mercredi 17 octobre 2018

!VAMOS DE CAZA! - Mc. 9,37-47


(26º dom. tiempo ord.  B 2018)

Las lecturas bíblicas de este domingo nos presentan dos casos de intolerancia, de inmediato desautorizada como insensata y estúpida. En la primera lectura, Josué, futuro sucesor de Moisés, no soporta que dos miembros del grupo de los 70 ancianos impulsados por el Espíritu de Dios, tomen la iniciativa de profetizar.

En el evangelio, Juan, el hijo del Zebedeo, la toma con un individuo, que no siendo parte del grupo de los doce, expulsaba espíritus malignos en nombre de Jesús. “No tenía el derecho de hacerlo y nosotros se lo hemos impedido. No era de los nuestros. No pertenecía a nuestra comunidad, nuestra congregación, nuestra iglesia, nuestra religión… Sólo nosotros tenemos el derecho y el poder de hacerlo… nosotros que hemos sido elegidos por ti, que somos tus discípulos, que comemos en tu mesa, que hemos sido agraciados con tu enseñanza, tu verdad, tu espíritu y tus poderes. Sólo nosotros sabemos lo que es el bien y lo bueno para los demás. El bien hecho por los que no son de los nuestros, no es tan bueno como el bien hecho por nosotros…”

La respuesta de Jesús a la intolerancia obtusa y exaltada de Juan, no se hace esperar: “¡No se lo impidan!. ¡Nunca impidan a nadie hacer el bien y luchar contra el mal y el sufrimiento!”
Para Jesús, lo que importa no es el pertenecer a su familia, a su círculo de amigos, que compartan sus ideas y su estilo de vida; lo que importa es el bien que cada uno sea capaz de realizar y el amor que sea capaz de difundir.

Aquí Jesús quiere hacer comprender a los suyos que la tarea de hacer el bien y ayudar a sus semejantes a liberarse de sus demonios, nunca está reservada a algunos elegidos: nunca es el monopolio de un grupo, un partido o una institución. Todo ser humano es depositario de un amor, una bondad, una benevolencia, un don de gracia y de sabiduría, que está llamado a sembrar y derramar a su alrededor, a fin de contribuir a la construcción de un mundo mejor y una mejor sociedad.

Al contrario de lo que Jesús nos enseña aquí, un gran número de nosotros, a causa de una configuración interior defectuosa, frecuentemente tiene una visión monocroma de la realidad. Significa que muchos estamos impulsados a ver el mundo sólo en dos colores: blanco y negro. Dividen, dividimos el mundo en dos partes.

De un lado, los que son como nosotros, con nosotros, para nosotros; porque son de nuestro clan, nuestra cultura, nuestra nacionalidad, nuestra religión, nuestro partido. Por principio, son los buenos, en los que podemos confiar, los puros, los que van por el camino recto; los que están en la verdad, los que tienen razón, los verdaderos creyentes que pertenecen al eje del bien, a la Santa Iglesia Católica Romana, al pueblo mesiánico del Occidente cristiano; a la grande y todopoderosa nación americana, guardiana y promotora de los valores democráticos, los derechos del hombre, de la libertad y la justicia; y la única en poder proclamar que Dios está de su lado, ya que ella pone su confianza en Dios (In God we trust). Una confianza que no duda en imprimir, con un descaro y una seguridad que nos asombran, sobre el dinero que gasta, por billones, en sus guerras dirigidas contra los países del eje del mal, y acusados de complotarse contra ella.
También los nazis de Hitler escribían sobre sus uniformes y sus banderas que Dios estaba con ellos (“Got mit uns”).

Del otro, están los que no son como nosotros, que son diferentes, que no son de nuestra raza, nuestro país, nuestra cultura, nuestra religión, de quienes tenemos derecho a desconfiar, que no son de buena calidad como nosotros, y que, con frecuencia están contra nosotros. Son los inmigrantes que vienen a robarnos los puestos de trabajo; disminuir nuestro bienestar; perturbar nuestro orden y nuestra tranquilidad; cuestionar nuestras convicciones; confundir nuestras certezas y creencias. Son los otros; los agresores contra los que nos debemos proteger; a quienes debemos impedir que vengan a nuestra casa y nos perjudiquen: satanizándolos, controlando sus desplazamientos, privándoles de la visa, de los permisos de residencia y poniéndoles barreras y alambrados, erigiendo muros a lo largo de las fronteras, haciéndoles la guerra.

En la historia de Occidente, la intolerancia y la presunción de superioridad, son actitudes de vieja data. Constituyen un pecado capital, también en la santa Iglesia católica y romana (representante sin embargo de un movimiento espiritual basado en la fraternidad, la igualdad, la tolerancia, la acogida, la apertura y el amor entre todos los humanos). Basta con pensar en las Cruzadas, el fanatismo mortal y salvaje de las guerras de religión (la noche de San Bartolomé); las torturas de la Inquisición; las hogueras para los herejes y disidentes; la caza de brujas…

Actitud de intolerancia y presunción de superioridad, unicidad y exclusividad de la fe cristiana y católica, que inspira y orienta todavía hoy la teología oficial de nuestra Iglesia, que continúa creyendo y enseñando que es, por voluntad divina, el único lugar de la verdad y el sólo y único instrumento de salvación eterna para todos los humanos.

Para la Iglesia católica romana todas las demás religiones son fundamentalmente falsas o, en el mejor caso, sólo poseen briznas de verdad. Por tanto, son incapaces de asegurar la salvación de sus fieles. Sólo en el seno de la santa Iglesia católica, es que el ser humano se convierte en justo, bueno, santo, agradable a Dios, quien entonces le concede su benevolencia, así como participar en su felicidad eterna. De ahí el eslogan “Extra ecclesiam, nulla salus” que, durante siglos, ha resonado como grito de conquista y de convocatoria, que suscitó en los países del Occidente cristiano un ejército de misioneros y “conquistadores”, prestos a todos los sacrificios, para partir a salvar las almas de los “pobres salvajes” de las llamas del infierno y que a cambio les despojaban de su cultura, su tierra, su vida, sus bienes.
¿Todo esto no está en total contradicción con lo que Jesús nos enseña en este evangelio?

En este texto evangélico, Jesús quiere hacer comprender a sus discípulos, que el espíritu de Dios es un espíritu de amor y de bondad, dado a todos los humanos. Quiere que sus discípulos realicen que, en adelante, la buena calidad de un individuo no está determinada por su pertenencia a un pueblo o una religión, o a cualquier otra organización humana, sino únicamente por la bondad de su vida, por el bien que es capaz de realizar y por el amor que consiga dar y recibir a lo largo de su existencia. El menor gesto de bondad, de atención, de darse, son importantes: “Hasta un vaso de agua entregado con amor al que tiene sed, tiene valor en la construcción de su humanidad”.

