vendredi 28 septembre 2018

El Hombre que da el pan…- Jn 6,24-35


(18° dom. ord. B )

Hoy sabemos que el proceso evolutivo del cosmos y de las especies vivientes sobre la tierra se realiza a través de una secuencia ininterrumpida de fracasos y éxitos, de cambios apocalípticos y de fabulosas realizaciones. Y así, asistimos a lo largo de la historia de la humanidad, a la continua y regular aparición tanto de desastres como de obras maestras de humanidad; a gentes que son vergüenza y deshonor de la raza humana, como a otros que son nuestra gloria y orgullo. Vemos aparecer personajes lúgubres que desearíamos nunca hubieran existido porque oscurecieron y barbarizaron la historia humana con los horrores de sus crímenes y su maldad.

Pero asistimos también a la aparición de figuras de hombres y mujeres que son como estrellas que surgen al azar de las energías atractivas que modulan la conformación del Universo y que, durante millones de años, alumbran con su luz la inmensidad de los espacios galácticos.

Así, entre los fracasos tan sólo de un pasado reciente, pensemos, por ejemplo, en los tristes personajes de Hitler, Stalin, Pol-Pot; o más cerca de nosotros, en los miembros de los movimientos integristas islámicos del Medio Oriente (talibanes, Isis), en algunos tiranos de países africanos, en ciertos presidentes de las grandes potencias modernas…

Entre los éxitos de la evolución humana, podamos nombrar figuras como Buda, Lao, Platón, Jesús, Teresa de Ávila, Dante Alighieri, Miguel Ángel, Shakespeare, Mozart, Beethoven, Martin Luther King, Kierkegaard, Gandhi, Einstein, Nelson Mandela, Drewermann, Leonardo Boff, etc… Personas que son modelos y fuente de inspiración para todos los Humanos. Son faros que iluminan e indican el camino a recorrer. Son hacedores de esperanza y belleza; profetas que anuncian la posibilidad de un mundo nuevo, diferente y mejor. Son los poseedores de una sabiduría real. Nos comunican intuiciones y visiones singulares sobre la Realidad. Nos revelan sueños y proyectos inéditos, con frecuencia desestabilizadores, cierto, pero con el poder de interpelar, hacer pensar, plantear y proponer desafíos e invitar a la raza humana a caminos nunca recorridos, a fin de hacernos progresar hacia horizontes más vastos y realizaciones y formas más logradas de humanidad.

Jesús de Nazaret forma parte de esa categoría de humanos especialmente inspiradora y lograda. Así fue visto por sus admiradores y presentado por la literatura cristiana del siglo primero. Así los autores cristianos de los evangelios lo describen como el hombre que supo realizar en su persona la síntesis más completa y perfecta de las cualidades humanas, al punto de considerarlo como una maravilla y un milagro de humanidad; como un hombre venido de Dios; como un don del Cielo a los hombres; como el metro y la forma con la que cada uno de nosotros debería, en adelante, medirse y modelarse para lograr la construcción de nuestra propia humanidad. Así, para esos autores antiguos, Jesús es el "Hombre" y el "Maestro" por excelencia, sobre cuya palabra, enseñanza y espíritu, todo humano podría conformarse y modelar su vida.

De ahí por qué, en el texto del evangelio que acabamos de leer, el evangelista Juan, inclinado a las imágenes y los símbolos, como todos los autores antiguos, presenta a Jesús como pan, alimento, fuente de agua viva, luz, que cada uno debe buscar, si pretende satisfacer su hambre y su sed de absoluto, verdad, gratificación, sentido, felicidad: hambre y sed que cada ser humano normal, un día u otro, siente en la profundidad de su corazón.

Juan, con los otros autores cristianos del siglo primero, vio en Jesús un ejemplar de hombre tan completo, que su ejemplo, la reflexión sobre sus principios, convicciones, actitudes, fuerzas y virtualidades que rigieron su vida, pueden en gran manera ayudar e inspirar a los y las que, en actitud de confianza amorosa y admirativa, aceptan adoptarlo como referencia última y fuente de inspiración, con el fin de construir su existencia sobre el modelo y la forma de su humanidad.

El evangelio de este domingo nos asegura que los cristianos que aceptamos seguir a ese Maestro y modelarnos sobre su espíritu, seremos nuevas criaturas, personas de cualidad "superior". Ya no individuos replegados sobre nosotros mismos, exclusivamente ocupados y preocupados en poner en marcha nuestro pequeño bienestar y nuestra pequeña felicidad personal; individuos que acumulan y consumen "cosas", y cuyos intereses se limitan a satisfacer las primarias y biológicas necesidades personales…

El evangelista Juan nos asegura que los humanos que buscamos a Jesús por el pan que nos puede ofrecer, podemos tener la posibilidad de llegar a ser individuos diferentes: abiertos, capaces de tener hambre y sed de valores menos terrenales, más elevados y espirituales. Lo cual significa que la imitación y el seguimiento del Maestro de Nazaret puede hacer de nosotros individuos capaces de espiritualidad, es decir capaces de interesarnos en realidades y contenidos diferentes a los que conciernen únicamente el comer, ganar, poseer, acumular, consumir, disfrutar de buenos momentos y del placer.
Permanecer con el Nazareno puede hacernos tomar conciencia que, en cuanto humanos, tenemos un destino particular en este mundo; que estamos llamados a vivir un nivel superior de conciencia; que hay en nosotros algo que nos hace diferentes de los animales, porque somos capaces de pensar, maravillarnos; capaces de don, altruismo, bondad, ternura y amor. Porque somos portadores de una profundidad y un misterio que nos sobrepasa y que, por ello, podemos interrogarnos sobre las razones y la presencia del sufrimiento, del bien y del mal; sobre el sentido y el fin de nuestra vida y de nuestra muerte; podemos ser lo bastante sensibles espiritualmente como para vibrar en consonancia con la Realidad o el Misterio Último que llamamos "Dios".

