mardi 19 septembre 2017

NO SE PUEDE AMAR SIN SUFRIR - Mt 16,21-27


(22° del tiempo ordinario, A)

         Recordamos el evangelio del domingo pasado cuando Pedro, dejándose guiar por el Espíritu, reconoce a Jesús como Hijo de Dios. Pero hay una segunda parte de ese evangelio, menos poética y bastante desconcertante, en el evangelio de hoy. Jesús, por primera vez, habla abiertamente a sus discípulos del fracaso de su misión, del sufrimiento y de la cruz. Pero interviene, toma aparte a Jesús: "Mejor no hables así, desalienta la moral y además Dios te preservará del sufrimiento, Rabbi". Pedro quiere enseñar a Dios como debe salvar el mundo. La reacción de Jesús es durísima: "Razonas como la gente del mundo, aún no eres mi discípulo, tu palabra es demoníaca".

         Sí, el propio Pedro se nos asemeja, y tanto. También nosotros reaccionamos como él ante la desgracia y el dolor. Tampoco nosotros queremos que nos hablen de sufrimiento, prueba, dolor, muerte. También nosotros nos angustiamos y espantamos ante la idea de ser abandonados, incomprendidos, de perder la salud, de sufrir, de morir. Todos nosotros querríamos escapar de nuestro destino y nuestra condición de seres frágiles, débiles y provisorios. También nosotros hacemos de todo para no pensar que un día el sufrimiento vendrá sin faltar con el deterioro de la vejez y la enfermedad, que llegará inevitable.

         Además, sin hablar del sufrimiento que experimentamos por el sólo hecho de amar y haber tejido lazos de afecto, intimidad y amistad con las personas. Porque no se puede amar sin sufrir; porque el sólo hecho de amar a una persona nos hace vulnerables. Porque cuando se ama, uno se preocupa, está ansioso, no tiene paz. Porque cuando se ama verdaderamente, uno está listo para sacrificarse, olvidarse, sufrir y hasta morir para proteger y salvar a la persona amada. Eso porque no se puede vivir sin sufrir; porque el sufrimiento forma parte de la vida.

         Jesús nos enseña que es el amor el que da sentido y valor a nuestra vida y que no hay amor sin don de sí, sin sacrificio, sin dedicación al otro, sin renuncia, abnegación, sacrificio. Debemos ser capaces de pensar menos en nosotros mismos, de perder un poco de nosotros, un poco de nuestra vida, de renunciar a satisfacer todos nuestros caprichos y deseos, pensar más en los otros, para vivir plenamente. Por eso Jesús dice: "Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo; porque el que quiera salvar la propia vida, la perderá; pero quien pierda la propia vida por mí, la encontrará".

         Jesús reprochará a Pedro el no haber entendido todavía esta gran verdad. No se puede evitar siempre el sufrimiento, porque quien quiere suprimir todo el sufrimiento como quieren hacer los budistas, arriesga suprimir también la potencia y la belleza del amor en la vida de una persona.

         Jesús nos dice, no sólo que la vida tiene un sentido, sino también que tiene una dirección. Nuestra barca es un viaje hacia la orilla de la eternidad, el puerto de Dios. Por tanto, atentos a apuntar en la buena dirección. atentos a no lastrar nuestra embarcación con una carga inútil que pudiera hundirla. Jesús nos dice que el amor, el don de nosotros a los demás, la preocupación por construir un mundo mejor, más sano, justo, fraterno, pacífico, son la única mercadería que debemos transportar, la única mercadería valiosa que será apreciada y pagada cuando pasemos a la otra orilla de la vida, cuando nos presentemos en la aduana de Dios. El amor por los hermanos es el único modo que tenemos de amar a Dios aquí en la tierra y de realizar la mejor parte de nosotros mismos que el evangelio llama nuestra "alma".

         Todo lo demás es relativo y secundario: "¿Qué sacará el hombre si gana el mundo entero, pero pierde su propia alma? ¿O qué cosa podrá dar el hombre a cambio de su propia alma?". No hay radicalismo ni exclusivismo más claro que esto. San Agustín decía: "¿De qué sirve vivir bien, si no se nos permite vivir siempre?"