Por tanto, aquí Jesús nos enseña que “echar los demonios” que se instauran en el corazón del hombre, es una tarea de cada uno, pertenezca a la religión, cultura, grupo, o nacionalidad que sea. Para ello, ninguna necesidad de ser cristiano, católico, de haber recibido ordenación sacerdotal, de poseer poderes extraordinarios y sagrados.

Para Jesús, echamos los demonios cada vez que contribuimos a liberar a alguien de sus miedos, desconfianzas, prejuicios, de todos esos malos espíritus que llevamos con nosotros y que nos impulsan a ser egoístas, violentos, insensibles con los demás, replegados sobre nosotros mismos; a creernos superiores y mejores que los demás; a echar raíces estúpidamente en ideas preconcebidas, en la convicción de siempre tener razón, poseer la verdad, estar del lado de Dios.

Arrojar los demonios en alguien, es conducirlo a no juzgar, no criticar las diferencias; a no desconfiar del vecino, sobre todo si es extranjero, de otra religión, si es inmigrante; si es árabe, negro, mejicano; a no ver tantos potenciales agresores o predadores contra los que pelear o protegerse.

Echar los demonios, entonces, es enseñar a los demás a ser acogedores, abiertos, positivos, tolerantes, benévolos, amistosos y amables con todos. Es ayudarles a abandonar el espíritu de «ghetto»; a abrirse a las diferencias, aprender de ellas y maravillarnos con sus riquezas.

Para Jesús, echamos los malos espíritus cada vez que  ayudamos a una persona golpeada por la prueba, la enfermedad, la depresión, el desaliento, la pena, el duelo… a salir de su encierro  y de  su desesperanza, sus malas actitudes, a fin de conducirla a tomarse a cargo, a ponerse de pie, a recobrar su buen espíritu y la confianza en sí misma, en la vida, en los otros.

Para Jesús cazamos y echamos los demonios cada vez que enjugamos lágrimas, que reavivamos sonrisas, que hacemos estallar risas, y que devolvemos la alegría y la esperanza a la existencia de alguien.

Nos convertimos en cazadores de malos espíritus cada vez que ayudamos a otros a vivir, lo más plenamente posible, su doble dignidad de hombres y de hijos de Dios.

Cazamos demonios cada vez que ayudamos a alguien a abrir los ojos sobre la belleza de la creación; a darse cuenta de la bondad fundamental de toda criatura, a creer en la presencia infinitamente más abundante y activa del bien sobre el mal, de la belleza sobre la fealdad, de la generosidad y la abnegación sobre el egoísmo, de la indulgencia sobre la crueldad, de la dulzura sobre la violencia, del amor sobre el odio en el corazón de los humanos que viven a nuestro alrededor.

Entonces, amigos, ¿para cuándo la próxima salida a cazar?

Bruno Mori, septiembre  2018.

(Traducción de Ernesto Baquer) 

dimanche 30 septembre 2018

EL LOCO DE LA FAMILIA – Mc 3,20-35



(10º dom. ord. B )

Los evangelios son textos catequéticos escritos para instrucción de las primeras comunidades cristianas. Cuando Marcos, en los años 60-70 redacta su evangelio, había todavía cristianos que se consideraban descendientes de la familia biológica de Jesús (quizá hijos, nietos, sobrinos y sobrinas de la segunda generación de hermanos y hermanas de Jesús). Los evangelios nos han dejado los nombres de, al menos, cuatro hermanos de Jesús (Santiago, José, Judas y Simón), pero no especifican en ningún lado, ni los nombres ni el número de las hermanas.

Aparentemente, los descendientes naturales de la familia de Jesús reclamaban un trato de favor en el seno de la comunidad cristiana en la que participaban. Marcos aprovecha esta circunstancia histórica para poner los puntos sobre las « íes » y para dar una lección a los cristianos de su tiempo. Les dice que, en la comunidad de los discípulos de Jesús, fundada en sus valores, sus principios y animada por su espíritu, lo que cuenta no son los lazos de sangre, sino los lazos de corazón. Les dice que, en adelante, el único título de importancia, de valor y de grandeza en la vida del discípulo, no es la pertenencia biológica a su familia, sino la capacidad que cada uno tiene de entablar lazos amicales y afectivos con Jesús, con el otro, sea quien sea, y con Dios.

Sin embargo, hay también otras cosas que nos llaman la atención cuando leemos atentamente este texto de Marcos y nos dejamos tocar por el espíritu que lo anima: impresiona la libertad interior extraordinaria de Jesús. Al contactar y frecuentar el Jesús de los evangelios, nosotros comprendemos que lo realmente precioso que Jesús nos aporta no es tanto la salvación eterna, sino la libertad que nos transmite. Nos ha posibilitado un éxodo interior sin precedentes que nos permite pasar, de un Egipto interior de esclavitud, a una libertad de tierra prometida; de una experiencia de oscuridad, a una experiencia de luz; de una situación de miedo constante y congénito, a una situación de confianza duradera y sin límites; de una condición de ignorancia, a una nueva sabiduría cimentada en una nueva interpretación y comprensión del mundo de los hombres y del mundo de Dios.

En este texto, Marcos presenta a Jesús como un hombre que ha vivido siempre fuera de las normas establecidas y que marchó constantemente fuera de los senderos transitados. Es el hombre que posee la libertad del viento, que no se sabe adónde viene ni adónde va. Es el hombre de “afuera”, el hombre del movimiento, de la ruta larga, de los grandes espacios, del desierto silencioso y salvaje, de las cimas solitarias y orantes, de las noches profundas y las mañanas radiantes al borde del lago. Es el hombre que no se deja frenar, encerrar, apresar, amordazar por nadie y menos por las reglas, los modelos de comportamiento, las obligaciones, las imposiciones y las prohibiciones de la religión. Vive en una independencia total de toda autoridad, tanto civil como religiosa. No reconoce ninguna autoridad que se imponga por la fuerza del temor y del poder; sino sólo por la que se despliega con la fuerza del servicio y el ardor del amor.

Él quiere ser libre de seguir siempre su camino, incluso si marcha sobre las asperezas de las zarzas, espinas, guijarros y los peligros de las aguas profundas. Nunca tiene miedo de tropezar, caer y hundirse. Tiene el coraje del aventurero y la intrepidez del explotador. Posee la fuerza, la determinación y la confianza que le vienen de la certeza de que siempre está llevado y sostenido por la mano de su Dios.