Permanecer con el Maestro puede ayudarnos mejor a orientarnos en la vida, a descubrir los comportamientos, proyectos, búsquedas y conquistas que den verdadera consistencia, cualidad y profundidad a nuestra existencia y a construirnos como personas enriquecidas con auténtica sabiduría y una forma atrayente de humanidad: una humanidad que se manifiesta y despliega como benevolencia, tolerancia, bondad, compasión, atención y cuidado, tanto por nuestros hermanos humanos como por el bienestar y la salud de nuestro Planeta. Por eso, Juan hace decir a Jesús que puede darnos una paz capaz de mantenernos en vida para siempre, ahora y por la eternidad.

Este texto quiere finalmente hacernos comprender que el pan que da la vida no es el pan que se recibe y se come, sino el pan que se comparte.  Si estás conquistado por su personalidad; si estás animado por su espíritu; si tú llegas a ser el buen pan que él ha sido, sabrás lo que significa vivir plenamente. Si tú te das, te realizarás y serás feliz. Si retienes todo para ti y no das nada de ti, te perderás; tu vida estará vacía, disminuirás en humanidad y serás un individuo mezquino, triste y solo.

Por ello, esto evangelio nos emplaza hoy en un desafío radical: ¿cuál es mi luz, mi alimento, mi agua? Dicho de otra manera; ¿quién es el Señor de mi vida? ¿Dónde puedo encontrar la fuente verdadera de mi humanidad?


Bruno Mori – 2 agosto 2018  

Traducción de Ernesto Baquer

samedi 26 mai 2018

El amor es de Dios y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios" (1Jn 4,7)



(6° dom de Pasqua, B - Jn 15,9-15)

El texto que acabamos de leer está sacado de un largo discurso de despedida, llamado también "testamento espiritual" de Jesús, que el evangelio de Juan pone en sus labios, justo antes de su muerte. El tema del monólogo está centrado en el amor que une a Jesús con su Dios o Padre y que debe unir también a los discípulos entre sí y con su Maestro.

El evangelio de Juan, presenta a Jesús como un hombre que vivió una relación en especial íntima con Dios; que tuvo una experiencia totalmente única de Dios, calificada por el evangelista como "experiencia amorosa" hecha de comunión, intimidad y profunda ternura. El Jesús de Juan es el hombre enamorado de Dios, en Dios centrada y orientada toda su existencia, que supo impregnarse de su Espíritu a tal punto que pudo sentirse con derecho a afirmar que él y Dios hacían un solo ser; que siempre hacía sólo lo que Dios quería y le inspiraba. Decía también que los que escuchaban sus palabras y veían sus obras, escuchaban las palabras de Dios y veían las obras de Dios.

Jesús hablaba pues, del Dios que rebosaba su corazón, porque vivía en su comunión y en su presencia, y también porque lo había captado y fascinado su misterio. En la intensidad de su experiencia, había descubierto que su Dios es el fundamento de todo: fuente de amor, de ser y de vida; que es don, perdón, padre, madre, hermano, amigo. Había descubierto que era el Amor-Dios quien lo hacía vivir; que era el alma de su Espíritu, de suerte que esa experiencia de Dios lo había convencido que sólo entrando en contacto con esa Última Realidad Amorosa, el hombre podría encontrar sentido a su existencia, vivir según su naturaleza, realizar plenamente su humanidad y dominar sus impulsos personales, así como el mundo que lo rodea.

Dicha experiencia permitió a Jesús llegar a un conocimiento tan profundo de Dios que pudo decirnos algo totalmente nuevo e inédito sobre Dios. Nos mostró que ese Misterio Último que llamamos Dios es una Fuerza Infinita de Amor presente y actuante en todo el Universo; que penetra todo lo que existe, como savia, alma, espíritu, como la finalidad que anima, vivifica, sostiene y dirige el Universo entero hacia una evolución, complejidad y perfeccionamiento cada vez mayores.

Jesús insistió en el hecho de que esta Energía Amorosa Original es especialmente activa, fuerte y perfeccionada en el ser humano, que se convierte entonces en la conciencia que el cosmos posee de sí mismo, así como en el lugar de una presencia privilegiada de las dinámicas, cualidades y posibilidades del amor en nuestro mundo.

Jesús nos revela así que, en este Universo, el amor lo es todo; que sin la fuerza de este amor que "atrae" y une todas las cosas, nada puede nacer, ni subsistir, ni desarrollarse. Su enseñanza nos ha hecho comprender que en nuestro mundo, el amor es dios y que dios es el amor. Qué es el amor tan sólo lo que debemos buscar, cultivar, desear, practicar, recuperar, si queremos realizarnos plenamente según nuestra naturaleza de seres "conscientes e inteligentes". En efecto, el Espíritu de Dios, que actúa a través de la evolución cósmica ha diseñado a los "humanos" con el solo fin de producir criaturas concebidas especialmente para amar. Según Jesús, tan sólo ante el amor debemos arrodillarnos si queremos adorar a Dios y rendir homenaje a nuestros hermanos.

Jesús nos enseña que no hay otro tesoro que debamos buscar, ni otra riqueza que codiciar, ni otra grandeza que aspirar, fuera del amor. Si logramos ser capaces de amar con la calidad y la fuerza de amor que hay en Dios, que se manifestó en Jesús y que se depositó en cada uno de nosotros, seremos obras maestras de humanidad. En efecto, nos convertiremos en eco, reflejo e instrumentos del Amor Original que construye la calidad, la bondad y la grandeza de nuestro mundo y nuestra sociedad humana.

Si estamos familiarizados con los escritos del NT atribuidos a Juan, sabemos que dichos textos contienen una multitud de expresiones que el escritor pone en boca de Jesús y que, por una parte, afirman la naturaleza amorosa de Dios y, por otra, expresan la necesidad de activar y retomar, a lo largo de nuestra existencia, esa inmensa Energía Amorosa, depositada en nuestros corazones: "Hemos conocido y creído en el amor que Dios nos tiene y que ha derramado en nosotros. Dios es Amor y el que permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él (1 Jn 4,16). El amor viene de Dios y todo el que ama viene de Dios y conoce a Dios (4,7). Si Dios nos amó así, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros (4,11) Nos amamos porque Dios nos amó primero y nos inundó de su espíritu de amor (4,19). Si uno dice que ama a Dios y no ama a su hermano, es un mentiroso. El que no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve" (4,20).