Bruno Mori – 2017


(Traducción de Ernesto Baquer

jeudi 14 septembre 2017

¿De qué sirve ganar el mundo entero si pierde su alma? - Mt 16,21-27



(22° Domingo tempo  ord. A)

Orig: http://brunomori39.blogspot.com.uy/2017/09/a-quoi-sert-gagner-le-monde-entier-si.html.

Esta mañana vamos a detenernos en esta frase del evangelio: "Si alguien quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará. Porque ¿qué saca un hombre de ganar el mundo entero, si lo paga con su vida…?".
¿Tiene razón Jesús para hablarnos de forma tan negativa? Renunciar a sí mismo, renunciar a salvar la vida, tomar su cruz…. ¿Eso no significa mostrarse como un aguafiestas, como el fundador de una religión y una espiritualidad del sacrificio y el sufrimiento? ¿No tendrá razón la iglesia para hacer del sufrimiento y el desapego, el termómetro de la santidad?

Al contrario, pienso que, si comprendemos bien estas palabras de Jesús, pueden revelarnos el secreto de la verdadera realización de nuestra existencia.
Se diría que, para el Hombre de Nazaret, aprender a renunciar y a desprenderse, es la única forma humana y la única posibilidad que tenemos de culminar plenamente nuestra existencia. Cuando lo vemos de cerca, nos damos cuenta, en efecto, que hay dos fuerzas o dos principios que juegan en nuestra vida: el principio del placer y el de la realidad. El principio del placer tiende a satisfacer todas nuestras necesidades, para lograr todo el placer posible. El principio de la realidad o del realismo, ha de tener en cuenta el hecho de que, en la vida no es posible tener todo lo que deseamos, y que por lo tanto hay límites para nuestro placer.

En el estadio oral de nuestra vida (cuando éramos bebés) nuestra vida estaba dominada por el principio del placer: llorábamos y mamá venía a regalarnos su pecho. Teníamos un problema y mamá o papá corrían a resolverlo. Después crecimos y comenzamos a entender que mamá y papá tenían, también ellos, necesidades y exigencias, y que no podían estar siempre allí, a nuestra disposición.

Con el tiempo, comprendimos que no éramos el centro del mundo, que no estábamos solos en el mundo, que había otras personas y que debíamos compartir el mundo con ellas. Algo muy agradable, pero que nos obligaba también a aceptar renuncias, privaciones y a admitir límites. Hubo que renunciar a hacerlo converger todo hacia mí, porque los otros tienen también derecho a su parte. Así crecimos, aceptando esto. Crecimos porque aceptamos la realidad. Y la realidad nos dice: tú no lo eres todo, no puedes tenerlo todo. No estás sólo en el mundo, estás en relación necesaria con los otros y dependes también de los otros; debes pensar también en los otros; debes compartir; no puedes tenerlo todo, apoderarte de todo; por tanto has de dejarlo también para los demás, limitarte, privarte, renunciar.

Hay gente que, en este sentido, nunca crecieron y se quedaron en el estadio oral de su infancia. Hay gente que piensa que pueden ser felices consumiendo lo más posible, satisfaciendo necesidades ficticias y artificiales, acumulando juguetes y cosas y poseyendo personas: mi dinero, mi casa, mi chalet, mi empresa, mi auto, mis aparatos… Mi mujer, mi chica; es mía, está para mí, para seguirme, para estar a mi disposición, a mi servicio, para complacerme. Mi hijo; yo lo mimo, lo malcrío, lo sofoco con mi afecto y mis atenciones; le transfiero todos mis deseos, mis sueños incumplidos; quiero que sea lo que yo no pude ser; le dicto el camino a seguir; lo hago dependiente de mí, no quiero que viva su vida a su manera, sino a la mía, no quiero que él se realice según sus gustos, sino según los míos, no quiero renunciar a él, admitir que sea diferente… quiero infantilizarlo lo más tiempo posible…

Pero vivir realmente en humano, es crecer, madurar, aceptar la realidad y por tanto aprender a vivir con los otros. Es aprender a controlar y delimitar nuestras necesidades, para que los demás puedan satisfacer las suyas. Por ello crecer es penoso, difícil, doloroso, sufriente. Para vivir tu vida en la realidad, debes renunciar a vivirla solamente en función de ti: sólo con esa condición conseguirás construir una vida, no bajo la bandera de un egoísmo mezquino, envilecedor y que empobrece, sino una vida enriquecida con la cualidad de apertura, don de uno mismo y cuidado por los demás, la única que podrá hacerte crecer en humanidad y realizar maravillosamente tu existencia. O como decía Jesús: quien pierde, gana.