Toda la vida de Jesús transcurre bajo la enseña de “fuera”. Nacido fuera de su tierra, fuera de su casa, fuera del círculo de su familia y su parentela. Echado fuera de su pueblo. Incluso su éxito de taumaturgo y predicador itinerante se vuelve contra él, obligándolo a quedarse fuera de los pueblos y las ciudades y lejos de las muchedumbres. Sus detractores y los miembros de su familia dicen que “está fuera de sí”. Muere fuera de la ciudad. Cuando sus discípulos van a visitarlo a la tumba “donde lo dejaron” (Jn 20,15), ya está fuera y afuera.

Uno tiene la impresión de que su suprema libertad lo convierte en un hombre que jamás se deja captar, manipular, explotar, utilizar al capricho de los deseos, los planes y las intenciones de los demás. Puesto que es el hombre entregado a todos, no pertenece a nadie. Rara vez está allí donde pensaríamos encontrarlo; con frecuencia está presente donde nunca nos imaginaríamos encontrarlo.
Jesús es también el hombre del “fuera” porque construye toda su vida en una actitud constante de no centrarse en él, de darse, para ir “fuera” de sí y hacia el otro, los otros, hacia el mundo de los hombres y el mundo de Dios. De suerte que, en el evangelio de Marcos, Jesús se presenta como el hombre totalmente salido de sí mismo y enteramente consagrado, no a construir su propia felicidad, sino únicamente la felicidad de los otros.

justamente porque Jesús vive toda su vida como hombre libre e independiente, sin dejarse encerrar en los marcos fijos y establecidos de leyes, costumbres y tradiciones;
porque es indomable, imprevisible, original, único, reaccionario, nuevo e innovador en todo lo que es, lo que hace, todo lo que dice y pide;
porque vive y se comporta “fuera” de las reglas que dictan los comportamientos del buen hijo atado a su familia biológica y del buen creyente apegado a su religión;
porque hace estallar todas las convenciones, normas y paradigmas tradicionales…

Por eso suscita las inquietudes de su familia natural y de las autoridades, afectadas y preocupadas por las consecuencias de sus acciones y su predicación. Los miembros de su familia pensaban que se había desquiciado, se había vuelto loco, que había perdido la cabeza, y querían repatriarlo a la fuerza a su país natal, para evitar la vergüenza y el deshonor al clan familiar. Los miembros de la religión oficial piensan que ese hombre, hacedor de desórdenes, turbulencias, confusión y divisiones en el pueblo, era un “diabolos”, es decir uno que “divide”, que actúa bajo el impulso y la inspiración de un espíritu demoníaco.

Ninguno de los dos grupos, se dan cuenta realmente del verdadero ser del Maestro. Todo lo que les interesa, es sacarlo de circulación y desembarazarse de un individuo inquietante y fuente de problemas y de líos para ellos y para el sistema establecido.

Las actitudes agresivas y malévolas tanto de sus parientes como de las autoridades religiosas, sólo tienen el efecto de reforzar más la determinación y la independencia interiores de Jesús, que no retrocede ni un paso, no revisa sus posiciones, continúa imperturbable el camino emprendido y permanece fiel hasta el fin a la misión que cree ser suya, convencido de haberla recibido de Dios.

A su familia, su madre, sus hermanos y hermanas que lo “buscan” y que quieren “captarlo”, pero “quedándose fuera” (Mc 3,21,31), sin tratar de penetrar en el misterio profundo de su persona, Jesús responde que ellos también han de recorrer un camino de conversión, de cambio y de fe.  Ellos también han de entrar adentro, al interior de la casa donde está, sentarse en torno a él y “permanecer con él” (Mc 3,14); asumir humildemente la actitud del discípulo que escucha las palabras de su Maestro, se impregna de su espíritu, para ser capaz, como él, de calcar su vida de la voluntad de Dios (Mc 3,35).
A los escribas, que le reprochan estar poseído por un demonio, Jesús les responde que más bien son ellos los conducidos por un espíritu demoníaco, puesto que quieren impedirle hacer el bien, derramar a su alrededor amor y bondad, curar, aliviar a la gente de sus males y sufrimientos, devolver a todos esperanza, confianza, coraje y alegría de vivir.

Finalmente, este texto nos estimula, a nosotros, los discípulos de Jesús de Nazaret, a parecernos a él. Nos impulsa a ser, nosotros también, gente de convicciones y carácter, que saben permanecer de pie ante las contrariedades, las dificultades y las pruebas de la vida, sostenidos como nuestro Maestro, por la certeza de que todos somos, en este mundo, los instrumentos de un Misterio de Amor que busca comunicarse y continuarse y que nos tiene siempre en su mano.

Bruno Mori -   Montreal, junio 2018 -
Traducción de Ernesto Baquer 

vendredi 28 septembre 2018

"PARA USTEDES, ¿QUIÉN SOY YO?” - Mc. 8,27-35



(24° dom. ord. B )

            Es la pregunta que Jesús planteaba a sus amigos porque, como a cualquiera de nosotros, le interesaba saber qué opinión tenían de él. Quería conocer qué lugar y qué importancia le concedían en sus vidas. Una pregunta más que legítima, porque nadie puede vivir ni comprometerse en la existencia sin sentirse aceptado, valorado, apreciado, reconocido, por la gente de su entorno.

            Para saber si merecemos semejante reconocimiento de parte de nuestro medio y discernir mejor las actitudes y disposiciones para ser recibidos y percibidos por los demás, puede ser útil revertir la pregunta y preguntarnos: "¿Cuándo una persona es realmente importante para nosotros?"

Pienso que una persona es realmente importante para nosotros cuando:
-           nos hace felices. Nos sentimos realizados y que nuestra vida tiene sentido;
-           nos sentimos responsables de ella;
-           buscamos su felicidad más que la nuestra;
-           nos ayuda a sentirnos confiados en nosotros mismos, de manera que, por un lado, nos preocupa mucho menos el juicio de los otros, y por otro, enfrentamos la existencia con mucha más seguridad y desenvoltura;
-           nos permite vivir una relación profunda y armoniosa. Entonces, ya no nos sentimos solos. Superamos la soledad y el sentimiento de separación para entrar en una experiencia de comunión y de compartir;
-           esa persona se ha hecho, yo no diría indispensable (porque nadie es totalmente indispensable) en nuestra existencia, pero no podemos concebir nuestra vida separada o privada de ella;
-           Nos sorprendemos pensando en ella sin darnos cuenta, porque ocupa el fondo de nuestros pensamientos, porque está en el centro de nuestras preocupaciones, de nuestros deseos; y en su ausencia, sentimos un vacío y una carencia.