Y así, el Jesús de Juan nos dice que su Dios no se encuentra en los templos, las iglesias, los ritos, los cultos, los sacrificios, las prácticas y observancias de las religiones, sino sólo en el amor que fomentemos y demos a nuestros hermanos. Jesús nos revela que sólo encontramos a Dios cuando encontramos a nuestros hermanos y somos capaces de entablar con ellos relaciones basadas en un amor que se identifica como acogida, escucha, benevolencia, comunión, respeto, atención, compasión, compartir…

Jesús supo vivir esta experiencia de amor y entrega, y por eso apareció ante todos como la manifestación más extraordinaria de la presencia divina en nuestro mundo y se nos muestra también hoy a nosotros como uno de los modelos más logrados de humanidad. Entonces, en cuanto cristianos, hemos de tener siempre presente esta fundamental verdad: el cristianismo al que pertenecemos, es un movimiento espiritual (¡no una religión!) nacida de Jesús de Nazaret que invita a los hombres, no tanto a divinizarse, sino a humanizarse, siguiendo el ejemplo y la palabra de su Maestro y Señor.

Bruno Mori  2018
Traducción de Ernesto Baquer

PERMANEZCAN SIEMPRE EN EL AMOR - Jn 15,1-8



(5° domingo de Pascua B )    

El fragmento del Evangelio de hoy, está extraído de un largo discurso (llamado el discurso de despedida o testamento espiritual de Jesús) que Juan el evangelista pone en labios de Jesús. Este discurso, como por otra parte todo el evangelio, está construido a partir de recuerdos en torno a la persona de Jesús de Nazaret que circulaban en el seno de la comunidad cristiana del siglo primero: recuerdos de actitudes, comportamientos, palabras, enseñanzas, milagros del Maestro… Este bellísimo y conmovedor discurso de despedida, repleto de lirismo, emoción y ternura, nunca fue pronunciado por Jesús en la forma que fue redactado en el evangelio de Juan , pero refleja sin duda pensamientos y sentimientos auténticos del Maestro.

En su conjunto, el evangelio de Juan es de hecho una reflexión teológica tardía; una especie de meditación espiritual y mística, dirigida a los cristianos de fines del primer siglo, para suscitar interés, atracción, impulsar simpatía y afecto hacia la persona de Jesús. Este evangelio quería que los cristianos y no cristianos de su tiempo captaran el sentido, el valor y la riqueza de la enseñanza de ese hombre extraordinario y lleno de Dios.

 El evangelista sitúa este discurso de Jesús en el contexto de una cena (la cena pascual) por lo tanto con el trasfondo de una especie de liturgia "eucarística", con el fin de hacer comprender a los cristianos de su tiempo que, también ellos, cada vez que se reunían para celebrar la eucaristía (o la Cena del Señor), entraban en comunión con Jesús; hacían un "cuerpo" con él; comían de él, porque recibían y escuchaban su palabra, reflexionaban sobre su significado, para después integrarlo en la trama de su existencia cotidiana.

En el pasaje de hoy, el tema propuesto a la reflexión de los discípulos recuerda la necesidad de permanecer siempre unidos en mente, corazón, pensamiento y sentimientos con el Maestro. Porque si los cristianos no nos ajustamos a él, si nos olvidamos de él, si lo dejamos de lado, si lo abandonamos, si no lo sentimos presente y activo en nuestra vida, si no continuamos nutriéndonos con su palabra ni cuestionándonos en la fuente de su Espiritu, sino buscamos vivir ni actuar como él, su obra no tendrá continuación, el movimiento de renovación espiritual y humana que puso en marcha se acabará, la llama de su Espíritu se apagará, la fuerza y el impacto de su ejemplo, su estilo de vida y los valores que lo hicieron vivir se perderán y desaparecerán, quizá por siempre… y Jesús habrá muerto en vano. La humanidad entera se empobrecerá y el Universo enlentecerá su impulso evolutivo hacia una mayor perfección. Sin su espíritu, sin su enseñanza, sin los valores que nos dejó, sin el Dios que nos reveló, la humanidad quedaría privada del tesoro más precioso y del don más grande jamás recibido.
Este texto del evangelio nos advierte que sin la sabia que nos llega de ese portento de humanidad, corremos el riesgo de marchitarnos, de vivir una vida hueca, estéril, mezquina, mísera, sin profundidad, sin altura, sin sentido y sin grandeza, pobre en humanidad. Seremos ramas de la vid secas y arrugadas que jamás darán vino de calidad.

De ahí por qué el evangelio de hoy exhorta a los cristianos a permanecer adheridos a Jesús, como las ramas han de permanecer adheridas a la vid para recibir la sabia que necesitamos para producir el vino bueno de la fiesta, de la alegría, la convivencia, la comunión y la fraternidad.

Además, este texto quiere exhortar a los cristianos a tener presente una verdad fundamental: que Jesús ha sido el hombre que, mejor y más que cualquier otro, ha vivido en contacto íntimo con Dios, ha reflejado a su Dios, ha comprendido a Dios, ha hablado de Dios. De modo que, gracias a cuanto Jesús nos ha revelado sobre Dios y de Dios, hoy, nosotros cristianos sabemos que Dios es totalmente otro del que nos describieron las religiones antiguas y también la nuestra. Y gracias a Jesús, hoy sabemos que Dios es una Misteriosa Energía hecha de Amor, tan sólo de Amor y nada más que Amor. Un amor originario y abisal metido en la existencia del cosmos entero, que impregna, crea y hace evolucionar todo lo creado, del que nosotros somos un elemento especialmente importante y perfeccionado.

El evangelio de Juan, presenta a Jesús como quien ha revelado que esta misteriosa Energía Amorosa originaria que llamamos "Dios" está presente de modo especialmente intenso y activo en cada ser humano. De modo que el corazón y el núcleo central de toda la predicación de Jesús es la afirmación y la revelación de que cada ser humano es el lugar privilegiado de la presencia del Dios-Amor o del Amor de Dios en la tierra; que el ser humano es una expresión y una manifestación particularmente lograda y completa de la presencia de Dios y de su Amor en nuestro mundo. Y porque Jesús estaba convencido de esta presencia particular del Dios-Amor en el corazón del hombre, es que Juan el evangelista, reflejando el pensamiento de Jesús, dirigiéndose a los cristianos de su tiempo podía escribir: "Nosotros hemos llegado a conocer y hemos creído en el amor que Dios nos tiene. Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios y Dios permanece en él… Ámense los unos a los otros, porque el amor viene de Dios y todo el que ama ha sido engendrado de Dios, conoce a Dios y vive en Dios" (1 Jn, 4-16-18).

