lundi 20 janvier 2020

La familia de Nazaret



Algunas reflexiones de actualidad


Cada año, esta fiesta me deja un poco perplejo. Es que proponer la familia de Nazaret como modelo para nuestras familias de hoy, en estos tiempos de fragmentación de antiguas costumbres, de pérdida de parámetros tradicionales y de caos social, me parece algo ¡realmente utópico!. Como me decía una mamá: “Está muy bien que nos propongan como ejemplo a la Sagrada Familia, pero María tenía como hijo ¡al Hijo de Dios!”.

Aceptando esta primera dificultad nada nos impide que podamos descubrir en esta fiesta cristiana de la “Sagrada Familia de Nazaret” algunas orientaciones útiles para nuestros hogares de hoy, incluso si vivimos en un contexto social y cultural muy diferente y mucho más difícil y complicado que el de esa familia que vivió dos mil años antes que nosotros.

Primera característica de la familia de Nazaret que podría inspirar a nuestras familias: es una familia que tuvo el coraje de insertar a Dios en medio de ella. Debería ser lo mismo en nuestras familias de personas creyentes. Incluso si no podemos pensar en un Dios retozando por la casa, podemos tenerlo presente en nuestras decisiones, trabajos, elecciones, pensamientos, en los impulsos de nuestro corazón, en nuestras conversaciones, oraciones, preocupaciones… Nosotros, que vivimos hoy en una sociedad que parece haberlo excluido y barrido de sus intereses y preocupaciones.

Seamos sinceros, también nosotros cristianos, colocamos generalmente a Dios fuera de nuestra familia; no estamos muy dispuestos a mezclarlo en nuestros asuntos… ¡y eso se nota! Entonces, ¡porqué no echar una mirada hacia la familia de Nazaret! Porque no pensar que ¡Dios pudo tener la satisfacción de vivir en nuestra casa y entre nosotros… y que quizá pueda desear también tener una lugar en nuestra mesa, en nuestra sala y en nuestro corazón! Entonces ¿por qué no invitarlo con más frecuencia? ¿Por qué simplemente, no tratar de insertarlo cada vez más en nuestras elecciones, nuestro papel educativo, nuestras relaciones, nuestro trabajo?

En segundo lugar, mirando esa familia y leyendo las escasas informaciones que sobre ella nos proporcionan los Evangelios, nos llama la atención el clima de Misterio que rodea a sus miembros. Se nos dice que María y José guardaban los acontecimientos que les sucedían en su corazón y que reflexionaban sobre el sentido que podían tener en su vida; y que el joven Jesús, gracias a sus padres, “crecía en estatura, en sabiduría y en el favor de Dios y de los hombres” (Lc 2,52).

Me los imagino intercambiando miradas inquisitivas hacia este niño tan igual a los otros y sin embargo, tan diferente, y buscando captar algo de su insondable misterio. Sin embargo, este misterio propio de Jesús, finalmente es también el que acompaña y rodea a cada uno de nosotros y que debería transformase en respeto y admiración por la singularidad y profundidad de cada individuo que tenemos cerca.

¡Desgraciadamente, en nuestras familias, con frecuencia hay muy poco respeto y atención para el misterio que cada uno lleva consigo y que es lo que le da encanto a interés! Con frecuencia hay tan poca sensibilidad y atención a las riquezas que cada uno posee y que suelen pasar desapercibidas y casi nunca reconocidas y apreciadas.

En nuestras familias con frecuencia faltan la gentileza y la ternura que deberían acompañar siempre nuestras acciones. Nuestras relaciones y gestos suelen tomar el color de la indiferencia y la rudeza que reservamos a un bien adquirido y asegurado que no necesita ningún cuidado ni consideración.

En nuestras familias, falta casi siempre el estupor y la fascinación con que deberíamos mirarnos unos a otros. Y eso porque, a pesar de los cromosomas y lazos de sangre que nos unen, cada uno es un individuo único, incomparable, asombrosamente diferente y no necesariamente destinado a caminar por la misma senda que los demás. Necesitamos ser capaces de recuperar el sentido del Misterio que cada uno lleva consigo.

En nuestras familias, precisamos encontrar el coraje y las ganas de hablarse más. Pero no para emitir sonidos o para romper el silencio, sino para comunicarnos, para transmitir nuestros sentimientos, para compartir nuestros pensamientos, convicciones profundas y estados de ánimo. En nuestras familias raramente conseguimos comunicarnos en verdad y profundidad los unos con los otros.

Se puede decir que cuánto más cerca se está biológicamente, más sentimos el pudor y la reticencia a desvelar nuestra intimidad espiritual. Con frecuencia eso es una reacción normal de legítima defensa para el misterio que nos habita y que deseamos proteger. Pero también hay que reconocer que frecuentemente hacemos todo lo posible para suprimir las oportunidades de conversación y dialogo que se presentan.

En otros tiempos, la comida reunía habitualmente a toda la familia y era la ocasión favorable y privilegiada para compartir, intercambiar y reforzar los lazos de convivencia, afecto y amistad. Hoy, por desgracia, la hora del desayuno o la comida, con frecuencia se transforman en una soberbia sesión colectiva ante la TV, la tableta o el móvil, para entablar una comunicación inteligente, no con los que están cerca, sino con los que están lejos. Estos aparatos se han convertido en el sustituto moderno del diálogo y una buena excusa para evitar encontrarse en profundidad. ¡Y se producen situaciones absurdas e increíbles! Sucede que en una familia ya no se miran, no se dan cuenta, no se hablan, no se conocen y se convierten en completos extraños los unos para con los otros.

