sol mensajero y portador de más claridad y luz a los seres humanos.

Entonces, para los cristianos, Navidad y Epifanía constituían dos solemnidades bastante semejantes porque, tanto la una como la otra, conmemoraban la aparición de Jesús en el mundo de los hombres. Un Jesús a quien la fe cristiana consideraba presencia de Dios, estrella de Dios y luz de Dios, aparecidas para disipar las tinieblas de la maldad y del mal.

La fiesta del bautismo del Señor, en las aguas del Jordán y el relato de una voz divina que presenta a Jesús como el hombre “privilegiado” por Dios, por El especialmente amado y que se manifiesta públicamente a los hombres de su tiempo.

Todos estos cuentos fueron imaginados y elaborados por los autores cristianos del siglo primero con el fin de hacer comprender a sus hermanos en la fe que, con la aparición y presencia de Jesús entre nosotros, hizo su aparición en nuestro mundo una nueva cualidad de amor (incondicional, gratuito y desinteresado). Una nueva forma de amor que encontró en Jesús su receptáculo, su morada y su elección manifiesta.

En efecto, a través de la vida y la obra de este hombre, ese amor está ahora destinado a comunicarse, manifestarse, activarse y actuar en la vida de todos aquellos y aquellas que se apegan a él y lo siguen en el camino que trazó para que cambien el mundo viejo en un mundo nuevo. Un mundo que Jesús llamó “el reino de Dios” y del que señalaba debía construirse primero en cada uno de nosotros, porque primero – decía: “el Reino de Dios está en ustedes”.

Entonces la Epifanía se hace hoy para nosotros una historia magnífica que, en su simbolismo y su poesía encantadora, quiere anunciarnos la aurora de un nuevo día que se levanta sobre nuestra tierra. Anuncia la posibilidad de una nueva manera de ser humano y de amar. El advenimiento de una nueva sociedad donde las relaciones entre los individuos ya no estén basadas, como en el pasado, sobre el principio bruto y primario de la fuerza, el temor, el interés personal, el enfrentamiento, la explotación y la opresión del más débil por el más fuerte, sino sobre la fuerza de la compasión y el amor fraternal y desinteresado que hace de nosotros personas espiritual y humanamente más dotadas y realizadas. Por tanto, ya no más la práctica de la discriminación, la ley del talión, el “diente por diente”, sino de la mano tendida, el amor a los enemigos, el bien ofrecido a los que nos quieren mal, el perdón concedido “setenta veces siete”, amar no como querríamos ser amados, sino como “Dios” ama.

De ahí por qué los cristianos sienten la necesidad de celebrar, recordar y confrontarse continuamente, o al menos cada año, con el Misterio de esta “divina” presencia del amor escondido en las profundidades de nuestro ser. A lo largo de estas celebraciones, muchos de entre nosotros buscan hacer balance y ver en qué medida la presencia de ese amor ha conseguido transformar y mejorar la calidad de nuestra vida.

Conservar activa en nosotros la presencia de esta cualidad única de ese amor del que sólo nosotros somos capaces, debería ser la principal inquietud de cada cristiano. Porque ese preciado tesoro ha sido confiado principalmente a nuestra responsabilidad de discípulos de Jesús. Como él y después de él, en efecto, somos sus principales mensajeros y testigos. Nuestra misión consiste en ayudar a los individuos de nuestra especie a dar el salto evolutivo hacia una forma más amable y amante y por ello más realizada de humanidad.

  

Bruno Mori 1o enero 2021

Traducción de Ernesto Baquer

lundi 20 janvier 2020

Reflexión para la fiesta del Bautismo del Señor

(Mt 3, 13-17)



            «Este es mi hijo bien amado en el que tengo puesta mi alegría». Así en el evangelio del Bautismo de Jesús hace hablar a Dios en la teofanía que revela la misión y la verdadera identidad de Jesús. Jesús es por tanto el «bien amado», en el que Dios se complace. Como Jesús, nos dice San Pablo, también nosotros somos hijos de Dios, y por tanto cada uno de nosotros es igualmente su “bien amado” y, en cada uno de nosotros, el Dios de Jesús derrama igualmente su amor.