El texto del evangelio de hoy reafirma esta convicción de Jesús, diciéndonos que tan sólo permaneciendo en comunión con el espíritu de Jesús, podremos activar en nosotros el amor que Dios ha infundido en nuestros corazones. Gracias al amor recibido de Dios y que, ahora, como discípulos de Jesús, orienta nuestras decisiones y nuestras acciones, seremos capaces de aportar nuestra contribución a la construcción de un mundo mejor, del "Reino de Dios" construido con el principio del amor, el servicio y la fraternidad, que ha sido siempre el sueño más anhelado de Jesús de Nazaret.
Jesús será siempre recordado, admirado y amado por haber sido una pieza maestra de humanidad y un campeón del amor. Ha sido para todos un ejemplar casi perfecto de bondad, disponibilidad, escucha, empatía, acogida, paciencia, misericordia, perdón. Curó, confortó, animó, defendió; infundió esperanza, impulso y fe en la vida… Ha devuelto confianza y ganas de vivir al que está desesperado, depresivo, desilusionado, decepcionado, enfermo o perseguido, excluido, inculpado, condenado… El será siempre para cada uno de nosotros una fuente de inspiración y un espejo en el que mirarnos continuamente para ver y saber si nuestra personalidad se configura y se presenta con los trazos de un ser auténticamente humano.

Sólo viviendo con amor y en el amor podríamos, no sólo estar unidos a Jesús, sino estar también unidos a Dios, a cuyo Amor damos cuerpo y consistencia en este mundo. A través de nosotros y en nuestro amor, Dios continúa la obra de su creación, haciéndola evolucionar hacia una perfección cada vez mayor…

En el amor nos hacemos así colaboradores de Dios. Gracias a Jesús, nosotros humanos sabemos ahora ser los instrumentos conscientes de la actividad amorosa y creadora de Dios en el Universo.     

Bruno Mori – Montréal 2018

Traducción de Ernesto  Baquer 

mardi 6 mars 2018

Llamados a transfigurarnos – Mc.9, 2-10



 (2° domingo de Cuaresma B)

Original francés http://brunomori39.blogspot.com.uy/2018/02/appeles-nous-transfigurer.html.

El pasado domingo, el evangelio nos presentaba la imagen del desierto, la soledad, la posibilidad de elegir mal, la tentación de elegir caminos fáciles pero engañosos. El evangelio de hoy nos presenta la imagen de la luz, la alegría, la felicidad, la plenitud, de tocar el cielo con las manos.
La "transfiguración" consiste en ver cosas que no pueden verse con los ojos de la cabeza, sino sólo con los ojos del corazón. Y puesto que muchos no tienen los ojos del corazón, se privan de sus perspectivas. El evangelio de este domingo quiere respondernos a la pregunta de saber qué nos hace realmente felices en esta vida. Intenta describir a qué nos parecemos, cuando nos sentimos en el paraíso, es decir, poseídos por la felicidad, habitados por la presencia hechicera y gratificante de un gran amor.

Si hemos caído ya en las redes del amor, si hemos perdido la cabeza y hecho locuras por alguien, si hemos visto ya el mundo como un paraíso y un jardín inmenso de flores porque alguien nos ha dicho que nos amaba, entonces podremos comprender el evangelio de hoy. Es el evangelio del amor que transforma y transfigura.

¿Hemos visto ya los ojos de una mamá cuando ve por primera vez a su hijo, después del trabajo y el dolor del parto? ¿Hemos visto la expresión de un bebé acunado en los brazos de su madre? ¿Hemos notado las miradas radiantes de dos enamorados que se miran extasiados a los ojos? ¿Hemos visto la belleza extática de los amantes, en los juegos y los ardores del amor? ¿No son rostros transfigurados, luminosos, envueltos en encanto y en gracia, rebosantes de felicidad, beatitud, ansiosos de vida y deseo de vivir?

En nuestro mundo racional, científico y machista, hay quienes piensan que ser personas sensibles, que se dejan guiar por los afectos de su corazón, es un signo de imperfección y debilidad. Más bien la verdad es lo contrario.

La sensibilidad es el signo de una mayor perfección del ser. Preguntemos a cualquier conductor qué motor prefiere: ¿sensible o adormilado? Para un humano, ser sensible significa estar más vivo, cautivador, atractivo, eficaz, porque está más pronto y apto para reaccionar, entrar en movimiento, en moción (e-moción) en el camino de la vida, en presencia del mundo y de las personas que lo rodean.

Ser sensible significa estar más dispuesto a vibrar en armonía con la belleza del mundo, y sobre todo con la situación existencial de las personas; a dejarse afectar tanto por sus alegrías como por sus penas; tanto por su felicidad como por sus desgracias.

Por tanto, la sensibilidad que desarrollemos en nosotros es la que hace latir nuestro corazón al ritmo de la palpitación del mundo y la que finalmente realiza nuestra "transfiguración". Porque la sensibilidad configura nuestra persona de otra forma, impulsándola a ver más allá (trans) de su "figura" natural, habitual y banal; más allá también de los límites de su individualidad racional, forzosamente árida, fría, rígida, fácilmente encerrada, replegada sobre sí misma, para elevarla al nivel superior del encuentro emocionado, sensible y "amoroso" con el mundo que está más allá de nuestra personita, para así desplegarnos al sol del amor (de Dios y de los hermanos humanos), donde podremos suavizarnos, esperar, afinar, abrazarnos y volvernos en seres de luz.
La sensibilidad que "transfigura" consiste pues en ver a la gente como son en  erdad, más allá de su "figura" o de sus apariencias (trans-figura-ción); en adivinar lo que son realmente en la profundidad secreta de su corazón; en entrever su verdadera identidad y la verdad profunda de su ser; en descubrir su verdadero rostro, su figura creada por Dios, la que no ha sido deformada por los miedos, los sufrimientos, la culpabilidad, los errores, la ansiedad y las angustias de la vida.