Si por una persona, nuestro corazón se ensancha de alegría o se achica de pena y fastidio… Entonces ¡esa persona es importante para nosotros!

            ¡Felices de nosotros si, en nuestra vida, hemos tenido la posibilidad de sentir y reaccionar así con una persona; o si hemos tenido la felicidad de suscitar en ella tales sentimientos hacia nosotros ¡ Hemos ganado la carrera de nuestra vida y triunfado en la prueba de nuestra existencia! Sin eso, nuestra vida corre el peligro de ser una colección de baratijas, una sarta de futilidades y un miserable desperdicio.

Cuando en una pareja de enamorados, uno pregunta al otro: "¿Quién soy yo para ti? ¿Qué represento yo para ti?, generalmente la respuesta es: "Tú lo eres todo para mí! ¡Tú eres quien me permite vivir!". Y frecuentemente quien plantea esta pregunta lo hace con la esperanza de oír respuestas semejantes, que no son otra cosa que magníficas declaraciones de amor. ¡Tenemos tal necesidad de escuchar a alguien decirnos que nos ama! ¡De sentir que tenemos asegurado el amor del otro! ¡Que somos importantes para alguien! ¡Necesitamos convencernos que nuestra vida merece vivirse porque es querida, deseada, apreciada por otro! ¡Porque aporta felicidad, alegría, seguridad y sentido a otro o a otros!
            Porque, en definitiva, la desgracia o el fracaso de una vida y de un individuo dependen de sentirse inútil y superfluo en este mundo, de no interesar a nadie, de no ser digno  de amor. Eso significa entonces que la salud de una vida reside en la seguridad de sentirse querido y acogido por otro; en la experiencia de sentirse importante para otro y finalmente, en la fuerza de los lazos de amor con los que nos  ligamos los unos a los otros.

            Me gusta pensar que, en el evangelio de este domingo, Jesús quiso plantear esta pregunta porque necesitaba sentirse rodeado y sostenido por la presencia amorosa y reconocida de sus amigos. Cuando se sentía rechazado y condenado por sus adversarios y veía su vida dirigirse al fracaso y la catástrofe, Jesús necesitaba asegurarse que, en su vida, no todo estaba perdido, porque podía contar con el amor de las personas que le tenían un enorme lugar en su corazón y para las cuales era muy importante, porque constituía la única razón de su vida.

            Recordemos la pregunta que un día planteó Jesús a los suyos: "¿También ustedes quieren dejarme?" Y la respuesta de los apóstoles: "¿A quién iríamos, Señor? Tú solo tienes las palabras que nos hacen bien y nos ayudan a vivir (Jn. 6,66-69).

            Jesús, al plantear esta pregunta de "Para ustedes ¿quién soy yo?", interpela a cada uno de sus discípulos y por tanto a cada uno de nosotros, sobre el lugar que le damos o que le dejamos en nuestro corazón. "Para ustedes ¿quién soy yo?" ¿Un personaje extraño, peculiar, como hay muchos en la historia? ¿Un fenómeno cultural? ¿Un reaccionario, un anárquico que no puede aceptar las costumbres establecidas, las leyes, las tradiciones de sus antepasados? ¿Soy un innovador que les aporta una palabra nueva, una nueva enseñanza que les abre los ojos, que los saca de la ignorancia y la opresión? ¿Qué les ayuda a recuperar confianza, dignidad, libertad? ¿Que propone una concepción totalmente nueva de Dios?

            ¿Ustedes están conmigo por deber, por costumbre, por obligación, por miedo?... ¡O están conmigo porque un día me encontraron, porque me eligieron? ¿Porque fueron conquistados, fascinados por mí; porque sintieron que vuestra vida podía transformarse con mi presencia; porque descubrieron que no soy ni hablo como los demás, y que les aporto algo que los demás hombres, los demás Maestros, no son capaces de darles? ¿Porque han sentido que soy la única persona capaz de responder a vuestras esperanzas de sentido, seguridad y paz interior, de perfeccionamiento, realización humana y felicidad? ¿Por qué han comprendido y sentido que era la única persona a la que podían confiar su existencia, con la certeza de no perderla, sino de cumplirla, realizarla y salvarla? "El que quiera salvar su vida, debe perderla confiándomela… porque el que sea capaz de perder su vida por mí, la salvará".

            Quizá la palabra que el Señor nos dirige hoy quiere cuestionarnos sobre las motivaciones reales de nuestra adhesión a la fe cristiana y sobre la calidad de nuestras relaciones personales con Jesús de Nazaret. La única pregunta que debemos plantearnos con respecto a él es, en definitiva, la siguiente: "¿Estamos nosotros con él porque lo encontramos un día personalmente y nos fascinó? ¿Por qué un día lo elegimos libremente como nuestro Maestro y nuestro guía? Finalmente, ¿estamos con Jesús de Nazaret porque lo amamos y lo admiramos?

            ¿O estamos con él porque nos lo impusieron las circunstancias de la vida y continuamos con él por tradición y por costumbre, como se guarda un mueble viejo que nos legaron nuestros parientes? En otras palabras, ¿somos cristianos por elección? ¿Por convicción personal? ¿Porque fuimos sorprendidos y conquistados por la personalidad y la calidad humana de Jesús de Nazaret, tanto como por los valores de vida que nos comunica? ¿O nuestro cristianismo es sólo cierta coloración cultural que no cambia realmente ni nuestro corazón ni la calidad de nuestra vida?

            Esos son los interrogantes importantes que el Evangelio de este día plantea a nuestra coherencia cristiana y a la verdad de nuestra fe.


Bruno Mori – Septiembre 2018 -

Traducción de Ernesto Baquer


El Hombre que da el pan…- Jn 6,24-35


(18° dom. ord. B )

Hoy sabemos que el proceso evolutivo del cosmos y de las especies vivientes sobre la tierra se realiza a través de una secuencia ininterrumpida de fracasos y éxitos, de cambios apocalípticos y de fabulosas realizaciones. Y así, asistimos a lo largo de la historia de la humanidad, a la continua y regular aparición tanto de desastres como de obras maestras de humanidad; a gentes que son vergüenza y deshonor de la raza humana, como a otros que son nuestra gloria y orgullo. Vemos aparecer personajes lúgubres que desearíamos nunca hubieran existido porque oscurecieron y barbarizaron la historia humana con los horrores de sus crímenes y su maldad.

Pero asistimos también a la aparición de figuras de hombres y mujeres que son como estrellas que surgen al azar de las energías atractivas que modulan la conformación del Universo y que, durante millones de años, alumbran con su luz la inmensidad de los espacios galácticos.