La realidad nos enseña nuestra finitud, nuestros límites; nos enseña la distancia, la separación, la renuncia; nos enseña el sufrimiento, la humildad de ser sólo una pieza en el gran mosaico de la creación, sólo una nota en la gran sinfonía del cosmos. La realidad nos enseña nuestra fragilidad; nos confronta con el carácter efímero e innecesario de nuestra existencia, nos enseña que es locura y pura estupidez nuestra creernos con derecho a tener más, consumir más, sentirnos más saciados y más felices que los demás. La realidad nos enseña la obligación del límite, la medida y la sobriedad; la necesidad del interés, el cuidado, el respeto, el compartir con el mundo que nos rodea, si es que queremos vivir una vida verdaderamente humana.

Debemos ser nosotros mismos y renunciar a ser otra cosa: eso es lo que Jesús quiere decirnos. Es que, si somos nosotros mismos, seremos tal como Dios nos ha creado, tal como Dios quiere que seamos: en conformidad con su voluntad. Porque, nos advierte Jesús, ¿de qué le sirve al hombre querer serlo todo, tenerlo todo y experimentarlo todo, sin renunciar a nada, si no consigue vivir el destino que le es propio, es decir el rol que corresponde a la verdad de su ser? ¿Si no consigue dominar sus fallas y límites, llevar en paz la cruz de su finitud y su vulnerabilidad? ¿Si vive en contradicción con la realidad de su condición humana? ¿Si toda su preocupación por ganar el mundo entero, no es más que expresión o reacción de su angustia que rehúsa aceptarse como la criatura frágil y transitoria que es, y cuyo valor y salvación provienen sólo de su capacidad de abandonarse confiado entre las manos de Dios?

Para decirlo con las palabras de Jesús: "¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma?". Finalmente, este evangelio nos dice: "Tu cruz, es aceptar tu existencia en la fe que recibes de las manos de Dios. Vívela en plenitud, reconocimiento y alegría. Ella se encargará de conducirte por los caminos de la renuncia, el despojo y el sacrificio, que estarán a la medida del don de ti mismo y del amor con los cuales buscarás vivirla a la sombra de tu fe en Dios.

Bruno Mori  (2017)


(Traducción  de Ernesto Baquer) 

mercredi 6 septembre 2017

EL AMOR Y LA MISERICORDIA ANTE LA RELIGION - Mt. 15,21-28


Jesús y la mujer cananea  
( Mt. 15,21-28  -  20° dom. ord. A)

Los evangelios son documentos religiosos escritos para la instrucción, la formación y la profundización de la fe de las primeras generaciones cristianas. Este texto de Mateo quiere por tanto transmitirnos una enseñanza. La creencia que supone en los protagonistas de esta anécdota es la de todo buen judío de los tiempos de Jesús convencido de formar parte de un pueblo escogido por Dios, un pueblo “faro de las naciones”, a través del que Dios aportaría un día luz y salud a todos los pueblos de la tierra.

La convicción de ser el objetivo de un plan y una elección divina se había formado durante el tiempo del exilio de los judíos en Babilonia y se fue desarrollando después de su retorno a Judea (550-538 ante J.- C.). Creencia que fue el centro del anuncio de los profetas del Exilio (Jeremías, Ezequiel).

También Jesús, en la línea de la predicación de los grandes profetas compartió esa fe. Como los antiguos profetas, el Nazareno pensaba que Dios es un Dios universal y liberador, que reina sobre todo y que cuida de todos y que quiere reunir a todo el mundo en su rebaño. Es un Dios de una bondad y amor que engloba a todos los humanos, sin diferencias, hace llover y resplandecer su sol sobre malos y buenos. Jesús pensaba que, sólo formando parte del nuevo pueblo de los creyentes, entrando en el Reino de Dios que él había instaurado y compartiendo sus principios, valores y espíritu, sólo entonces los hombres podrían alcanzar su realización humana y su salvación.