El evangelista Juan dice que "Dios es amor". También que sólo los que saben abrirse y vivir en el amor puede comprender a Dios y vivir de Dios. De ahí se sigue que los que no saben abrir su corazón al amor, podrán quizá tener ideas sobre Dios, pero jamás podrán sentirlo y experimentarlo como Realidad capaz de cambiar su vida.

Jesús era un hombre que sabía amar; estaba animado por un gran amor; era un hombre apasionado de Dios e inmensamente sensible a las situaciones humanas de sus hermanos; poseía un fuego que abrasaba a todos los que se le acercaban.

Los humanos no captamos a Dios con la cabeza, sino sólo con el corazón. Todos los que reprimen sus sentimientos, que son incapaces de emocionarse, enternecerse, maravillarse, extasiarse, desear, soñar, llorar, compadecer… nunca podrán estar en sintonía con el espíritu y la música que vienen de Dios. Nunca podrán tener las antenas idóneas para captar y sentir el soplo y los murmullos de su presencia. Nunca serán verdaderos amantes.

Por tanto, debemos permitir a los sentimientos, las emociones, los deseos, los sueños, las penas, las lágrimas… entrar en nosotros. Que nos invada la vida. Que la vida viva en nosotros. Que ella nazca, que venga, que se mueva (e-moción), que nos trastoque, que nos arrebate, que nos transforme. Si no, inmersos en el océano, siempre buscaremos agua.

Y si eso no nos sucede, vale más que nos hagamos tratar. Vale más que nos preguntemos si nuestro corazón todavía vive en nosotros, o ya está muerto. Porque la capacidad de emocionarnos, estremecernos, enternecernos, sentir… dice cuánto estamos vivos.

Si llegamos a llorar de alegría, a sentirnos tan felices que nos da la impresión de que no nos falta nada, si llegamos a sentirnos ardientes como el sol, o profundos como el mar; de sentirnos tan colmados, tan ricos, que tenemos la impresión de estar ya en el cielo, acunados por la inmensidad del Todo, al punto de querer nombrar (como Francisco de Asís) a las estrellas "mis hermanas" y a los planetas "mis hermanos", a una flor o un árbol "mi belleza" ... bien, hay que saber que estamos viviendo nuestra "transfiguración".

El mundo dirá que nos hemos vuelto locos y continuará siendo desgraciado. Pero nosotros, por favor, ¡continuemos locos".  Quizá no nos sintamos diferentes a los demás, pero seremos ¡tanto, tanto más felices!

Mori Bruno  - Febrero 2018

Traducción de Ernesto Baquer.  


mardi 27 février 2018

EN EL DESIERTO PARA CONSTRUIR RELACIONES



(1° dom. Cuaresma, B)

Como cada año, la liturgia del primer domingo de Cuaresma nos presenta el episodio de las "tentaciones de Jesús" en el desierto… este año en la versión concisa y lapidaria de Marcos. El lugar del combate es el desierto y los protagonistas son: Espíritu - Jesús - Demonio… todos con su tarea específica. Veámoslo más en detalle…

Desierto y soledad: El término griego del evangelio, traducido habitualmente con la palabra "desierto", puede traducirse también por "soledad". Yo prefiero esta última traducción que, al comienzo de nuestro viaje cuaresmal, nos hace descubrir el inmenso valor que puede tener el "estar solo consigo mismo"; el buscar la soledad, para descubrir el valor de la relación y la comunión con Dios y con los otros.

El Evangelio, contra lo que podríamos pensar, nos dice que, cuando el hombre intenta estar solo para recuperar espacios para uno mismo, para emprender un viaje de búsqueda, reflexión, introspección, precisamente en esos momentos de soledad descubre, no sólo ser alguien, tener una identidad, un valor, un fin, sino también no estar realmente jamás solo, sino instaurado en una relación constante y necesaria con la creación entera, sin la cual le es imposible realizarse en cuanto hombre. Así, el evangelio nos dice que la soledad no es un valor en sí, sino un medio de recuperar y vivir mejor su relación con el Misterio Último, tal como se manifiesta en la naturaleza y en nuestros hermanos humanos.

De ahí por qué en la tradición cristiana la soledad se ha comprendido como un valor y ha guiado a un gran número de personas a descubrir el Dios de Jesús (Padres del desierto, cenobitas, tradición monástica y otros). Cuando la sociedad no da o no ofrece el suficiente espacio para un viaje hacia la comprensión de uno mismo, es necesario que cada uno pueda encontrar el tiempo de evadirse lejos de la agitación y del tumulto del mundo, para suscitar o proporcionar encuentros que transformen y den más sentido a su vida.

En la soledad frecuentemente descubrimos la presencia de un Misterio que nos engloba y nos sobrepasa. Descubrimos la compañía de Dios… ¡¡¡Dios se hace presente en el silencio del hombre!!! Un salir del ruido del mundo, un tiempo de soledad, de silencio, de calma, de meditación, de oración, podrían ser el secreto de una transformación o una renovación interior, y el inicio de una solución a los muchos problemas que perturban y agreden nuestra existencia. Entonces, ¿por qué no intentarlo en esta Cuaresma?

El Espíritu: En el evangelio que acabamos de leer se dice que es el Espíritu de Dios, del que está repleto Jesús, quien lo impulsa a la soledad del desierto, donde descubrirá la verdad sobre su persona, su misión y la finalidad de su vida. La tarea del Espíritu es iluminar y guiar, pero esta soledad debe serle ofrecida. El espíritu que viene de Dios debe poder encontrar una puerta abierta para entrar, una antena orientada para ser captado. El trabajo del Espíritu intenta iluminar, clarificar la vida y las cosas de la vida y ayudarnos a sintonizar con los valores que vienen de Dios. Hay que subrayar que Jesús, "conducido por el Espíritu", es capaz de encontrar su verdad, el verdadero sentido de las palabras de las Escrituras… y sintonizar en la longitud de onda de Dios; lo que el diablo no consigue.

Los que viven en el Espíritu se convierten en seres sensibles a la luz de la verdad; al vivir en la luz se convierten en seres de luz. Sus ojos se abren. Entonces pueden ver y comprender dónde se encuentra y en qué consiste la verdad de su ser y que valores los enriquecen realmente y dan sentido y plenitud última a su vida.