Los relatos de Navidad, de los Magos y del bautismo de Jesús en el Jordán, son las tres manifestaciones más importantes de Dios a los hombres relatadas en los Evangelios. Pensábamos en un Dios en los cielos, y aquí lo vemos en un pesebre. Esperábamos un Dios abstracto, sobrenatural, puro espíritu, y aquí está en carne y huesos, en un hombre. Aguardábamos un Dios a quien pedir, y aquí tenemos un Dios que pide. Esperábamos un Dios acogido triunfalmente por la autoridad establecida, por los sabios y grandes de este mundo, pero los que lo reconocen y acogen son más bien los humildes, los pobres, los marginados de la vida. Aguardábamos un Dios grande, sorprendente, todopoderoso, en una entrada triunfal en nuestro mundo, con tambores y fanfarria, pero aquí, al contrario, tenemos un bebe casi invisible, asustado y frágil, a quien hay que buscar largo tiempo antes de poder encontrarlo, como tuvieron que hacer los Magos venidos del Oriente. Esperábamos un Dios ante quien probar que somos justos, buenos y virtuosos, y en su lugar descubrimos un Dios que nos ama gratuitamente, sin condiciones, simplemente porque existimos. Y ante quien no tenemos nada que probar, nada que hacer para atraer su atención y ganar su amor.

Hemos sido educados en merecer ser amados, en hacer cosas que nos hagan amables y dignos del afecto de los demás. Desde nuestra infancia, somos formados para ser buenos hijos, buenos alumnos, buenos muchachos y muchachas, buenos cónyuges, buenos padres, buenos trabajadores, buenos empleados, buenos patrones… porque el mundo recompensa a los que tienen éxito, a los que son capaces. Dentro de nosotros se insinúa la idea de que Dios nos ama, claro, pero con ciertas condiciones. Toda nuestra vida, en consecuencia, se convierte en una búsqueda de aprobación de legitimación, de reconocimiento. Pasamos la vida buscando saber lo que los demás piensan de mí, a fin de estar a la altura de sus expectativas.

En lugar de tratar de realizar mis proyectos, los míos, mis esperanzas, las mías, los deseos y las aspiraciones de mi corazón o de mi espíritu, y de hacer lo que realmente me realice, paso mi vida complaciendo a los demás, justificándome, haciéndome perdonar, aceptar, disculpar mi existencia.

Los demás no siempre me aman ”bien”, deseando y queriendo lo que es realmente “bien” para mí. Para Dios, al contrario, yo soy siempre su “bien” amado. Lo que significa que Dios ama y quiere siempre lo que es “bien” y “bueno” para mí. Y al hacerlo me ayuda a ser alguien “bien” y “bueno” tanto para El como para mí y, en definitiva, para los demás. Porque si yo soy “bien” en mi piel, si estoy feliz y satisfecho conmigo mismo, mi felicidad se derramará automáticamente sobre los demás y hará también la felicidad de los otros.

Dios no me ama porque yo sea gentil, bueno, valiente; sino amándome como lo hace, me vuelve bueno, valiente, gentil, y por ello alguien que es “bien” para todos. Su forma de amar, la cualidad “antecedente” de su amor, el hecho de ser su “bien amado”, me realiza como persona.

Lo que Dios ha sido para Jesús, lo es también para cada uno de nosotros. Como Jesús nosotros también, el día de nuestro bautismo, hemos sido depositados en las manos de ese mismo Dios de amor y nos hemos convertido en sus hijos “bien amados”. Ese día, la semilla de la presencia de Dios y de su Espíritu, ha sido depositada en nuestro corazón. Pero se trata de una semilla a cultivar, a mantener, porque se seca y muere si la descuidamos. Todo lo que haga vivir (arte, música, silencio, naturaleza, amistad, amor) me acerca a Dios, todo lo que me hace salir de mí (caos, apariencia, ruido, superficialidad) me aleja y me vacía de los mejor que tengo. Con el bautismo, cada uno de nosotros asume el compromiso de adoptar el estilo de vida de Jesús, su comportamiento, su manera de pensar, de creer y de amar. Como Jesús, soy llamado a vivir no sólo para mí, sino para los demás, y, como él, a dar mi vida por mis hermanos y hermanas.