Y así, vemos a Jesús ocuparse y preocuparse en primer lugar de la salvación de sus compatriotas judíos. Sólo se conocen dos casos donde acudió en ayuda de paganos, y siempre con cierta reticencia. También a sus discípulos les recomendó no ir a predicar fuera de las fronteras de Israel (Mt 10,5-23), porque les decía que él había sido enviado ante todo a las ovejas perdidas de la casa de Israel.

Este texto es un documento de la lucha del cristianismo primitivo para superar el particularismo de la salvación (reservada primero a los judíos) con un universalismo que no cuestionaba el rango de Israel, pero que lo relativizaba, apelando a la misericordia y la gracia divina, tal como se habían manifestado en la vida de Jesús. Igual que Marcos 7,13-23 hacía saltar la barrera entre lo puro y lo impuro, este pasaje de Mateo la hace saltar entre el judío y el pagano.

Para ilustrar y hacer comprender a los cristianos de su tiempo que el fenómeno Jesús minó las bases de ese antiguo régimen de elección y marcó el fin de toda creencia en un absurdo favoritismo o parcialidad de Dios, los evangelistas construyeron esta historia de la mujer cananea. En este cuento, se imaginan un Jesús fatigado, agotado después de un largo periodo de actividad misionera dedicado a los encuentros, la predicación, el cuidado y la curación de los enfermos.

Jesús, para alejar a las muchedumbres que lo siguen y acaparan continuamente, decide tomarse unas vacaciones en el extranjero, fuera de su país, en compañía de sus discípulos, en un lugar donde es menos conocido, por estar habitado por gentes de otra cultura y religión que no vendrán a asediarlo. Y así podrá aprovechar un tiempo de respiro, descanso, tranquilidad, silencio, de agradable convivencia con personas que ama, lejos del bullicio de las ciudades y de la gente…

El evangelio de Marcos nos recuerda por dos veces como Jesús deja una población para alejarse de la muchedumbre ((Mc 3,9;6,32). Estamos habituados a pesar que Jesús podía hacer todo lo que quería, pero esos relatos nos recuerdan que somos humanos con límites, que tenemos el derecho de respetar.

Amo ese Jesús que sabe reconocer sus límites. Que sepa decir No. Que ponga límites a su acción y sus intervenciones. Que no pretenda llegar a todo el mundo. Que se dé cuenta que no puede aliviar todos los sufrimientos de la humanidad. Que ponga freno y stop a su deseo de hacer el bien. Y eso no por fanatismo, nacionalismo, o pereza; sino porque, en la mayor parte del pensamiento de patriarcas y profetas, aparece que debía haber un lugar en la tierra donde fuera posible vivir una vida realmente humana. Aunque, en el cómo alcanzar ese fin, hubiera mucha diversidad.

Me gusta ese Jesús que necesita momentos para vivir para sí, escuchando su corazón, sus alicientes, sus aspiraciones y sus impulsos profundos y para encontrar su total humanidad, con sus sentimientos y sensaciones.

Me seduce  ese Jesús capaz de hacer el vacío a todo lo que posee en él, dejar de lado sus creencias, convicciones, proyectos, estrategias, pertenencias y condicionamientos religiosos e ideológicos y sus deberes, para seguir los impulsos de su corazón, para ser sensible a los llamamientos de la ternura, hacerse vulnerable al grito de socorro y las lágrimas de una madre, para retener lo esencial de lo que es la verdad profunda de su ser: un amor recibido y dado como gracia y misericordia, concedidas a todos sin límites ni condiciones.

Más. En esta tierra extraña de Tiro y Sidón, la miseria y el sufrimiento humanos que son internacionales, que no conocen ni autorizan ninguna frontera, atrapan a Jesús y sacuden sin consideración, su descanso, apelando no a la cualidad de su religiosidad sino a la cualidad de su humanidad.