Claro que también hay mucho ruido en la casa: el sistema de sonido marchando, se habla sobre el tiempo que hace o que hará, se discute del partido favorito; se charla por teléfono con los amigos, cuando no hay peleas o gritos…

Pero desapareció el diálogo auténtico que une a las personas y les ayuda a crecer y desarrollarse espiritual y humanamente. Las palabras que expresan amor, gentileza, ternura, preocupación por los otros, perdón, etc. también han desaparecido.

Entonces, quizá no sea inútil que hoy, aprovechemos esta fiesta para reflexionar sobre la calidad humana y espiritual de nuestra familia y de hablar con Dios para que todos los que la componen sean o aprendan a ser, en la escuela de la familia de Nazaret, elementos eficaces de crecimiento espiritual y auténtica humanidad.

Bruno Mori - 29 diciembre 2019   - (Traducción de  Ernesto Baquer)

Navidad, más allá de la religión


Ensayo de interpretación no religiosa del cuento de Navidad.



En Occidente vivimos en una sociedad donde la religión y el Dios que nos presenta, han sido prácticamente eliminados de las preocupaciones y la vida de las personas. De tal manera que, sin exagerar, podemos afirmar que hoy, la mayoría de los occidentales consideran la religión como un fenómeno del pasado que ya no tiene importancia en el presente y viven como si Dios hubiera desaparecido definitivamente del horizonte de su existencia.

El mundo occidental moderno, caracterizado por las libertades individuales, el progreso técnico, la ciencia y el conocimiento, al eliminar de sus intereses a Dios y las creencias religiosas, todavía no ha sido capaz de llenar adecuadamente el vacío dejado por esa pérdida en la vida de muchas personas y que se traduce en una insatisfacción existencial, un déficit de sentido y de “espiritualidad”.

Privados de las referencias estables y seguras proporcionadas en otros tiempos por la Institución religiosa, la gente experimenta hoy una forma, más o menos consciente, pero real, de desconcierto psicológico, ético y espiritual que busca curarse a través del espejo de una felicidad basada en el súper consumo y la acumulación de bienes.

La gente de la modernidad, asqueada del agua estancada y corrompida que les ofrecía la religión, en su frustración, renunciando definitivamente a la búsqueda de “otra fuente” capaz de aplacar su sed de sentido y felicidad, banalizan ahora su existencia en la superficie de un cotidiano insignificante, sin inquietarse por conferirle calidad y profundidad.

Pienso que la gran tarea que nos espera a nosotros, los humanos que vivimos en esta época de la muerte de Dios y del divorcio de la religión, es la de buscar y descubrir, más allá, fuera de la religión, una nueva Fuente de sentido capaz de responder a las exigencias, con frecuencia atormentadas, de nuestro corazón y nuestro espíritu.

Porque si el Dios mítico de las religiones ya no consigue darnos respuesta, seguimos necesitando que nazcan en nosotros sueños, esperanzas, anhelos, deseos, visiones, sentimientos que nos sostengan a lo largo del viaje de nuestra vida. Necesitamos convencernos que no estamos solos y perdidos en un Universo frío y vacío de sentido. Necesitamos sentirnos parte de un Todo que nos incluya, englobe y acompañe y parte del amor del que vivimos y un día morimos.

Necesitamos que nazca en nosotros la certeza de la presencia de un Misterio, que nos supere, pero en el que nos encontremos y que nos desee y nos ame a pesar de todo y a pesar de nosotros. Y si por fortuna o por una especie de milagro este nacimiento llega a producirse en nuestra vida, entonces, en ese momento, habremos descubierto la “Fuente” y nos habremos encontrado con “nuestro” verdadero Dios.

Pero no será el Dios de las religiones, sino más probablemente el Dios de Jesús de Nazaret. En ese momento, la venida de Dios será un evento  real y perturbador de nuestra existencia, tal como parece anunciarse e ilustrarse poéticamente en el cuento cristiano de Navidad.

Si a lo largo de los siglos, la transmisión de la historia de Navidad ha conseguido tocar la imaginación y los sentimientos de innumerables generaciones de creyentes y colmar los corazones de esperanza, alegría y paz, eso significa que ha conseguido comunicarnos algo muy “bueno” para nuestra vida.

Ahora que, la sensación de que es lo « bueno » nunca ha sido una percepción absoluta y universal, sino siempre una percepción relativa, que puede variar considerablemente de una persona a otra y también depende de épocas, razas, culturas, tradiciones y lugares. Así, lo “bueno”, apetitoso, atrayente, válido en la cocina o en la conducta de los humanos del Neolítico o la Edad Media, corre el riesgo de no serlo del todo en la cocina, las acciones y las percepciones de la gente de nuestra época. Lo que es “bueno” normal y aceptable para los pigmeos del Camerún, probablemente no lo es para los habitantes de Noruega.

De igual manera, lo que, en el cuento de Navidad fue “bueno” para los cristianos sencillos e ignorantes de otros tiempos, ya no es sin duda lo “bueno” para mí ahora, a mí, un occidental moderno, configurado por la época de la ciencia y el conocimiento, y en poder por tanto de una cultura y una mentalidad como ninguna otra en el pasado.

Por ello, tengo mi manera, hoy, de ir a buscar en el mito cristiano del nacimiento del Niño Dios en nuestro mundo, lo que me afecta, coincide, me habla, me maravilla, me hace descubrir la “buena nueva” escondida que quiso finalmente anunciar a los humanos, y que me ayudará a situar mejor el lugar del Misterio y la acción de su Amor en mi vida.