Porque están abiertas y sensibles a la acción del Espíritu, esas personas consiguen construirse una "espiritualidad", ser más "espirituales". Ello les permite dar luminosidad, transparencia y profundidad a su existencia. Hace de ellos individuos especialmente atrayentes y modelos especialmente logrados de humanidad, que dan ganas de seguirlos. Es lo que Jesús ha sido y continúa siendo para todos los que somos sus discípulos.

El Diablo: el diablo en la Biblia es el símbolo y la personificación de todo lo que nos divide y nos destruye en cuanto personas. En este relato de las tentaciones, el "diablo" parece ser protagonista evidente, como el egoísmo, el repliegue sobre nosotros mismos, las ganas de prevalecer sobre los otros y de hacerles mal, que frecuentemente están en nuestra vida. Su papel es dividir (dia-bolos). De hecho, tratará de separar a Jesús del Padre… y de atacar a cada ser humano en lo más profundo de sí mismo, en lo que tiene más precioso como persona: su capacidad de amar gratuita y libremente, y de crear relaciones de comunión y fraternidad.

La psicología y las ciencias humanas afirman unánimemente que el ser humano no es feliz, pierde sus referencias, se perturba, se angustia e incluso se suicida, cuando no es capaz de construir relaciones (sanas y satisfactorias), o cuando no tiene una buena relación consigo mismo. Porque el ser humano es por definición un animal que sólo se humaniza y realiza como persona a través de su capacidad de entrar en relación y de crear relaciones. Sin buenas relaciones con la realidad que lo rodea, o cuando esta capacidad de crear relaciones no funciona, el ser humano se deshumaniza y muere.
A través de su lenguaje simbólico, el relato evangélico quiere decirnos que el diablo (el mal) manifiesta su fuerza y su poder sobre el hombre cuando éste no quiere o no puede encontrar una buena relación consigo mismo, con su prójimo y con Dios. Entonces, el evangelio nos invita a fortalecernos con el "remedio" de la Palabra y del Espíritu de Dios proclamado por Jesús, para que podamos dotarnos a fin de enfrentar la tentación de cerrarnos sobre nosotros mismos y separarnos de nuestros hermanos.

Jesús: Jesús muestra que es posible la fidelidad a Dios y que las tentaciones pueden superarse. Es la prueba viviente que no hay nada imposible para el hombre que se deja guiar por el Espíritu. Y así, en el desierto, se convierte en el prototipo del hombre fiel que, porque ha conseguido entablar una buena relación con Dios, logra también vivir una buena relación consigo mismo y con su prójimo.

Al final, el texto del evangelio dice que el diablo "se alejó de Jesús de momento": sin duda para significar que la tentación y la atracción del mal, nos acechan continuamente y que la coherencia y la fidelidad a las exigencias y llamados del Evangelio constituyen el combate de toda una vida. Pero el texto dice también que contamos con la ayuda del Espíritu, que nos sugiere las estrategias y tácticas a poner en marcha para realizarnos como humanos completos y como hijos de Dios.


Bruno Mori  2018 –
 Traducción de Ernesto Baquer
  (//1 domingo cauresma  B 2018)

jeudi 15 février 2018

La suegra con fiebre – Mc. 1, 29-39


 ( 5° dom  ord. B )
                                                                          
El Evangelio de hoy nos presenta un día "típico" de Jesús: Jesús predica y cura. Son sus dos actividades principales.

El texto comienza con el relato de la curación de la suegra de Pedro que estaba en la cama con fiebre. Hay que tener presente que los evangelios son textos catequéticos escritos para incrementar la calidad de la fe de las primeras comunidades cristianas. Si los tres evangelios sinópticos, los tres, nos han dejado esta anécdota, significa que le atribuían una importancia simbólica y un valor espiritual que van más allá de una simple reseña periodística. Nos toca descubrir el mensaje que este breve relato nos quiere transmitir. Tratemos.

Mientras los Evangelios callan totalmente el estado civil de los otros apóstoles, este pasaje nos anuncia abiertamente que Simón Pedro era un hombre casado. El evangelio nos cuenta también que un tiempo antes, Simón y su hermano Andrés, que vivían de la pesca, de repente abandonan su profesión, dejando barca y redes en la orilla, para seguir a un tal Jesús de Nazaret que pensaban era el mesías esperado. Lo mismo sucedió con otros dos hermanos, Santiago y Juan (Mc 1,16-20). Y resulta que ahora los cuatro nuevos discípulos no tienen nada mejor que hacer que, invitarse, con Jesús, a casa de Simón Pedro, para festejar juntos su nueva carrera de "pescadores de hombres".

Podemos imaginar que podían pensar de todo eso las dos mujeres de la casa de Pedro que, de repente, se encontraron solas y abandonadas por aquel que era el único proveedor y sostén de la familia.

Entonces podremos comprender la fiebre de la suegra de Simón que, viuda desde hacía años, más experimentada y cautelosa que la joven esposa de Pedro, un poco ingenua e inocente, se inquiete y entre en pánico, tanto por su presente como por su futuro. Ella no consigue ni comprender ni aceptar el nuevo rumbo que la vida de su yerno tomó en los últimos tiempos. Podemos fácilmente imaginar la reacción al respecto que esta mujer debió tener: "Pero ¿se volvió loco, o qué? ¡Perdió la cabeza! ¡Cómo se puede ir detrás de este iluminado de Nazaret! ¿Qué le dio por ahí? ¡Pero es un irresponsable! ¡No puede hacernos algo así! ¡No somos ricos! ¿Cómo vamos a vivir? ¿Quién se ocupará de nosotros, de los niños, de la casa, del negocio? ¿Es que este vagabundo que se considera el mesías, nos va a dar de comer? ¿Le va a pagar un salario a Simón? ¡Me va a tocar a mí escuchar los chismes de los vecinos!: "Señora, ¿es verdad que su yerno dejó a su mujer  para irse con un hombre?"