Así, entre los fracasos tan sólo de un pasado reciente, pensemos, por ejemplo, en los tristes personajes de Hitler, Stalin, Pol-Pot; o más cerca de nosotros, en los miembros de los movimientos integristas islámicos del Medio Oriente (talibanes, Isis), en algunos tiranos de países africanos, en ciertos presidentes de las grandes potencias modernas…

Entre los éxitos de la evolución humana, podamos nombrar figuras como Buda, Lao, Platón, Jesús, Teresa de Ávila, Dante Alighieri, Miguel Ángel, Shakespeare, Mozart, Beethoven, Martin Luther King, Kierkegaard, Gandhi, Einstein, Nelson Mandela, Drewermann, Leonardo Boff, etc… Personas que son modelos y fuente de inspiración para todos los Humanos. Son faros que iluminan e indican el camino a recorrer. Son hacedores de esperanza y belleza; profetas que anuncian la posibilidad de un mundo nuevo, diferente y mejor. Son los poseedores de una sabiduría real. Nos comunican intuiciones y visiones singulares sobre la Realidad. Nos revelan sueños y proyectos inéditos, con frecuencia desestabilizadores, cierto, pero con el poder de interpelar, hacer pensar, plantear y proponer desafíos e invitar a la raza humana a caminos nunca recorridos, a fin de hacernos progresar hacia horizontes más vastos y realizaciones y formas más logradas de humanidad.

Jesús de Nazaret forma parte de esa categoría de humanos especialmente inspiradora y lograda. Así fue visto por sus admiradores y presentado por la literatura cristiana del siglo primero. Así los autores cristianos de los evangelios lo describen como el hombre que supo realizar en su persona la síntesis más completa y perfecta de las cualidades humanas, al punto de considerarlo como una maravilla y un milagro de humanidad; como un hombre venido de Dios; como un don del Cielo a los hombres; como el metro y la forma con la que cada uno de nosotros debería, en adelante, medirse y modelarse para lograr la construcción de nuestra propia humanidad. Así, para esos autores antiguos, Jesús es el "Hombre" y el "Maestro" por excelencia, sobre cuya palabra, enseñanza y espíritu, todo humano podría conformarse y modelar su vida.

De ahí por qué, en el texto del evangelio que acabamos de leer, el evangelista Juan, inclinado a las imágenes y los símbolos, como todos los autores antiguos, presenta a Jesús como pan, alimento, fuente de agua viva, luz, que cada uno debe buscar, si pretende satisfacer su hambre y su sed de absoluto, verdad, gratificación, sentido, felicidad: hambre y sed que cada ser humano normal, un día u otro, siente en la profundidad de su corazón.

Juan, con los otros autores cristianos del siglo primero, vio en Jesús un ejemplar de hombre tan completo, que su ejemplo, la reflexión sobre sus principios, convicciones, actitudes, fuerzas y virtualidades que rigieron su vida, pueden en gran manera ayudar e inspirar a los y las que, en actitud de confianza amorosa y admirativa, aceptan adoptarlo como referencia última y fuente de inspiración, con el fin de construir su existencia sobre el modelo y la forma de su humanidad.

El evangelio de este domingo nos asegura que los cristianos que aceptamos seguir a ese Maestro y modelarnos sobre su espíritu, seremos nuevas criaturas, personas de cualidad "superior". Ya no individuos replegados sobre nosotros mismos, exclusivamente ocupados y preocupados en poner en marcha nuestro pequeño bienestar y nuestra pequeña felicidad personal; individuos que acumulan y consumen "cosas", y cuyos intereses se limitan a satisfacer las primarias y biológicas necesidades personales…

El evangelista Juan nos asegura que los humanos que buscamos a Jesús por el pan que nos puede ofrecer, podemos tener la posibilidad de llegar a ser individuos diferentes: abiertos, capaces de tener hambre y sed de valores menos terrenales, más elevados y espirituales. Lo cual significa que la imitación y el seguimiento del Maestro de Nazaret puede hacer de nosotros individuos capaces de espiritualidad, es decir capaces de interesarnos en realidades y contenidos diferentes a los que conciernen únicamente el comer, ganar, poseer, acumular, consumir, disfrutar de buenos momentos y del placer.
Permanecer con el Nazareno puede hacernos tomar conciencia que, en cuanto humanos, tenemos un destino particular en este mundo; que estamos llamados a vivir un nivel superior de conciencia; que hay en nosotros algo que nos hace diferentes de los animales, porque somos capaces de pensar, maravillarnos; capaces de don, altruismo, bondad, ternura y amor. Porque somos portadores de una profundidad y un misterio que nos sobrepasa y que, por ello, podemos interrogarnos sobre las razones y la presencia del sufrimiento, del bien y del mal; sobre el sentido y el fin de nuestra vida y de nuestra muerte; podemos ser lo bastante sensibles espiritualmente como para vibrar en consonancia con la Realidad o el Misterio Último que llamamos "Dios".

Permanecer con el Maestro puede ayudarnos mejor a orientarnos en la vida, a descubrir los comportamientos, proyectos, búsquedas y conquistas que den verdadera consistencia, cualidad y profundidad a nuestra existencia y a construirnos como personas enriquecidas con auténtica sabiduría y una forma atrayente de humanidad: una humanidad que se manifiesta y despliega como benevolencia, tolerancia, bondad, compasión, atención y cuidado, tanto por nuestros hermanos humanos como por el bienestar y la salud de nuestro Planeta. Por eso, Juan hace decir a Jesús que puede darnos una paz capaz de mantenernos en vida para siempre, ahora y por la eternidad.

Este texto quiere finalmente hacernos comprender que el pan que da la vida no es el pan que se recibe y se come, sino el pan que se comparte.  Si estás conquistado por su personalidad; si estás animado por su espíritu; si tú llegas a ser el buen pan que él ha sido, sabrás lo que significa vivir plenamente. Si tú te das, te realizarás y serás feliz. Si retienes todo para ti y no das nada de ti, te perderás; tu vida estará vacía, disminuirás en humanidad y serás un individuo mezquino, triste y solo.

Por ello, esto evangelio nos emplaza hoy en un desafío radical: ¿cuál es mi luz, mi alimento, mi agua? Dicho de otra manera; ¿quién es el Señor de mi vida? ¿Dónde puedo encontrar la fuente verdadera de mi humanidad?