Así, este relato quiere hacernos comprender que debemos dejar caer todas nuestras posturas personales y convicciones religiosas, si nos impiden aliviar el sufrimiento de alguien. Porque actuar humanamente es más importante que actuar religiosamente; porque el amor y la misericordia de los humanos son las únicas fuerzas” divinas” capaces de salvar el mundo.

El tema central que trata este evangelio concierne, por tanto, a la naturaleza de nuestra misión cristiana. Como discípulos de Jesús, somos enviados a curar enfermos y echar demonios. Si es que, para hacerlo, conseguimos desembarazarnos de nuestros prejuicios religiosos o culturales, para aceptar al otro en su necesidad, para abrirnos al ser humano que, en su desgracia, sólo reclama “curación”.  

Pero si queremos verificare en los demás su ortodoxia y la autenticidad de su pertenencia religiosa, si nos obstinamos en primero exigir de ellos la práctica de la moral católica, sólo cerraremos el camino hacia su plena realización humana. ¿Quién somos nosotros para dictar a una persona los caminos de su liberación interior y de su auténtica felicidad? Ningún discurso teológico o moral puede ayudar a una mujer que sufre al ver a su hija sumergida en una situación de infierno.

Este evangelio nos advierte que siempre se ha de garantizar la victoria de la misericordia con la miseria humana, a pesar de las barreras religiosas e ideológicas con que puedan entrar en conflicto.

Bruno Mori                                                                                       16 agosto 2017   


(Traducción de Ernesto Baquer)





lundi 21 août 2017

EL TRIGO Y LA CIZAÑA – NO JUZGUEN- Mt.13, 24-30



(16° tiempo  ord. A  - 2017)

Original francés: http://brunomori39.blogspot.com.uy/2017/08/le-bon-grain-et-livraie-ne-pas-juger.html.

La parábola del trigo y la cizaña es una de las más representativas del pensamiento de Jesús. En ella, el profeta de Nazaret busca hacernos entender que, en el mundo en que vivimos, es imposible separar y conocer con certeza lo bueno y lo malo. Jesús quiere enseñarnos que los hombres no poseemos semejante poder, porque eso requeriría conocimientos que nunca podremos tener. Adán y Eva fueron arrojados del Edén porque quisieron apropiarse de esa prerrogativa propia de Dios: tener el conocimiento del bien y del mal y poder juzgar según ese conocimiento. Incluso Dios, nos dice Jesús, no lo hace, y no juzga ni condena a nadie (Jn 5,22; 8,15).  Asume todo, acepta todo, tolera y soporta todo. Permite cohabitar, vivir, desarrollarse y crecer juntos el bien y el mal, lo bueno y lo malo, lo puro y lo impuro, lo que se ajusta y lo que no, el trigo y la cizaña. Sigue haciendo salir el sol y caer la lluvia sobre buenos y malos, justos e injustos. No se toma a mal si la buena semilla que ha derramado a manos llenas en el campo del mundo no alcanza todos los resultados esperados, porque sabe que es inevitable que caiga a veces entre espinas y piedras que pueden reducir o impedir su crecimiento.

Aquí Jesús quiere poner en guardia a sus discípulos contra la tentación del perfeccionismo, del puritanismo y de la ideología, presentes en todo sistema humano de poder, tanto civil como religioso y que consiste en la pretensión de saber y por tanto seleccionar entre lo bueno y lo malo, lo verdadero y lo falso, y por ello, dividir el mundo en categorías y clases distintas y opuestas: nosotros y los demás.

Nosotros, los buenos, los puros, los elegidos, los fieles, los salvados. Nosotros, del  lado de Dios, de la verdad, de la virtud, de la moral, de la justicia, de la Ley, de la verdadera religión y el buen partido político.