Pasamos gran parte de nuestra vida, intentando triunfar, queriendo ser alguien, grande, importante, célebre… pero nunca podemos ser mas que hijos “bien-amados” de Dios y eso ya lo somos.
Esta fiesta de hoy es la fiesta de lo que hay escondido en nosotros, y que ha de ser redescubierto.

Entonces, como decía San Irineo de Lyon: “Cristiano, ¡conviértete en lo que eres!”, un ser repleto de amor, en quien el Dios de Jesús “tiene puesta su alegría”

BM – Enero 2020

(Traducción de Ernesto Baquer )


Navidad, más allá de la religión


Ensayo de interpretación no religiosa del cuento de Navidad.



En Occidente vivimos en una sociedad donde la religión y el Dios que nos presenta, han sido prácticamente eliminados de las preocupaciones y la vida de las personas. De tal manera que, sin exagerar, podemos afirmar que hoy, la mayoría de los occidentales consideran la religión como un fenómeno del pasado que ya no tiene importancia en el presente y viven como si Dios hubiera desaparecido definitivamente del horizonte de su existencia.

El mundo occidental moderno, caracterizado por las libertades individuales, el progreso técnico, la ciencia y el conocimiento, al eliminar de sus intereses a Dios y las creencias religiosas, todavía no ha sido capaz de llenar adecuadamente el vacío dejado por esa pérdida en la vida de muchas personas y que se traduce en una insatisfacción existencial, un déficit de sentido y de “espiritualidad”.

Privados de las referencias estables y seguras proporcionadas en otros tiempos por la Institución religiosa, la gente experimenta hoy una forma, más o menos consciente, pero real, de desconcierto psicológico, ético y espiritual que busca curarse a través del espejo de una felicidad basada en el súper consumo y la acumulación de bienes.

La gente de la modernidad, asqueada del agua estancada y corrompida que les ofrecía la religión, en su frustración, renunciando definitivamente a la búsqueda de “otra fuente” capaz de aplacar su sed de sentido y felicidad, banalizan ahora su existencia en la superficie de un cotidiano insignificante, sin inquietarse por conferirle calidad y profundidad.

Pienso que la gran tarea que nos espera a nosotros, los humanos que vivimos en esta época de la muerte de Dios y del divorcio de la religión, es la de buscar y descubrir, más allá, fuera de la religión, una nueva Fuente de sentido capaz de responder a las exigencias, con frecuencia atormentadas, de nuestro corazón y nuestro espíritu.

Porque si el Dios mítico de las religiones ya no consigue darnos respuesta, seguimos necesitando que nazcan en nosotros sueños, esperanzas, anhelos, deseos, visiones, sentimientos que nos sostengan a lo largo del viaje de nuestra vida. Necesitamos convencernos que no estamos solos y perdidos en un Universo frío y vacío de sentido. Necesitamos sentirnos parte de un Todo que nos incluya, englobe y acompañe y parte del amor del que vivimos y un día morimos.

Necesitamos que nazca en nosotros la certeza de la presencia de un Misterio, que nos supere, pero en el que nos encontremos y que nos desee y nos ame a pesar de todo y a pesar de nosotros. Y si por fortuna o por una especie de milagro este nacimiento llega a producirse en nuestra vida, entonces, en ese momento, habremos descubierto la “Fuente” y nos habremos encontrado con “nuestro” verdadero Dios.

Pero no será el Dios de las religiones, sino más probablemente el Dios de Jesús de Nazaret. En ese momento, la venida de Dios será un evento  real y perturbador de nuestra existencia, tal como parece anunciarse e ilustrarse poéticamente en el cuento cristiano de Navidad.