Bruno Mori – 2 agosto 2018  

Traducción de Ernesto Baquer

samedi 26 mai 2018

El amor es de Dios y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios" (1Jn 4,7)



(6° dom de Pasqua, B - Jn 15,9-15)

El texto que acabamos de leer está sacado de un largo discurso de despedida, llamado también "testamento espiritual" de Jesús, que el evangelio de Juan pone en sus labios, justo antes de su muerte. El tema del monólogo está centrado en el amor que une a Jesús con su Dios o Padre y que debe unir también a los discípulos entre sí y con su Maestro.

El evangelio de Juan, presenta a Jesús como un hombre que vivió una relación en especial íntima con Dios; que tuvo una experiencia totalmente única de Dios, calificada por el evangelista como "experiencia amorosa" hecha de comunión, intimidad y profunda ternura. El Jesús de Juan es el hombre enamorado de Dios, en Dios centrada y orientada toda su existencia, que supo impregnarse de su Espíritu a tal punto que pudo sentirse con derecho a afirmar que él y Dios hacían un solo ser; que siempre hacía sólo lo que Dios quería y le inspiraba. Decía también que los que escuchaban sus palabras y veían sus obras, escuchaban las palabras de Dios y veían las obras de Dios.

Jesús hablaba pues, del Dios que rebosaba su corazón, porque vivía en su comunión y en su presencia, y también porque lo había captado y fascinado su misterio. En la intensidad de su experiencia, había descubierto que su Dios es el fundamento de todo: fuente de amor, de ser y de vida; que es don, perdón, padre, madre, hermano, amigo. Había descubierto que era el Amor-Dios quien lo hacía vivir; que era el alma de su Espíritu, de suerte que esa experiencia de Dios lo había convencido que sólo entrando en contacto con esa Última Realidad Amorosa, el hombre podría encontrar sentido a su existencia, vivir según su naturaleza, realizar plenamente su humanidad y dominar sus impulsos personales, así como el mundo que lo rodea.

Dicha experiencia permitió a Jesús llegar a un conocimiento tan profundo de Dios que pudo decirnos algo totalmente nuevo e inédito sobre Dios. Nos mostró que ese Misterio Último que llamamos Dios es una Fuerza Infinita de Amor presente y actuante en todo el Universo; que penetra todo lo que existe, como savia, alma, espíritu, como la finalidad que anima, vivifica, sostiene y dirige el Universo entero hacia una evolución, complejidad y perfeccionamiento cada vez mayores.

Jesús insistió en el hecho de que esta Energía Amorosa Original es especialmente activa, fuerte y perfeccionada en el ser humano, que se convierte entonces en la conciencia que el cosmos posee de sí mismo, así como en el lugar de una presencia privilegiada de las dinámicas, cualidades y posibilidades del amor en nuestro mundo.

Jesús nos revela así que, en este Universo, el amor lo es todo; que sin la fuerza de este amor que "atrae" y une todas las cosas, nada puede nacer, ni subsistir, ni desarrollarse. Su enseñanza nos ha hecho comprender que en nuestro mundo, el amor es dios y que dios es el amor. Qué es el amor tan sólo lo que debemos buscar, cultivar, desear, practicar, recuperar, si queremos realizarnos plenamente según nuestra naturaleza de seres "conscientes e inteligentes". En efecto, el Espíritu de Dios, que actúa a través de la evolución cósmica ha diseñado a los "humanos" con el solo fin de producir criaturas concebidas especialmente para amar. Según Jesús, tan sólo ante el amor debemos arrodillarnos si queremos adorar a Dios y rendir homenaje a nuestros hermanos.

Jesús nos enseña que no hay otro tesoro que debamos buscar, ni otra riqueza que codiciar, ni otra grandeza que aspirar, fuera del amor. Si logramos ser capaces de amar con la calidad y la fuerza de amor que hay en Dios, que se manifestó en Jesús y que se depositó en cada uno de nosotros, seremos obras maestras de humanidad. En efecto, nos convertiremos en eco, reflejo e instrumentos del Amor Original que construye la calidad, la bondad y la grandeza de nuestro mundo y nuestra sociedad humana.

Si estamos familiarizados con los escritos del NT atribuidos a Juan, sabemos que dichos textos contienen una multitud de expresiones que el escritor pone en boca de Jesús y que, por una parte, afirman la naturaleza amorosa de Dios y, por otra, expresan la necesidad de activar y retomar, a lo largo de nuestra existencia, esa inmensa Energía Amorosa, depositada en nuestros corazones: "Hemos conocido y creído en el amor que Dios nos tiene y que ha derramado en nosotros. Dios es Amor y el que permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él (1 Jn 4,16). El amor viene de Dios y todo el que ama viene de Dios y conoce a Dios (4,7). Si Dios nos amó así, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros (4,11) Nos amamos porque Dios nos amó primero y nos inundó de su espíritu de amor (4,19). Si uno dice que ama a Dios y no ama a su hermano, es un mentiroso. El que no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve" (4,20).

Y así, el Jesús de Juan nos dice que su Dios no se encuentra en los templos, las iglesias, los ritos, los cultos, los sacrificios, las prácticas y observancias de las religiones, sino sólo en el amor que fomentemos y demos a nuestros hermanos. Jesús nos revela que sólo encontramos a Dios cuando encontramos a nuestros hermanos y somos capaces de entablar con ellos relaciones basadas en un amor que se identifica como acogida, escucha, benevolencia, comunión, respeto, atención, compasión, compartir…

Jesús supo vivir esta experiencia de amor y entrega, y por eso apareció ante todos como la manifestación más extraordinaria de la presencia divina en nuestro mundo y se nos muestra también hoy a nosotros como uno de los modelos más logrados de humanidad. Entonces, en cuanto cristianos, hemos de tener siempre presente esta fundamental verdad: el cristianismo al que pertenecemos, es un movimiento espiritual (¡no una religión!) nacida de Jesús de Nazaret que invita a los hombres, no tanto a divinizarse, sino a humanizarse, siguiendo el ejemplo y la palabra de su Maestro y Señor.

Bruno Mori  2018
Traducción de Ernesto Baquer

PERMANEZCAN SIEMPRE EN EL AMOR - Jn 15,1-8



(5° domingo de Pascua B )    

El fragmento del Evangelio de hoy, está extraído de un largo discurso (llamado el discurso de despedida o testamento espiritual de Jesús) que Juan el evangelista pone en labios de Jesús. Este discurso, como por otra parte todo el evangelio, está construido a partir de recuerdos en torno a la persona de Jesús de Nazaret que circulaban en el seno de la comunidad cristiana del siglo primero: recuerdos de actitudes, comportamientos, palabras, enseñanzas, milagros del Maestro… Este bellísimo y conmovedor discurso de despedida, repleto de lirismo, emoción y ternura, nunca fue pronunciado por Jesús en la forma que fue redactado en el evangelio de Juan , pero refleja sin duda pensamientos y sentimientos auténticos del Maestro.