Como los antiguos cristianos interpretaron a su manera el cuento de Navidad para que les hicieran bien, también yo, puedo y quiero hoy, interpretar a mi manera, sirviéndome y aprovechando todas las adquisiciones de mi cultura, mi mentalidad, mis sentimientos, para que ese cuento sea “bueno” y me haga “bien”, también a mí,  cristiano del siglo XXI.

Porque finamente, mitos, leyendas, cuentos antiguos, tienen un valor universal y perpetuo que con frecuencia son producto de sensaciones arquetípicas hundidas en las cavernas del inconsciente colectivo de la humanidad y la expresión de una sabiduría y espiritualidad naturales. De suerte que, del pozo de su sabiduría y sus intuiciones ancestrales, los hombres de cada cultura y cada época puedan extraer a la medida de su sed, sus necesidades, la orientación de sus intereses y sus aspiraciones; a la medida de la configuración de su visión del mundo, su cultura y su sensibilidad espiritual.

Por esta razón, yo también, hijo del tercer milenio, pretendo interpretar a mi manera el relato cristiano de Navidad, para poder extraer de él, lo que me parezca “bueno” para mí. Me gusta considerarlo como una hermosa fábula que ilustra, con imágenes extremadamente tiernas y poéticas, la acción de la “Energía Amorosa de Fondo” o del “Misterio Último” (al que las religiones han llamado Dios) en nuestro mundo, presentado como una “revelación”, una “materialización” y una “encarnación” de su presencia en lo que hay más grande y, al mismo tiempo, más pequeño, frágil precioso y bello en la materia de nuestro mundo.

Me encanta, pues, interpretar el cuento de Navidad como un relato poético y simbólico de la encarnación cósmica de la Fuerza o del Espíritu de Dios en las profundidades de esta materia capaz de transformarse en manifestación de Dios y en “hijo” de Dios. Esta “encarnación” cósmica del Misterio Original en la “materia sagrada” como la llamaba Teilhard de Chardin, es para mí un “milagro” mucho más probable, aceptable y creíble que la literalidad ingenua y absurda del relato evangélico de la Natividad.

Después de todo, mi interpretación tiene el soporte de la física cuántica y está por completo en armonía con las suposiciones, intuiciones y conclusiones más recientes de la astrofísica moderna, donde científicos de renombre postulan con mucha seriedad la presencia en ese Cosmos de una “Inspiración” (y por tanto de un “Espíritu” y un “Compositor” genial) necesario para explicar la música y las extraordinarias melodías tocadas por la orquesta sinfónica del Universo.
Entonces, permítanme contemplar a mi manera los personajes principales de esta tierna historia.

De ahí que en el cuento de Navidad, la « Virgen » María, la Madre-Milagro, fecundada por el Espíritu de Dios y que da nacimiento a la manifestación material, corporal y sobre todo humana de Él, se transforma para mí en un magnífico símbolo de ese Cosmos intacto, de ese Útero Original, de esa Madre Tierra, de esa Naturaleza placenta y cuna de todo ser y de toda vida, bella como una esposa engalanada para su esposo; de esa “Materia Sagrada” animada y removida en sus profundidades por las vibraciones de un Misterio de atracción y de fusión que me sobrepasa.

María se convierte así para mí en la figura más emblemática de esa fecundación cósmica por medio de la cual el Misterio Último se “materializa”, se “encarna” y actúa en nuestro Mundo y por ella, se revela a los ojos fascinados de nuestra sensibilidad espiritual y se ofrece a nuestro asombro, nuestra atención y los arrebatos de nuestro amor.

José, el hombre justo del cuento de Navidad, que asiste sorprendido, incrédulo, alarmado y preocupado al milagro de esta prodigiosa fecundación, y con una atención tierna y amorosa a los que le son confiados a su cuidado, respeto, veneración de semejante Madre, es también para mí la sorprendente imagen de cada ser humano en la tierra y de la actitud que cada uno deberíamos adoptar frente a este Mundo, a este Planeta, a esta Naturaleza, convertidos en lugar no sólo de la acción, la manifestación y la encarnación del Misterio Último, sino también en la camita en la que se acuna a todo hijo de la Tierra para que desarrolle todas las facetas de su amor y toda la profundidad de su humanidad.

Jesús, el hijo nacido del seno de María y confiado, con su fragilidad y su inmenso valor, a la pobreza de un establo, es para mí el icono más expresivo de lo que cada uno de nosotros es, o puede llegar a ser, en este mundo, si es capaz de tomar conciencia e interactuar con las Fuerzas amorosas que lo habitan. Que son, en efecto, las mismas Fuerzas con que el Misterio último ha fecundado el Universo y que se han derramado y “encarnado” de forma particularmente intensa en el corazón del hombre, haciéndolo receptáculo y relevo de la forma “divina” del amor en nuestro mundo.

Finalmente, el cuento de la Navidad cristiana se transforma en una puesta en escena genial, entrañable, llena de intuiciones sorprendentes e increíblemente modernas. Es una fábula exquisita que ilustra la acción potente de las Energías Misteriosas que bullen en el corazón de la Realidad y que parecen manifestarse como un proyecto genial o “divino” de relaciones e interacciones, de comunión y amor que nosotros los humanos debemos aplicar continuamente para que el Universo pueda cumplir y completar más holgadamente la marcha evolutiva hacia su fusión (amorosa) con el Todo.