Si a lo largo de los siglos, la transmisión de la historia de Navidad ha conseguido tocar la imaginación y los sentimientos de innumerables generaciones de creyentes y colmar los corazones de esperanza, alegría y paz, eso significa que ha conseguido comunicarnos algo muy “bueno” para nuestra vida.

Ahora que, la sensación de que es lo « bueno » nunca ha sido una percepción absoluta y universal, sino siempre una percepción relativa, que puede variar considerablemente de una persona a otra y también depende de épocas, razas, culturas, tradiciones y lugares. Así, lo “bueno”, apetitoso, atrayente, válido en la cocina o en la conducta de los humanos del Neolítico o la Edad Media, corre el riesgo de no serlo del todo en la cocina, las acciones y las percepciones de la gente de nuestra época. Lo que es “bueno” normal y aceptable para los pigmeos del Camerún, probablemente no lo es para los habitantes de Noruega.

De igual manera, lo que, en el cuento de Navidad fue “bueno” para los cristianos sencillos e ignorantes de otros tiempos, ya no es sin duda lo “bueno” para mí ahora, a mí, un occidental moderno, configurado por la época de la ciencia y el conocimiento, y en poder por tanto de una cultura y una mentalidad como ninguna otra en el pasado.

Por ello, tengo mi manera, hoy, de ir a buscar en el mito cristiano del nacimiento del Niño Dios en nuestro mundo, lo que me afecta, coincide, me habla, me maravilla, me hace descubrir la “buena nueva” escondida que quiso finalmente anunciar a los humanos, y que me ayudará a situar mejor el lugar del Misterio y la acción de su Amor en mi vida.

Como los antiguos cristianos interpretaron a su manera el cuento de Navidad para que les hicieran bien, también yo, puedo y quiero hoy, interpretar a mi manera, sirviéndome y aprovechando todas las adquisiciones de mi cultura, mi mentalidad, mis sentimientos, para que ese cuento sea “bueno” y me haga “bien”, también a mí,  cristiano del siglo XXI.

Porque finamente, mitos, leyendas, cuentos antiguos, tienen un valor universal y perpetuo que con frecuencia son producto de sensaciones arquetípicas hundidas en las cavernas del inconsciente colectivo de la humanidad y la expresión de una sabiduría y espiritualidad naturales. De suerte que, del pozo de su sabiduría y sus intuiciones ancestrales, los hombres de cada cultura y cada época puedan extraer a la medida de su sed, sus necesidades, la orientación de sus intereses y sus aspiraciones; a la medida de la configuración de su visión del mundo, su cultura y su sensibilidad espiritual.

Por esta razón, yo también, hijo del tercer milenio, pretendo interpretar a mi manera el relato cristiano de Navidad, para poder extraer de él, lo que me parezca “bueno” para mí. Me gusta considerarlo como una hermosa fábula que ilustra, con imágenes extremadamente tiernas y poéticas, la acción de la “Energía Amorosa de Fondo” o del “Misterio Último” (al que las religiones han llamado Dios) en nuestro mundo, presentado como una “revelación”, una “materialización” y una “encarnación” de su presencia en lo que hay más grande y, al mismo tiempo, más pequeño, frágil precioso y bello en la materia de nuestro mundo.

Me encanta, pues, interpretar el cuento de Navidad como un relato poético y simbólico de la encarnación cósmica de la Fuerza o del Espíritu de Dios en las profundidades de esta materia capaz de transformarse en manifestación de Dios y en “hijo” de Dios. Esta “encarnación” cósmica del Misterio Original en la “materia sagrada” como la llamaba Teilhard de Chardin, es para mí un “milagro” mucho más probable, aceptable y creíble que la literalidad ingenua y absurda del relato evangélico de la Natividad.

Después de todo, mi interpretación tiene el soporte de la física cuántica y está por completo en armonía con las suposiciones, intuiciones y conclusiones más recientes de la astrofísica moderna, donde científicos de renombre postulan con mucha seriedad la presencia en ese Cosmos de una “Inspiración” (y por tanto de un “Espíritu” y un “Compositor” genial) necesario para explicar la música y las extraordinarias melodías tocadas por la orquesta sinfónica del Universo.
Entonces, permítanme contemplar a mi manera los personajes principales de esta tierna historia.