En su conjunto, el evangelio de Juan es de hecho una reflexión teológica tardía; una especie de meditación espiritual y mística, dirigida a los cristianos de fines del primer siglo, para suscitar interés, atracción, impulsar simpatía y afecto hacia la persona de Jesús. Este evangelio quería que los cristianos y no cristianos de su tiempo captaran el sentido, el valor y la riqueza de la enseñanza de ese hombre extraordinario y lleno de Dios.

 El evangelista sitúa este discurso de Jesús en el contexto de una cena (la cena pascual) por lo tanto con el trasfondo de una especie de liturgia "eucarística", con el fin de hacer comprender a los cristianos de su tiempo que, también ellos, cada vez que se reunían para celebrar la eucaristía (o la Cena del Señor), entraban en comunión con Jesús; hacían un "cuerpo" con él; comían de él, porque recibían y escuchaban su palabra, reflexionaban sobre su significado, para después integrarlo en la trama de su existencia cotidiana.

En el pasaje de hoy, el tema propuesto a la reflexión de los discípulos recuerda la necesidad de permanecer siempre unidos en mente, corazón, pensamiento y sentimientos con el Maestro. Porque si los cristianos no nos ajustamos a él, si nos olvidamos de él, si lo dejamos de lado, si lo abandonamos, si no lo sentimos presente y activo en nuestra vida, si no continuamos nutriéndonos con su palabra ni cuestionándonos en la fuente de su Espiritu, sino buscamos vivir ni actuar como él, su obra no tendrá continuación, el movimiento de renovación espiritual y humana que puso en marcha se acabará, la llama de su Espíritu se apagará, la fuerza y el impacto de su ejemplo, su estilo de vida y los valores que lo hicieron vivir se perderán y desaparecerán, quizá por siempre… y Jesús habrá muerto en vano. La humanidad entera se empobrecerá y el Universo enlentecerá su impulso evolutivo hacia una mayor perfección. Sin su espíritu, sin su enseñanza, sin los valores que nos dejó, sin el Dios que nos reveló, la humanidad quedaría privada del tesoro más precioso y del don más grande jamás recibido.
Este texto del evangelio nos advierte que sin la sabia que nos llega de ese portento de humanidad, corremos el riesgo de marchitarnos, de vivir una vida hueca, estéril, mezquina, mísera, sin profundidad, sin altura, sin sentido y sin grandeza, pobre en humanidad. Seremos ramas de la vid secas y arrugadas que jamás darán vino de calidad.

De ahí por qué el evangelio de hoy exhorta a los cristianos a permanecer adheridos a Jesús, como las ramas han de permanecer adheridas a la vid para recibir la sabia que necesitamos para producir el vino bueno de la fiesta, de la alegría, la convivencia, la comunión y la fraternidad.

Además, este texto quiere exhortar a los cristianos a tener presente una verdad fundamental: que Jesús ha sido el hombre que, mejor y más que cualquier otro, ha vivido en contacto íntimo con Dios, ha reflejado a su Dios, ha comprendido a Dios, ha hablado de Dios. De modo que, gracias a cuanto Jesús nos ha revelado sobre Dios y de Dios, hoy, nosotros cristianos sabemos que Dios es totalmente otro del que nos describieron las religiones antiguas y también la nuestra. Y gracias a Jesús, hoy sabemos que Dios es una Misteriosa Energía hecha de Amor, tan sólo de Amor y nada más que Amor. Un amor originario y abisal metido en la existencia del cosmos entero, que impregna, crea y hace evolucionar todo lo creado, del que nosotros somos un elemento especialmente importante y perfeccionado.

El evangelio de Juan, presenta a Jesús como quien ha revelado que esta misteriosa Energía Amorosa originaria que llamamos "Dios" está presente de modo especialmente intenso y activo en cada ser humano. De modo que el corazón y el núcleo central de toda la predicación de Jesús es la afirmación y la revelación de que cada ser humano es el lugar privilegiado de la presencia del Dios-Amor o del Amor de Dios en la tierra; que el ser humano es una expresión y una manifestación particularmente lograda y completa de la presencia de Dios y de su Amor en nuestro mundo. Y porque Jesús estaba convencido de esta presencia particular del Dios-Amor en el corazón del hombre, es que Juan el evangelista, reflejando el pensamiento de Jesús, dirigiéndose a los cristianos de su tiempo podía escribir: "Nosotros hemos llegado a conocer y hemos creído en el amor que Dios nos tiene. Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios y Dios permanece en él… Ámense los unos a los otros, porque el amor viene de Dios y todo el que ama ha sido engendrado de Dios, conoce a Dios y vive en Dios" (1 Jn, 4-16-18).

El texto del evangelio de hoy reafirma esta convicción de Jesús, diciéndonos que tan sólo permaneciendo en comunión con el espíritu de Jesús, podremos activar en nosotros el amor que Dios ha infundido en nuestros corazones. Gracias al amor recibido de Dios y que, ahora, como discípulos de Jesús, orienta nuestras decisiones y nuestras acciones, seremos capaces de aportar nuestra contribución a la construcción de un mundo mejor, del "Reino de Dios" construido con el principio del amor, el servicio y la fraternidad, que ha sido siempre el sueño más anhelado de Jesús de Nazaret.
Jesús será siempre recordado, admirado y amado por haber sido una pieza maestra de humanidad y un campeón del amor. Ha sido para todos un ejemplar casi perfecto de bondad, disponibilidad, escucha, empatía, acogida, paciencia, misericordia, perdón. Curó, confortó, animó, defendió; infundió esperanza, impulso y fe en la vida… Ha devuelto confianza y ganas de vivir al que está desesperado, depresivo, desilusionado, decepcionado, enfermo o perseguido, excluido, inculpado, condenado… El será siempre para cada uno de nosotros una fuente de inspiración y un espejo en el que mirarnos continuamente para ver y saber si nuestra personalidad se configura y se presenta con los trazos de un ser auténticamente humano.

Sólo viviendo con amor y en el amor podríamos, no sólo estar unidos a Jesús, sino estar también unidos a Dios, a cuyo Amor damos cuerpo y consistencia en este mundo. A través de nosotros y en nuestro amor, Dios continúa la obra de su creación, haciéndola evolucionar hacia una perfección cada vez mayor…

En el amor nos hacemos así colaboradores de Dios. Gracias a Jesús, nosotros humanos sabemos ahora ser los instrumentos conscientes de la actividad amorosa y creadora de Dios en el Universo.     