 Creo que mi Navidad, si no es tan religiosa (en el sentido tradicional del término) es sin embargo muy cristiana. Pero no  cristiana a la manera de la Iglesia, sino a la manera del Jesús de los evangelios.
A lo largo de su vida pública, Jesús de Nazaret, consiguió cumplir dos destacadas hazañas: por una parte, fue capaz de presentarse al mundo como el hombre guiado y animado exclusivamente por el espíritu y las fuerzas del amor que encontraba en Dios; y por otra, presentar a “su” Dios como la presencia de una Energía amorosa de una calidad única en el corazón de cada ser humano.
¿No es todo eso el nacimiento de una nueva manera de concebir la presencia y la encarnación de Dios en nuestro mundo?
Entonces ¿por qué el descubrimiento de las misteriosas Energías portadoras de un Espíritu que nace en el corazón de la materia, “haciéndola “Santa” no habría de ser celebrada universalmente con una gran fiesta llena de luces, alegría y cantos de gozo, ¿como la celebración moderna de una nueva Navidad?
¿Por qué ese nacimiento, no ha de ser, para nosotros los modernos, una forma de dar un nuevo sentido a la Navidad, así como razones más verdaderas y estimulantes de celebrarla que susciten auténticos sentimientos de asombro, exaltación y alegría?
           
Bruno Mori, en la Navidad de 2019.

Traducción de  Ernesto  Baquer


lundi 23 septembre 2019

Un amor que es ya nuestro paraíso



(21º dom. ord. C, Luc 13, 22-30)

Orig.francés:http://brunomori39.blogspot.com/2019/08/un-amour-qui-est-deja-notre-paradis.html.

Como siempre, los textos del Evangelio que leemos cada domingo, están para sacudirnos y obligarnos a reflexionar. Un hombre pregunta a Jesús cuantos son los salvados. ¿Cuál es la consistencia y la afluencia  de los que llegan a entrar al paraíso? ¿Son muchos? ¿Son pocos? ¿Hay mucha circulación en la ruta al paraíso? ¿Hay embotellamiento? ¿O es como la carretera los domingos a las cuatro de la mañana,  como la puerta de la iglesia a la hora de la misa?

Quizá ese hombre hizo la misma pregunta a los rabinos o a los maestros de la ley de su tiempo sin obtener una respuesta satisfactoria que apacigüe su miedo al más allá. Una pregunta que nos planteamos ahora y antes, frecuentemente y con inquietud. ¿Qué habrá en el más allá? ¿Qué encontraremos después de la muerte? ¿Realmente habrá un paraíso? ¿Realmente un infierno? ¿Otra vida? ¿Me aguarda la felicidad? ¿Hay realmente un Dios que me ama y me espera? ¿O todo eso será tan sólo producto de mis deseos; una proyección o una construcción de mi espíritu y de mi ser que no se quieren resignar a un fin; que rechazan morir y desaparecer en el vacío para siempre? ¿O será simplemente una hermosa fábula inventada por la religión y los sacerdotes para enganchar a los fieles? Y si existe un paraíso, ¿será para todo el mundo o nada más para algunos? ¿Estaré entre los elegidos o entre los rechazados? ¿Podré poseer las condiciones indispensables para realizar la calidad de vida necesaria para merecer la vida eterna?

Debemos reconocer que hoy existe mucha gente que encuentra este tipo de interrogantes e inquietudes ridículas. Por la simple razón que no creen en Dios y por ello tampoco en una vida después de la muerte. Piensan que la vida se reduce a esta existencia temporal y que la muerte marca el fin de todo, la aniquilación de todos nuestros proyectos, nuestras esperas y nuestras esperanzas.

El hombre del evangelio que pregunta a Jesús debía pertenecer a la clase de personas inquietas. Extrañamente, Jesús no responde la pregunta. En vez de alentar su curiosidad y revelarle el número de salvados, Jesús intenta impulsar a ese hombre a hacerse cargo y asumir sus responsabilidades en la sociedad y en el mundo en que vive. Como si Jesús le dijera y nos dijera a cada uno de nosotros: “Tu paraíso y tu felicidad eterna comienzan aquí y ahora. Son un regalo del amor y la gracia de Dios, cierto, pero también una regalo que se te concede desde ahora, como consecuencia y producto del amor con el que serás capaz de amasar, fermentar y sazonar tu vida. Es el amor, la puerta estrecha, el difícil pasaje, el pasaje obligado que para llegar al descubrimiento de una vida nueva y, quizás, vivir la experiencia de tu realización humana y de tu felicidad. Ya ahora, tu vida puede ser un paraíso o un infierno. Tu paraíso o tu infierno estás en proceso de construirlos y vivirlos en este momento. Si tu vida está basada en el amor, estás ya en el paraíso; si está construida sin amor, en el egoísmo, el poder, el enfrentamiento y el odio, estás viviendo ya probablemente en un infierno.

Todos sabemos por experiencia ¡hasta qué punto es difícil el camino estrecho del verdadero amor! Hablo del amor sincero, desinteresado; un amor que perdona, que no tiene rencor, que lo excusa todo, que no juzga; el amor que ayuda, que acoge a todo el mundo, el amor que sonríe incluso a los más antipáticos; el amor que da el primer paso hacia los que nos han ofendido, herido, hecho daño; el amor capaz de inclinarse incluso ante el enemigo para aliviar, ayudar, hacer pensar, darle una oportunidad de rescatarse… (Es el amor-caridad descrito en el capítulo 13 de 1ª Corintios) [1]. ¡Esa es la puerta difícil de atravesar de que habla Jesús!... Y por desgracia, ¡es verdad que no son muy numerosos los que consiguen franquearla!

Es mucho más fácil pasar por la puerta grande abierta del odio, el resentimiento, la venganza, la violencia, el egoísmo, la avidez, la mentira, los celos, los juicios desfavorables, la ofensa, la intolerancia, la maldad… Las gentes se agolpan, ¡incluso hacen cola delante de esta puerta! Quizá también nosotros, que estamos aquí esta mañana, mansos como ovejas para asistir a la misa dominical, formamos parte de este grupo.