Seguramente, la suegra de Pedro es una mujer que tiene los pies en la tierra. Piensa en las consecuencias económicas y sociales de la extraña decisión de Pedro. Considera la aparición de Jesús como una intrusión y una agresión a su vida y la de su familia. ¿Qué quiere ese hombre de nosotros? ¿Con qué derecho viene a arruinar y destrozar nuestra existencia, manipulando y perturbando el ánimo de estos pobres bobos influenciables, ignorantes e ingenuos?

No es de extrañar que la suegra, afectada en lo más profundo de su ser por esta prueba, haya caído enferma. Está muy encolerizada; arde de rabia por dentro. ¡Por eso tiene fiebre! Y cuando ve que los cuatro pescadores seducidos y hechizados por Jesús, se invitan a comer en su casa con el hechicero, eso es la gota que hace rebosar el vaso. No ve bien; no se tiene de pie y se esconde en su habitación so pretexto de estar enferma: "¡¡¡Que se las arreglen ellos solos, banda de locos!!! Si se piensan que les voy a hacer la comida… ¡¡¡ya pueden esperar!!!".

Pero Jesús, conocedor del alma humana y de la psicología femenina, comprende rápidamente la situación y capta inmediatamente el estado de ánimo de esa mujer. Va a verla y le habla. El Evangelio nos dice que "se le acercó y la tomó de la mano". Jesús comprendió que esa mujer, viuda desde joven, dolida y deprimida desde hacía tiempo por la soledad y la frustración que la agriaron, tenía una enorme necesidad de atención, ternura y amor.

Jesús había comprendido que su preocupación, la responsabilidad que sentía, la importancia que daba a su presencia en la casa y los problemas de su género, eran sólo una forma de compensación, una manera de llenar una carencia, un vacío y una insatisfacción profunda en su vida, causadas por no sentirse querida y apreciada como desearía en cuanto mujer y persona.

Ahora, en contacto con Jesús que se hace "próximo" a ella y que la toca con ternura, esa mujer puede descubrir que quizá aceptando, ella también, la presencia de ese hombre en su vida, podrá saciar su fe de afecto y realización personal.

Y así se deja tocar por Jesús, y su contacto la vacía de su cólera, la pone en pie, vuelve a encender en ella la confianza en la vida, hace desaparecer su fiebre, suscita en ella una nueva persona, hecha de ardor, energía, impulso, de ardiente deseo de acercarse y acompañar, ella también, a ese hombre, aceptando finalmente "servirlo".

¿Qué pasó? Pasó que, en contacto con Jesús, su mirada, su sonrisa, su empatía, su bondad, sus palabras, la energía de su persona, esa mujer acabó por ser hechizada y seducida ella también. Y esa fascinación la curó de su enfermedad, llevándola de la antipatía a la simpatía, de la aversión al afecto, de evitar y huir lejos de Jesús al deseo de vivir en su cercanía con la esperanza de poder revivir finalmente de nuevo, cerca de ese hombre y a la sombra de su extraordinaria personalidad.

De ese episodio también nosotros debemos aprender algo.

Muchos se detestan simplemente porque no se conocen, porque están centrados sobre sí mismos. Sólo se ven a sí mismos y su punto de vista. Se encierran en sus convicciones y sus prejuicios. Sólo sienten su propio dolor. No quieren escuchar ni dialogar.

Ciertamente, cuando se ha sido herido, es normal encerrarse: pero si nos quedamos encerrados en el resentimiento, en un silencio agrio, no hay salida posible, ni esperanza en un nuevo comienzo. No hay posibilidad de encuentro ni de acercamiento. Si permanecemos en el plano de la cólera, de la guerra, nunca resolveremos nada y, además, nos condenaremos nosotros mismos a una vida miserable, agria, sin impulso ni felicidad.

Pero si nos encontramos en el dolor, el diálogo, la simpatía y el perdón, caerán las razones del odio y el rencor. Entonces será posible una vida mejor, porque estará ennoblecida con la magnanimidad de la reconciliación, el perdón y la amistad conquistada y recuperada y con la grandeza de una persona que podrá comenzar una vida nueva mucho más humana y feliz.

¡Miren esta mujer! Mientras combata contra Jesús, él no podrá curarla. Pero cuando lo deje acercarse, cuando lo escuche; cuando los dos interlocutores busquen honesta, sinceramente y sin prejuicios comprender y captar las razones de sus comportamientos y divergencias, cuando logren darse la mano y tocarse el corazón, entonces, las distancias, los prejuicios, las diferencias, las divisiones, la hostilidad, desaparecerán. Las fiebres caerán. Las tormentas desaparecerán. Un sol más resplandeciendo vendrá a alegrar nuestra existencia.

Bruno Mori –  Montréal – febrero 2018
(Traducción de Ernesto Baquer)


samedi 10 février 2018

JESÚS Y LA SINAGOGA – Mc.1, 21-28


(4° dom ord. B)

Entre los judíos, la sinagoga era la institución oficial de la enseñanza religiosa. Era el símbolo de la doctrina y la ortodoxia religiosas, proclamada por maestros reconocidos, instituidos y patentados: los escribas. Era el lugar más alto de la proclamación de la Torah, de su explicación y su interpretación.

Jesús de Nazaret, por sus convicciones, originalidad de pensamiento y el carácter crítico y contestatario de su personalidad, estuvo siempre en conflictiva relación con la sinagoga. En los evangelios, cada vez que Jesús entra en una sinagoga, estalla la guerra. Es cuestionado. Expulsado. Condenado a muerte. Es una manera de decir que la visión religiosa de Jesús y la de los escribas son incompatibles.

Es que la sinagoga es una institución frecuentada por los "buenos" creyentes, los judíos piadosos bien integrados en el sistema religioso; por gente que acepta sin problemas los dogmas, respetan las reglas, siguen las leyes sin discutir, sin plantearse preguntas, a quienes sobre todo disgustan los cambios y que les vengan a perturbar sus creencias reconfortantes y muy instaladas.

Pero Jesús es el hombre libre y contestatario. Es un hombre de la calle, el vagabundo de Dios que no se deja apresar por ningún partido ni ideología. No pertenece a una clase. No es escriba, ni levita, ni sacerdote, ni clérigo, ni miembro de una jerarquía religiosa. Es un simple laico al que no consiguen encuadrar ni utilizar con ninguna norma, ninguna disposición de la religión oficial. Profesa una soberana libertad respecto a las restricciones y obligaciones de la religión oficial. Se siente autorizado a tener opiniones propias, a criticar a las autoridades, a infringir las reglas; a sublevarse contra la instrumentalización de la religión y las creencias en favor y beneficio del sistema religioso establecido; a encolerizarse contra los abusos del poder, la hipocresía de los dirigentes, el formalismo de la práctica cultual, lo grotesco de algunos comportamientos clericales.