Bruno Mori – Montréal 2018

Traducción de Ernesto  Baquer 

mardi 6 mars 2018

Llamados a transfigurarnos – Mc.9, 2-10



 (2° domingo de Cuaresma B)

Original francés http://brunomori39.blogspot.com.uy/2018/02/appeles-nous-transfigurer.html.

El pasado domingo, el evangelio nos presentaba la imagen del desierto, la soledad, la posibilidad de elegir mal, la tentación de elegir caminos fáciles pero engañosos. El evangelio de hoy nos presenta la imagen de la luz, la alegría, la felicidad, la plenitud, de tocar el cielo con las manos.
La "transfiguración" consiste en ver cosas que no pueden verse con los ojos de la cabeza, sino sólo con los ojos del corazón. Y puesto que muchos no tienen los ojos del corazón, se privan de sus perspectivas. El evangelio de este domingo quiere respondernos a la pregunta de saber qué nos hace realmente felices en esta vida. Intenta describir a qué nos parecemos, cuando nos sentimos en el paraíso, es decir, poseídos por la felicidad, habitados por la presencia hechicera y gratificante de un gran amor.

Si hemos caído ya en las redes del amor, si hemos perdido la cabeza y hecho locuras por alguien, si hemos visto ya el mundo como un paraíso y un jardín inmenso de flores porque alguien nos ha dicho que nos amaba, entonces podremos comprender el evangelio de hoy. Es el evangelio del amor que transforma y transfigura.

¿Hemos visto ya los ojos de una mamá cuando ve por primera vez a su hijo, después del trabajo y el dolor del parto? ¿Hemos visto la expresión de un bebé acunado en los brazos de su madre? ¿Hemos notado las miradas radiantes de dos enamorados que se miran extasiados a los ojos? ¿Hemos visto la belleza extática de los amantes, en los juegos y los ardores del amor? ¿No son rostros transfigurados, luminosos, envueltos en encanto y en gracia, rebosantes de felicidad, beatitud, ansiosos de vida y deseo de vivir?

En nuestro mundo racional, científico y machista, hay quienes piensan que ser personas sensibles, que se dejan guiar por los afectos de su corazón, es un signo de imperfección y debilidad. Más bien la verdad es lo contrario.

La sensibilidad es el signo de una mayor perfección del ser. Preguntemos a cualquier conductor qué motor prefiere: ¿sensible o adormilado? Para un humano, ser sensible significa estar más vivo, cautivador, atractivo, eficaz, porque está más pronto y apto para reaccionar, entrar en movimiento, en moción (e-moción) en el camino de la vida, en presencia del mundo y de las personas que lo rodean.

Ser sensible significa estar más dispuesto a vibrar en armonía con la belleza del mundo, y sobre todo con la situación existencial de las personas; a dejarse afectar tanto por sus alegrías como por sus penas; tanto por su felicidad como por sus desgracias.

Por tanto, la sensibilidad que desarrollemos en nosotros es la que hace latir nuestro corazón al ritmo de la palpitación del mundo y la que finalmente realiza nuestra "transfiguración". Porque la sensibilidad configura nuestra persona de otra forma, impulsándola a ver más allá (trans) de su "figura" natural, habitual y banal; más allá también de los límites de su individualidad racional, forzosamente árida, fría, rígida, fácilmente encerrada, replegada sobre sí misma, para elevarla al nivel superior del encuentro emocionado, sensible y "amoroso" con el mundo que está más allá de nuestra personita, para así desplegarnos al sol del amor (de Dios y de los hermanos humanos), donde podremos suavizarnos, esperar, afinar, abrazarnos y volvernos en seres de luz.
La sensibilidad que "transfigura" consiste pues en ver a la gente como son en  erdad, más allá de su "figura" o de sus apariencias (trans-figura-ción); en adivinar lo que son realmente en la profundidad secreta de su corazón; en entrever su verdadera identidad y la verdad profunda de su ser; en descubrir su verdadero rostro, su figura creada por Dios, la que no ha sido deformada por los miedos, los sufrimientos, la culpabilidad, los errores, la ansiedad y las angustias de la vida.

El evangelista Juan dice que "Dios es amor". También que sólo los que saben abrirse y vivir en el amor puede comprender a Dios y vivir de Dios. De ahí se sigue que los que no saben abrir su corazón al amor, podrán quizá tener ideas sobre Dios, pero jamás podrán sentirlo y experimentarlo como Realidad capaz de cambiar su vida.

Jesús era un hombre que sabía amar; estaba animado por un gran amor; era un hombre apasionado de Dios e inmensamente sensible a las situaciones humanas de sus hermanos; poseía un fuego que abrasaba a todos los que se le acercaban.

Los humanos no captamos a Dios con la cabeza, sino sólo con el corazón. Todos los que reprimen sus sentimientos, que son incapaces de emocionarse, enternecerse, maravillarse, extasiarse, desear, soñar, llorar, compadecer… nunca podrán estar en sintonía con el espíritu y la música que vienen de Dios. Nunca podrán tener las antenas idóneas para captar y sentir el soplo y los murmullos de su presencia. Nunca serán verdaderos amantes.

Por tanto, debemos permitir a los sentimientos, las emociones, los deseos, los sueños, las penas, las lágrimas… entrar en nosotros. Que nos invada la vida. Que la vida viva en nosotros. Que ella nazca, que venga, que se mueva (e-moción), que nos trastoque, que nos arrebate, que nos transforme. Si no, inmersos en el océano, siempre buscaremos agua.

Y si eso no nos sucede, vale más que nos hagamos tratar. Vale más que nos preguntemos si nuestro corazón todavía vive en nosotros, o ya está muerto. Porque la capacidad de emocionarnos, estremecernos, enternecernos, sentir… dice cuánto estamos vivos.

Si llegamos a llorar de alegría, a sentirnos tan felices que nos da la impresión de que no nos falta nada, si llegamos a sentirnos ardientes como el sol, o profundos como el mar; de sentirnos tan colmados, tan ricos, que tenemos la impresión de estar ya en el cielo, acunados por la inmensidad del Todo, al punto de querer nombrar (como Francisco de Asís) a las estrellas "mis hermanas" y a los planetas "mis hermanos", a una flor o un árbol "mi belleza" ... bien, hay que saber que estamos viviendo nuestra "transfiguración".

El mundo dirá que nos hemos vuelto locos y continuará siendo desgraciado. Pero nosotros, por favor, ¡continuemos locos".  Quizá no nos sintamos diferentes a los demás, pero seremos ¡tanto, tanto más felices!

Mori Bruno  - Febrero 2018

Traducción de Ernesto Baquer.