El Señor nos lo advierte esta mañana: « ¡Atención, ustedes que se creen mis amigos y que pretenden conocerme porque están aquí en mi presencia! Cuidado ustedes, que piensan que no tienen nada que reprocharse y que son cristianos ejemplares. Estén atentos porque, si Dios no reconoce su imagen en ustedes y la forma de su amor en vuestra vida y vuestro corazón, se lleven un día la sorpresa de que les diga: “Y ustedes, ¿Quién son? ¡Yo no los conozco!”

Entonces, a lo largo de esta Eucaristía, pidamos al Señor que nos libere de la tentación del orgullo, de pretender no necesitar conversión, y que nos ayude a llenar nuestro corazón de ese amor que es ya nuestro paraíso porque contiene el secreto de nuestra realización y nuestra felicidad.

 Bruno Mori  Traduction de Ernesto Baquer

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[1] « "El amor es paciente y muestra comprensión. El amor no tiene celos, no aparenta ni se infla. No actúa con bajeza ni busca su propio interés, no se deja llevar por la ira y olvida lo malo. No se alegra de lo injusto, sino que se goza en verdad. Perdura a pesar de todo, lo cree todo, lo espera todo y lo soporta todo." (1ª Carta a los Corintios, 13) 

vendredi 9 août 2019

Una mujer, no como las demás



(16 dom. ord. C – Lc.10,38-42 )

Este breve pasaje del capítulo 10 del evangelio de Lucas es uno de los textos más cautivadores y, al mismo tiempo, más contestatarios del N.T. El texto, que viene después de la parábola también subversiva del Buen Samaritano, concluye el capítulo como remate de unos fuegos artificiales con los que Lucas quiere sorprender a sus lectores mediante la extraordinaria carga innovadora de la enseñanza del Maestro de Nazaret. En este relato, todo es simbólico, todo ha de ser descifrado e interpretado. Hay que ser capaz de leer entre líneas lo oculto que está sin decir.

Jesús está en camino, atraviesa el pueblo de Betania, acompañado de sus discípulos, pero sólo a él lo invitan a entrar en casa de Marta y María, que, sabemos por otro lado (del evangelio de Juan) son las hermanas de Lázaro, a quien Jesús hizo salir vivo de la tumba.

El hecho de que los discípulos estén excluidos de este encuentro es ya un indicio de que lo que va a pasar dentro de la casa esté quizás por sobre su capacidad de aceptación y comprensión y que, por tanto, es mejor para ellos, de momento, ser excluidos. En la sociedad judía de su tiempo, el hecho de que Jesús entre solo en una casa ocupada por dos mujeres solas, ya es un comportamiento incompatible, atrevido y, para muchos, escandaloso. Y eso ya es un mensaje y una enseñanza.

Antes de hablar de Jesús y las dos mujeres, digamos algo sobre la sociedad patriarcal del Medio Oriente en tiempos de Jesús.
En esa sociedad, sólo los hombres tenían derechos y poder. Las mujeres nada. El estado de dependencia, sumisión e inferioridad de las mujeres era una estrategia defensiva generada por el miedo de los hombres de sentirse inferiores a las mujeres; una estrategia que les permitía asegurar su supremacía, y afirmar su poder, su importancia y su pretendida superioridad. En las sociedades patriarcales de entonces y de ahora, por un fenómeno de mimetismo general inconsciente, los machos adoptan la actitud típica del enorme cretino, débil, que aplasta al más pequeño para sentirse más grande; que golpea al más débil para sentirse más fuerte; que humilla o ridiculiza al menos dotado para sentirse más inteligente.

Los hombres pudieron dominar y oprimir a las mujeres durante largo tiempo sobre todo porque consiguieron mantenerlas en un estado permanente de inferioridad intelectual, prohibiéndoles el acceso a la educación, la instrucción, el saber y los conocimientos; y eso reprimiendo sus aptitudes humanas, sus capacidades intelectuales; impidiéndoles su desarrollo personal, prohibiéndoles cultivar sus talentos, y realizarse de acuerdo con sus deseos y aspiraciones más profundas.

El texto evangélico de este domingo nos presenta a dos mujeres, opuestas la una a la otra. Marta y María, en este relato, son evidentemente dos figuras emblemáticas (simbólicas). Representan dos tipos de religiones, de comportamientos, dos tipos de realizaciones humanas y personales, dos tipos de sociedad y dos mundos.

En el texto evangélico, un tipo se rechaza y se condena, el otro Jesús lo acepta, anima y proclama como el que ha de caracterizar la manera de pensar y vivir de sus discípulos. Veámoslo un poco más de cerca.

Marta es la mujer que acepta sin cuestionar las reglas de la sociedad patriarcal de su época y las acepta de buen grado.

Marta es el espécimen perfecto de la mujer sumisa y servidora tal como la quiere y proclama la religión y el sistema patriarcal de su tiempo. Es la mujer plenamente integrada al sistema. Acepta su condición y su situación de “servidora”, de mujer en la casa, de la mujer hecha sólo para estar encerrada en su casa, para ocuparse sólo de las labores del hogar, la cocina, el marido y los niños. Todo lo que está fuera de su casa, no la requiere, no es su problema, sino asunto de hombres. La casa es su jaula, su prisión, toda su vida. Para cumplir con su tarea no necesita ser una persona cultivada e instruida. Le basta ser un ama de casa robusta y fornida y, por tanto, finalmente, parecerse más a un hombre que a una mujer.