De ahí que en el cuento de Navidad, la « Virgen » María, la Madre-Milagro, fecundada por el Espíritu de Dios y que da nacimiento a la manifestación material, corporal y sobre todo humana de Él, se transforma para mí en un magnífico símbolo de ese Cosmos intacto, de ese Útero Original, de esa Madre Tierra, de esa Naturaleza placenta y cuna de todo ser y de toda vida, bella como una esposa engalanada para su esposo; de esa “Materia Sagrada” animada y removida en sus profundidades por las vibraciones de un Misterio de atracción y de fusión que me sobrepasa.

María se convierte así para mí en la figura más emblemática de esa fecundación cósmica por medio de la cual el Misterio Último se “materializa”, se “encarna” y actúa en nuestro Mundo y por ella, se revela a los ojos fascinados de nuestra sensibilidad espiritual y se ofrece a nuestro asombro, nuestra atención y los arrebatos de nuestro amor.

José, el hombre justo del cuento de Navidad, que asiste sorprendido, incrédulo, alarmado y preocupado al milagro de esta prodigiosa fecundación, y con una atención tierna y amorosa a los que le son confiados a su cuidado, respeto, veneración de semejante Madre, es también para mí la sorprendente imagen de cada ser humano en la tierra y de la actitud que cada uno deberíamos adoptar frente a este Mundo, a este Planeta, a esta Naturaleza, convertidos en lugar no sólo de la acción, la manifestación y la encarnación del Misterio Último, sino también en la camita en la que se acuna a todo hijo de la Tierra para que desarrolle todas las facetas de su amor y toda la profundidad de su humanidad.

Jesús, el hijo nacido del seno de María y confiado, con su fragilidad y su inmenso valor, a la pobreza de un establo, es para mí el icono más expresivo de lo que cada uno de nosotros es, o puede llegar a ser, en este mundo, si es capaz de tomar conciencia e interactuar con las Fuerzas amorosas que lo habitan. Que son, en efecto, las mismas Fuerzas con que el Misterio último ha fecundado el Universo y que se han derramado y “encarnado” de forma particularmente intensa en el corazón del hombre, haciéndolo receptáculo y relevo de la forma “divina” del amor en nuestro mundo.

Finalmente, el cuento de la Navidad cristiana se transforma en una puesta en escena genial, entrañable, llena de intuiciones sorprendentes e increíblemente modernas. Es una fábula exquisita que ilustra la acción potente de las Energías Misteriosas que bullen en el corazón de la Realidad y que parecen manifestarse como un proyecto genial o “divino” de relaciones e interacciones, de comunión y amor que nosotros los humanos debemos aplicar continuamente para que el Universo pueda cumplir y completar más holgadamente la marcha evolutiva hacia su fusión (amorosa) con el Todo.

 Creo que mi Navidad, si no es tan religiosa (en el sentido tradicional del término) es sin embargo muy cristiana. Pero no  cristiana a la manera de la Iglesia, sino a la manera del Jesús de los evangelios.
A lo largo de su vida pública, Jesús de Nazaret, consiguió cumplir dos destacadas hazañas: por una parte, fue capaz de presentarse al mundo como el hombre guiado y animado exclusivamente por el espíritu y las fuerzas del amor que encontraba en Dios; y por otra, presentar a “su” Dios como la presencia de una Energía amorosa de una calidad única en el corazón de cada ser humano.
¿No es todo eso el nacimiento de una nueva manera de concebir la presencia y la encarnación de Dios en nuestro mundo?
Entonces ¿por qué el descubrimiento de las misteriosas Energías portadoras de un Espíritu que nace en el corazón de la materia, “haciéndola “Santa” no habría de ser celebrada universalmente con una gran fiesta llena de luces, alegría y cantos de gozo, ¿como la celebración moderna de una nueva Navidad?
¿Por qué ese nacimiento, no ha de ser, para nosotros los modernos, una forma de dar un nuevo sentido a la Navidad, así como razones más verdaderas y estimulantes de celebrarla que susciten auténticos sentimientos de asombro, exaltación y alegría?
           