Jesús detesta los títulos, las insignias del poder, las reverencias, los honores. Sólo acepta que la gente lo llame Rabbí, "Maestro", porque es consciente que es el único en proponer una enseñanza y poseer una palabra que abra a la verdad sobre uno mismo, sobre Dios y sobre el mundo y que de valor a los que lo escuchan.

El evangelista Marcos insiste sobre el hecho de que Jesús enseña con autoridad. Jesús no habla en nombre de otro, como hacían los escribas que tenían tras sí una larga tradición de intérpretes, que no hacían más que repetir el pensamiento de los maestros que les habían precedido. La enseñanza de los escribas es convencional, estereotipada, congelada, que no anima ni los cambios ni la apertura de espíritu. Para los escribas, el judío bueno y piadoso es el que se mantiene en la estabilidad de sus costumbres y mandatos religiosos, en el respeto a las tradiciones, en la sumisión a la Torah que manifiesta la voluntad de Dios.

Jesús, al contrario, habla de lo que tiene en el corazón. Su palabra expresa todo lo que él es, las convicciones y valores que lo sustentan. Comunica su pensamiento, el fruto de su reflexión, el resultado de su oración y su contemplación, su visión interior, su experiencia íntima de Dios. En su palabra él mismo se entrega. Jesús sabe que su palabra es suya, cierto, pero que también es el eco de otra Palabra escuchada y recogida en la profundidad de su experiencia de Dios: "Mi palabra no es mía, sino la del Padre que me envió".

Por eso su palabra es nueva, original, desestabilizadora, revolucionaria. Impulsa a la conversión, la transformación, la renovación. Abre nuevos horizontes. Señala nuevos caminos. Por eso su palabra golpea, sacude, trastoca, sorprende, maravilla, fascina, siempre hace reaccionar a los que lo escuchan sin haber tomado partido. A nadie deja indiferente. Es una palabra que “importa”, porque nos “aporta”, no verdades que creer, sino una nueva visión de la Realidad que hace posible otra manera de vivir, más libre, más «valorizante», más serena y, por tanto finalmente más humana y completa.

El Dios que predica la Sinagoga es un Dios viejo, gruñón, triste, exigente, que busca gente sumisa y devota; que hace depender la “salvación” de la virtud, la moral, la fidelidad, la obediencia, las normas; que parece ligar su benevolencia a las virtudes, los méritos, la “justicia” de sus adoradores, es decir a la honorabilidad que cada uno se construya a los ojos de Dios y de los hombres.

Al contrario, el Dios de Jesús es un Dios joven, travieso, aventurero, que ama los desafíos, las aventuras, los viajes, descubrir nuevos países, contemplar nuevos paisajes. Ama a la gente que se mueve, experimenta, busca, evoluciona, progresa, reacciona, se opone, discute, se equivoca, festeja, danza, ama…

El Dios de Jesús es un Dios al que no le gusta ver a la gente bloquearse, congelarse, inmovilizarse al borde del camino, mirar continuamente atrás, tener miedo de avanzar, ver en todo el peligro y el mal, parapetarse detrás de los muros de su vieja casa, para pasar la vida sin historias ni agitación, pero que es, inevitablemente también, una vida chata, sin aliento, progreso ni interés.

El Dios de los escribas es un Dios al que temer, cuyos favores y protección hay que comprar al precio de sacrificios y un cumplimiento escrupuloso de su voluntad, explicitada en una infinidad de normas que terminan por ahogar al practicante piadoso, haciéndole la vida imposible. El Dios de Jesús, al contrario, es un Dios que no exige nada, es siempre el primero que da; que da sin contar, que da a todos sin diferencias ni preferencias y del que todos recibimos, con una generosidad y largueza desbordantes, "gracia sobre gracia".

En definitiva, es una concepción totalmente diferente de Dios lo que opone la enseñanza de la sinagoga y la del Maestro de Nazaret. En la sinagoga, estamos para un Dios que nos aplasta con sus exigencias. En la doctrina de Jesús, Dios está para liberarnos de nuestros miedos, haciéndonos crecer en la confianza amorosa de su presencia. En la sinagoga Dios necesita de nosotros (nuestra sumisión, nuestra fe, nuestra adoración, nuestro culto) para ser Dios y para sentirse Dios. En la enseñanza de Jesús los hombres necesitamos de Dios para ser más humanos y conocer la fuente de su verdadero ser y su auténtica felicidad.

De suerte que no hay gran cosa en común entre la sinagoga y Jesús. La palabra de Jesús introduce el germen de un fermento y una revolución que un día harán estallar el viejo sistema religioso judío. Jesús viene a echar por tierra las viejas referencias y a producir nuevas. Muchos piadosos judíos se sintieron totalmente desestabilizados y desorientados ante la originalidad y la carga contestataria de la doctrina del Maestro de Nazaret. Así lo constata Marcos, al poner en boca del hombre en la sinagoga, atormentado por los malos espíritus de la escrupulosa y formal observancia de la Torah, que los muchos años de práctica lo volvieron más enfermo y atormentado: "¿Qué quieres de nosotros, Jesús de Nazaret? ¿has venido para destruirnos?"

 Habrá que esperar que este hombre, en contacto con la persona de Jesús y abriéndose a su palabra, sea capaz de liberarse de todos los condicionamientos de su antigua educación, de todas las falsas ideas que le inculcaron, las falsas creencias que acumuló, para que recupere su libertad y su verdadera identidad. Ciertamente, para este hombre, el trabajo de reestructuración y liberación no habrá sido una tarea fácil. Fue sacudido violentamente, sufrió, dio grandes gritos. Padeció un desgarro interior extremadamente estresante. Pero es el precio que este tipo de personas ha de pagar para su curación interior y para renacer a una nueva forma de vida.


 Bruno  Mori  -  enero  2018

Traducción de Ernesto Baquer