Pero Marta es la mujer que ni siquiera está resignada a su suerte. No la sufre. La acepta. La abraza, porque está convencida que su suerte de mujer sumisa, servidora e ignorante es la única forma de vivir su vida de mujer, la única clase de vida que le conviene en cuanto mujer.

Marta representa la mujer totalmente integrada en el molde de la religión, la cultura, la mentalidad, las leyes, las tradiciones y los prejuicios de la sociedad patriarcal de su tiempo. Es el ejemplo de una programación y un adoctrinamiento plenamente conseguidos por parte del sistema machista. Tan conformada y adoctrinada, que ni siquiera consigue imaginarse que una vida de mujer pueda desarrollarse de otra manera y que una mujer pueda ser otra cosa que una esclava y una sirvienta a disposición del hombre.

Claramente podemos apreciar en Marta esta interiorización de su estatuto de mujer-servidora en el reproche indirecto a su hermana cuando dice a Jesús: “Señor, parece que no te importa que mi hermana quiera ser diferente a mí; que no quiera servir sino sólo escuchar… ¿Serías su cómplice? ¿Es que animarías su independencia, sus ideas peculiares, sus caprichos, su pereza? ¿Quién se cree que es? ¡Dile que se integre a su lugar y su función de servidora…!”

María es lo contrario de su hermana. María es la mujer contestataria que se opone con todas sus fuerzas a los prejuicios y actitudes débiles del sistema machista de su tiempo, a los que detesta. Hoy diríamos que María representa la mujer “moderna”, emancipada, disconforme, que quiere ser ella misma, que rechaza dejarse programar y organizar, que se considera responsable del desarrollo de su vida y que quiere realizarla y orientarla a su agrado. Rechaza su estatuto de mujer sumisa, encarcelada, vigilada, desconsiderada, despreciada, humillada, maltratada. Cuestiona la etiqueta de persona tontita, estúpida, irresponsable, infantil e ignorante con la que los machos quieren calificarla. Para mostrarlo, en este relato, la vemos pegada a su maestro, como un mejillón a su roca, desoyendo obstinadamente la llamada insistente de su hermana a retomar su rol de mujer sirvienta.

María quiere tener una vida personal, intelectual, una vida amorosa de su elección. Quiere ser una mujer libre. Rechaza ser la mujer que se calla, soporta, sirve al macho, ser el objeto que se desecha y se olvida después de usarlo, la marioneta a merced de los caprichos y los vicios de hombres despóticos, violentos y egoístas.

María quiere instruirse; desea aprender, conocer, saber. Busca un pedagogo, un maestro. Por ello se instala a los pies de ”su” Maestro preferido, en la actitud abandonada y confiada de la admiradora, el alumno, el discípulo que quiere beber con avidez de la fuente de su palabra, su enseñanza y su sabiduría.

Personalmente, siempre me encantó esta escena de Marta acurrucada a los pies de Jesús, que no acepta su destino de mujer ignorante. Me gusta imaginar a María como una mujer ambiciosa y al mismo tiempo, como una mujer llena de ternura y amor hacia Jesús. Me gusta imaginarla mirando con los ojos rebosantes de emoción y admiración hacia ese maestro, que fue el único hombre en tratarla con respeto, igualdad y gentileza; en apreciar su sed de conocimientos y su belleza interior; en reconocer el valor que tiene en cuanto persona, más allá de todo juicio o prejuicio machista o de género.

Si Marta era la mujer de la observancia, la conformidad, la práctica exterior, material y psíquica, de las reglas y normas dictadas por la religión y las costumbres sociales de su medio, María es la mujer de la interioridad, la profundidad, la autenticidad, la verdad, la transparencia, la coherencia en sus convicciones, su fe, sus creencias y sus sentimientos.

Y precisamente son la persona y las actitudes de María lo que Jesús dejará a todas las mujeres como modelo y deber de realización y verdad personales. Y hace saber a Marta, con insistencia (“¡Marta, Marta!”) que no es ella quien posee las mejores disposiciones y la mejor manera de vivir su vida de mujer, sino María. Le dirá abiertamente que es María quien eligió lo mejor para ella, la mejor actitud, la que le dará valor, grandeza humana, encanto y belleza interior que nadie podrá quitarle.
Me encanta esta María. Hermana de Marta, en el evangelio de Lucas. Por diferentes razones, pero sobre todo porque fue la primera mujer de la historia en detectar la perversidad del sistema patriarcal y que buscó contrastarlo y combatirlo. Para mí, podemos considerarla como precursora y fundadora de los movimientos de liberación femenina que  caracterizan hoy todas nuestras sociedades modernas en Occidente.

Queridas señoras y señoritas aquí presentes. Sepan que si hoy ustedes tienen derecho al voto; si pueden trabajar fuera de casa, exigir un salario igual al de los hombres por realizar el mismo trabajo; si pueden ir a la escuela, obtener diplomas universitarios, llegar a ser astronautas, abogadas, médicas; relajarse con un buen capuchino en la terraza de un bar sin que las atosiguen; conducir un coche e ir en bici en short por las sendas para bicicletas; exigir modales, miradas y respeto a los machos que encuentren en la ruta de la vida, bien, sépanlo que llegaron a todo eso, en gran parte, gracias a la enseñanza del rabí de Nazaret, ciertamente, pero también al comportamiento de María de Betania.