Bruno Mori, en la Navidad de 2019.

Traducción de  Ernesto  Baquer


mardi 28 mai 2019

Domingo de Pascua



(Juan, 20,1-8)

Orig francés_ http://brunomori39.blogspot.com/2019/05/dimanche-de-paques.html.

Se habrán dado cuenta con qué frecuencia la palabra “tumba” se repite en estos tres parágrafos del evangelio de Juan. En 8 versos la palabra sale 7 veces. Cinco para decir que los discípulos llegan a la tumba.

Dos para decir que la tumba está vacía. Podría decirse que el evangelio está más interesado en la actitud de los discípulos que buscan, que están angustiados, que quieren encontrar respuesta a sus preguntas, que en proporcionar una explicación clara y precisa que pueda definitivamente reconfortarlos y tranquilizarlos.

Es un hecho que los discípulos experimentan una pérdida, viven una prueba, están totalmente derrotados por los trágicos sucesos que han vuelto cabeza abajo sus vidas. Y como todo el que está en tinieblas porque no consigue comprender el sentido de lo que le pasa, se enloquecen buscando una explicación, un rayo de esperanza en la oscuridad que les rodea. Sienten una pérdida y un vacío terribles.

El Evangelio se toma el trabajo de anotar que estaba oscuro cuando los discípulos se ponen en marcha hacia la tumba. Cuando Jesús estaba con ellos ¡todo era tan luminoso! Con él vivieron momentos inolvidables. Ese hombre había transformado su existencia. ¡Habían descubierto tantas cosas a su lado! Habían aprendido a confiar en sí mismos, a confiar en los otros, pero sobre todo a confiar en Dios. Jesús hablaba de Dios como nadie lo había hecho antes. Tenían la impresión de que Jesús tenía una familiaridad, una confianza, un conocimiento de Dios, únicos.

También habían aprendido en contacto con Jesús a amar a Dios como su Padre y a tratarlo como sus hijos. Al lado de Jesús habían comprendido que Dios es ternura y amor Que Dios ama siempre primero; que ama sin condiciones; que ama sin mirar los méritos ni las cualidades de las personas; que ama aun cuando seamos malos y detestables. Jesús les había hecho comprender que todas las mujeres y todos los hombres, sin distinción, tienen un gran valor a los ojos de Dios; que para Dios cada uno es único y que es amado, apreciado y deseado en su especificidad y a causa de su singularidad. Habían aprendido que ante Dios lo mejor para un individuo es que sea él mismo en todo; y que lo que cuenta verdaderamente para un hombre y una mujer es la autenticidad de su ser y no su parecer.

Los discípulos, estando con Jesús, habían aprendido a no tener miedo de Dios, ni a los castigos de Dios. Porque Jesús les había enseñado que Dios no es alguien que castiga, sino un ser que perdona y que perdona siempre, que perdona sin cesar y que quiere nuestra realización, nuestra alegría, nuestra felicidad, ya aquí en la tierra, sobre todo aquí en la tierra y no sólo en el más allá. Todo ello les dio un nuevo sentido, una nueva orientación y un nuevo impulso a su existencia. Ahora se sentían personas transformadas, renovadas. Ahora vivían en la alegría, la confianza, la esperanza; ya no replegadas sobre sí mismas, encerradas en sus miedos, disminuidas por la conciencia de sus límites y debilidades, sino abiertos, confiados, disponibles, entregados a los demás, convertidos ahora en sus hermanos.

Gracias a la enseñanza del Maestro de Nazaret, saben que, pase lo que pase de triste, doloroso u horrible, nunca podrá ser una catástrofe irreparable o un mal sin solución, porque su vida será siempre sostenida e impulsada por el amor y la presencia de Dios. Durante su vida Jesús había realmente encendido en ellos la llama de la confianza, del optimismo, de la esperanza. Sus acciones, palabras, testimonio, su manera de pensar, en una palabra, el espíritu que animaba a Jesús, cuando recorría los caminos de Palestina, llegaron a ser una herencia y un tesoro que sus discípulos guardaron tiérnamente, preciosamente, fielmente en su memoria y en su corazón. Porque es esa herencia la que guía, inspira y da sentido a su vida.

Estas reflexiones nos ayudarán a responder a la pregunta planteada por el evangelio de Pascua que acabamos de leer: Después de su muerte, ¿dónde se encuentra Jesús? ¿Dónde tienen que buscarlo sus discípulos para poder encontrarlo? ¿Todavía pueden encontrarlo, sentirlo, tocarlo, a ese Jesús ejecutado en una cruz y desaparecido definitivamente del mundo de los vivos? ¿Cómo podemos afirma que está todavía vivo entre nosotros, como lo declara nuestra fe católica? El relato evangélico, con su insistencia puesta en la tumba, quiere hacernos comprender que todos los que corren a una tumba o que se empeñan en llorar un muerto o que quieren hacer de la muerte algo más importante y pleno que la vida, no encontrarán en realidad, al fin de su búsqueda, más que vacío y decepción. En una tumba sólo puede haber vacío, porque necesariamente la vida está en otra parte. La tumba está inexorablemente vacía. Está vacía de toda forma de vida. No es en una tumba donde los discípulos podrán encontrar ahora la presencia de su Maestro. Para los discípulos que buscan la presencia de Jesús, la tumba está vacía, nos repiten los textos evangélicos: “No busquen entre los muertos al que está vivo… lo encontrarán entre vuestros hermanos”, dicen los ángeles.

¡Desvelado por fin el misterio de Pascua! Tras su muerte Jesús está vivo, cierto, pero vivo en medio de sus hermanos y  discípulos, aseguran los textos de los Evangelios. Ahora podemos encontrarlo entre ellos. Son sus hermanos  y discípulos quienes continúan haciéndolo vivir, quienes lo continúan a mantenerlo vivo. ¿De qué manera? Guardando despierto el recuerdo de su memoria; manteniendo vivo en su corazón la llama de la confianza y el amor hacia su persona, plasmando su comportamiento sobre su ejemplo y su palabra y dejándose conducir por su Espíritu. Ahora somos nosotros los cristianos, el lugar de la presencia viva de Jesús de Nazaret en nuestro mundo. En nosotros y gracias a nosotros que lo amamos y creemos en él  y en el valor extraordinario de su enseñanza, de su evangelio, es como el profeta de Galilea está siempre vivo y actuando en la historia de los hombres.

Pienso que hay otra cosa que este texto del Evangelio quiere hacernos comprender. Para mí este relato se presenta también como una parábola de nuestra vida, de nuestra condición aquí en la tierra. María de Magdala, Pedro y el otro discípulo que corren hacia la tumba son figuras y símbolos de la condición humana: todos, tal como somos, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, todos corremos inevitablemente hacia la tumba. Allí se detendrá un día nuestra carrera.

Al cabo de nuestro viaje, puede que tengamos la impresión de encontrar sólo ausencia, vacío, silencio. Y quizá ese sentimiento o esa perspectiva nos llene de angustia de tal modo que miremos hacia la tumba con inquietud y aprensión. Sin embargo, los que estamos con Jesús, los que él volvió sensibles a mirar más allá de las apariencias y a leer en nuestra vida los signos de la acción amorosa de Dios, seremos capaces de descifrar, más allá del drama del fin, más allá del desorden de la muerte y del vacío de la tumba, los signos de un orden, una culminación, una plenitud y una presencia.

Para aquellos que, como el discípulo joven, sepamos mirar con los ojos de la fe y de la confianza que Jesús nos inspira, la muerte y la tumba no serán sucesos traumáticos donde terminan y se hunden inevitablemente las aspiraciones y sueños de nuestro corazón, sino el comienzo de un nuevo viaje con un equipaje terrestre que la tierna mano de Dios preparó y arregló cuidadosamente para que podamos tomar sin tropiezos la ruta de la eternidad.

Bruno Mori