 Bruno Mori  -10 Julio 2019
Traduction de Ernesto Baquer

Original francés en : http://brunomori39.blogspot.com/2019/07/une-femme-pas-comme-toutes-les-autres.html.

dimanche 16 juin 2019

TOMÁS, EL DISCÍPULO QUE CONFIÓ EN JESÙS



Algunas reflexiones provocadas por la lectura del evangelio del 2º domingo de Pascua 
(Jn 20,19-31)



Desde tiempos inmemoriales o, al menos, desde el neolítico hasta la edad media, las religiones fueron las únicas “fábricas” de cultura, de ciencia y de conocimientos. Se presentaron como las únicas instituciones o instancias “académicas” capaces de proporcionar explicaciones y respuestas a las grandes preguntas que los humanos nos planteamos sobre nuestro origen, el del Universo, la naturaleza de los fenómenos naturales que observábamos, la presencia del sufrimiento y del mal, el sentido de la vida, de la muerte y de la vida después de la muerte, etc.

Para responder a estas preguntas, las religiones, que no tenían más conocimientos que los demás humanos, recurrieron a la ficción, elaborando relatos e historias que seducían la imaginación y proporcionaban escenarios en los que la gente sencilla e ignorante encontraba respuestas que los tranquilizaban y permitían atravesar las vicisitudes de su existencia sin angustiarse demasiado.
Con el tiempo, las religiones para afirmar y asegurar su poder y autoridad, exigieron de sus fieles considerar estos cuentos y relatos, no como historias inventadas, sino como verdaderas historias, como hechos reales, que se habían producido realmente en un momento dado de la historia del mundo.

Existen tantos relatos y cuentos (llamados también “mitos”) cuantas son la  religiones y sectas sobre los cinco continentes del Planeta. Cada una inventó sus mitos y cada una promete la verdad de las historias que cuenta.

La religión judeo-cristiana produjo también su lote de relatos ficticios que se encuentran por todos lados, tanto en la Biblia como en las doctrinas y los dogmas de la religión cristiana.
La cuestión es que la religión pide a sus adeptos creer en la verdad objetiva de estos relatos. Entonces la fe de los fieles consiste en la adhesión de su inteligencia a esos cuentos. Una fe que se ha convertido en la condición básica de su pertenencia a la religión, su ortodoxia y su salvación eterna. Para la Iglesia, es esencialmente esta actitud cerebral e intelectual la que cuenta, la importante y la que salva, más que la conducta honesta, virtuosa, inspirada por la bondad, la compasión y el amor. Giordano Bruno y  Gerónimo Savonarola fueron quemados como herejes por la Inquisición romana no porque tuvieran mala conducta, sino porque se atrevieron a cuestionar determinados puntos de la doctrina y la fe católica.

Pero hay más: para la religión, esta aceptación intelectual de los relatos que inventó y que propone, solo es “fe” auténtica, solo si uno adhiere a ellos «ciegamente», es decir, sin dudar, sin discutir, sin plantearse preguntas, sin reflexionar y, todavía mejor, sin comprender. Es una fe que se dirige a la inteligencia de la persona, pero que, al fin, no necesita la aprobación de la inteligencia, sino sólo la de la voluntad del individuo: yo quiero creer, acepto creer, aunque no comprenda, aunque me parezca inverosímil y absurdo. A tal punto que algunos teólogos de la Iglesia llegaron a afirmar que cuanto más difícil es la fe, más “meritoria” es a los ojos de Dios. Lo que quiere decir que creer en las absurdidades planteadas por la religión, constituye el summum de la virtud y la santidad cristianas.

Es este tipo de fe lo que la Iglesia sigue pidiendo a sus fieles. No eres católico, no estás con la sana ortodoxia y por tanto, no estás en estado de gracia y de salvación, si no tienes y compartes entera y totalmente la fe de la Iglesia: es decir, si no consideras como auténtica, histórica verdad todo lo que la Iglesia te propone creer.

Ahora bien, esta fe cerebral exigida por la religión, es una actitud interior fundamentalmente estéril, porque casi nunca consigue aportar una contribución positiva a la calidad de vida del “creyente” y a cambiar a mejor su persona.

En efecto, la vida concreta y real de una persona no afectada y cambiada cuando le proponen a su inteligencia verdades abstractas en las que creer, sino más bien cuando se confronta a una relación afectiva o a un sentimiento que toca y hace vibrar las cuerdas más sensibles de su corazón. Dicho de otra manera: el comportamiento y la vida de una persona son más transformadas por los gestos y las palabras que se dirigen a su sensibilidad y su corazón, que por los datos e informaciones abstractas que una religión u otra organización puedan acumular en su cerebro.

Por eso, en los evangelios, Jesús, que no amaba demasiado la religión y todavía menos los métodos utilizados por ella, no se dirige nunca a la inteligencia sino siempre a los sentimientos de las personas; jamás al cerebro, sino siempre al corazón. Nunca propone verdades a creer, sino únicamente actitudes que tener. Nunca está obsesionado, como la religión, por la verdad, sino por la caridad. No se preocupa de saber si la gente que lo rodea creen o no en la verdad de lo escrito en la Torah o en lo que predican los rabinos. Lo que le interesa es saber si las gentes a las que se dirige están dispuestas a cambiar su vida, a ser mejores personas, a dejarse guiar por los impulsos del servicio, la compasión, la fraternidad y el amor, en vez de los del egoísmo, el poder, y de la competición.

Jesús nunca pide a sus discípulos creer en la verdad de los relatos bíblicos o en el contenido de las doctrinas enseñadas por la religión de su tiempo, pero siempre pide creer en él, confiar en él, en su palabra, su enseñanza, sus intuiciones, sus proyectos, su forma de concebir a Dios. Nunca pide la fe abstracta, intelectual, estéril y fría de la religión, sino siempre y únicamente la confianza. Una confianza que surge de la calidad calurosa y amorosa del encuentro entre el discípulo y su Maestro. Encuentro capaz de encender en el discípulo el deseo de abandonarse en las manos de su Maestro y de confiarle la suerte y la orientación definitiva de su existencia.

Jesús nos pide que confiemos en él cuando anuncia que sólo el amor es la fuerza capaz de transformar el mundo, transformar nuestras relaciones y transformar nuestras vidas. Pide que confiemos en él cuando nos dice que el Amor es el Misterio último y la Energía profunda que sostiene y penetra toda la realidad, y que nadamos y vivimos en este Amor; y que en adelante es el amor quien ha de dirigir, orientar y colorear todas nuestras acciones y todas las formas de relación que entablemos con las criaturas que nos rodean.

De hecho, nuestra condición cristiana y nuestro estado de discípulos de Jesús de Nazaret no nos pide ninguna fe “religiosa”, sino solo una actitud de confianza en el cómo nuestro Maestro y nuestro Señor. Y eso, porque, por la confianza que le tenemos en él, estamos convencidos que también es nuestro camino más fiable y seguro para llegar a una hermosa realización de nuestra humanidad y al encuentro amoroso con el Misterio de Dios.

Por tanto, la vida cristiana, o mejor la vida de un cristiano, no se basa en la fe-creencia, sino en la fe-confianza. El cristiano no vive de fe, sino de confianza. Lo que nos hace discípulos es la confianza que hemos puesto en Jesús. En la confianza, el corazón del discípulo se siente completamente seguro, sosegado y a gusto cerca del corazón de su Maestro. En la confianza, el discípulo sabe y siente que se le permite reclinar su cabeza sobre  el corazón de su Maestro y, como el discípulo que Jesús amaba en la última cena. En el amor-confianza, en discípulo sabe y siente que puede atreverse a prometer à su Maestro, que jamás lo traicionará, que siempre se alimentará del pan de su palabra y que beberá en la copa de su espíritu; que jamás se alejará de él y que, pase lo que pase, él, su Maestro, estará siempre presente y vivo en su alma y en su corazón para que dirija y culmine su existencia.

En el episodio de Tomás, los apóstoles, que aquí representan la religión institucional, se dirigen a la razón de Tomás y le piden que se una a ellos para admitir la realidad física de la resurrección de Jesús. Sin embargo, Tomás, fiándose de su sola inteligencia, no consigue aceptar la verdad de ese hecho. Su razón le impide admitir la posibilidad de que una persona ejecutada en una cruz y sepultada durante tres días, pueda salir de nuevo viviente de su tumba, con un cuerpo intacto y en plena salud. Tomás no se avergüenza en admitir, delante de sus compañeros crédulos, que él no es capaz tener su tipo de fe. Para creer como ellos, necesitaría poder meter su mano en las heridas abiertas en la carne del crucificado vuelto a la vida. Cosa claramente impensable.

No fue por tanto ese tipo de fe religiosa que exige creer en lo increíble y lo absurdo, la que viene en ayuda de Tomás y lo lleva a convencerse de que su amado Señor y su Maestro está siempre vivo. No fue la fe, sino la confianza, lo que permitió a Tomás “ver” al Señor, comprender y convencerse que estaba verdaderamente vivo.

Desde hacía tiempo Tomás puso su vida en las manos de Jesús de Nazaret, un poco como Jesus l que, antes de morir, abandonó la suya en las manos de Dios. Jesús llenó de sí mismo la vida de Tomás, y la había transformado completamente. De forma que Tomás, en contacto con Jesús, se había convertido en otra persona. A veces Tomás tenía la impresión de haberse convertido en el reflejo, la copia, el doble de su Maestro. Incluso llegó a pensar que el sobrenombre de “dídimo” (el “gemelo”) que le pusieran à Tomás desde su infancia, le calzaba perfectamente y que era quizá una especie de presagio o profecía de su destino futuro.

Tomás tenía la sensación de que Jesús formaba parte de él, que vivía en él y que él vivía de Jesús, como de todos los valores y riquezas de sabiduría, espiritualidad y humanidad que el Maestro le había transmitido.
Acontecimientos trágicos habían puesto fin a la presencia física y corporal de Jesús en este mundo, pero Tomás no estaba apegado primordialmente a esta forma de presencia de Jesús. Tomás sabía y sentía poseer la mejor parte de Jesús, esa parte que ningún drama, ninguna catástrofe, ninguna muerte jamás podrían quitarle. Poseía el espíritu, el corazón, los valores de Jesús.

Caer en la cuenta de todo ello, hizo comprender a Tomás que, para creer, no necesitaba poner sus dedos en las llagas abiertas del Crucificado. Tomás tuvo la inquebrantable certeza de que su Maestro estaba siempre con él, que vivía en él, y que mientras él viviera, incluso Jesús viviría y seguiría vivo y activo en su vida, en el mundo y en la comunidad de los hermanos.

Por ello, sumergido en la profundidad, la intensidad y la autenticidad de esa experiencia interior de comunión y simbiosis con Jesús, echa posible por la relación de confianza y amor que existía entre él y su querido Maestro, Tomás acabó por tocar con sus manos, por ver con los ojos de su corazón y por captar con las antenas de su espíritu, la realidad y la verdad de la presencia del Crucificado muerto, pero siempre vivo.

Finalmente, este relato sobre la incredulidad aparente de Tomás, fue escrito para que los cristianos de todos los tiempos realicemos que el Señor Jesús está realmente vivo y resucitado, pero tan sólo para aquellos y aquellas que confíen en él como para amarlo, seguirlo y abandonar en sus manos la suerte de su existencia.

Bruno Mori

Montreal 24 abril 2019 

Traducción de Ernesto Baquer