Y los otros: los malvados, los malos, los impuros, los pecadores, los infieles, los que no piensan como nosotros, no actúan como nosotros, no tienen nuestra cultura, no son de nuestra raza, de nuestro clan, de nuestra religión y que, en consecuencia, hay que alejarlos, apartarlos, reducirlos al silencio, excluirlos, erradicarlos de nuestro terreno como mala hierba, porque:
  • nos molestan, cuestionan nuestras creencias, nuestra religión, nuestra cultura; invaden nuestro espacio vital; vienen a quitarnos nuestros empleos, consumir nuestros recursos;
  • son una amenaza a nuestra forma de vida, nuestra seguridad y la tranquilidad social, política, religiosa e intelectual;
  • nos obligan a confrontarnos, compararnos, revisar nuestras costumbres, nuestros principios, a relativizar y cuestionar valores y verdades que creíamos absolutas e inalterables;
  • desestabilizan nuestras leyes, nuestras tradiciones, nuestros dogmas y convicciones establecidas…

Por todo ello, tenemos el derecho, en nombre de Dios, la religión, la verdad, la paz, de combatirlos y extirparlos, como una mala hierba que ha echado raíces en el suelo fértil de nuestra existencia.

Este tipo de razonamiento, integrado por distorsión sicológica, miedo, inseguridad, fanatismo y sobre todo ignorancia, es lo que ha justificado, a lo largo de la historia humana, todas las aberraciones de los regímenes totalitarios y todos los horrores y atrocidades perpetradas en nombre de una ideología tanto política como religiosa.

En cada sistema totalitario, las malas hierbas a arrancar son casi siempre identificadas con la "diferencia" de ideas que produce confrontación y oposición, por supuesto, pero que es también manifestación de un impulso y un anhelo de libertad. Pero la ideología soporta mal la libertad, sobre todo la libertad de pensamiento.  La ideología se regula y funciona con el principio de la conformidad y de la uniformidad totales: un solo jefe, un solo poder, una sola idea, una sola fidelidad, un solo Dios, el nuestro. Todo lo que no entre en ese esquema hay que descartarlo.

Aquí Jesús nos enseña que toda ideología, todo gobierno y toda religión que se creen mejores y superiores a las demás, necesariamente se convierten en agresivas y peligrosas, porque son productoras de clases, de diferencias, de desigualdades y por tanto de confrontaciones y hostilidades.

En esta parábola de la cizaña Jesús pretende hacernos entender a sus discípulos que, en el mundo nuevo a construir, nunca debemos tratar de excluir a nadie, como tendían a hacerlo; sino que nuestra tarea consistirá desde ya, en ponernos en las esquinas para recuperar a todo el mundo sin distinción,  y que, incluso la chusma puede encontrar lugar en la sala del banquete  (Mt.22,8-10; Lc.14,13-21).  También nos enseña que el único mal que debemos intentar arrancar de la tierra de nuestra existencia, es esa sed de poder que causa todos los sufrimientos.

Por eso Jesús exhorta a sus discípulos a abstenernos siempre de todo juicio. Según el Nazareno, el juzgar es una función reservada exclusivamente a Dios, que sin embargo nunca ejerce, porque siempre la reemplaza por su misericordia. Para Jesús, el ser humano no tiene ni el derecho, ni el poder, ni la autoridad, ni la capacidad, ni las competencias, ni los conocimientos necesarios para juzgar.

Todo juicio es una apropiación de poder que no tenemos; es una presunción arrogante de conocer las variaciones complejas del error y de la verdad, del bien y del mal en la sociedad humana. Por eso, quien se arroga el poder de juzgar al otro, en realidad sólo proclama y manifiesta la enormidad de su ego, la superficialidad de sus conocimientos y lo extenso de su estupidez. El hombre que juzga sólo es un sicótico que se ilusiona sobre su verdadera identidad. Porque cuando juzga a otro, se define como el metro con el que mide a todos los demás. Cuando juzga todo lo refiere a él: "Tú no eres como yo; tú no tienes mis ideas; no tienes mi fe, no tienes mi religión, no crees en el mismo Dios; no obras como yo, no tienes mis costumbres; tú eres de otro partido, otro país; tú eres diferente, para mí no eres bueno; no me gustas, no te puedo aceptar; no te doy mi conformidad; estás en el error; nunca me pondré de acuerdo contigo, nunca podré ser tu amigo; me das miedo, me perturbas, me desestabilizas, cuestionas mis creencias y todo lo que constituye mi seguridad; tú pones en duda la solidez de la estructura del mundo al que pertenezco, la verdad del escenario sobrenatural, religioso y simbólico que me he construido y que me permite vivir en paz conmigo mismo y con Dios, de quien espera un día mi salvación eterna".

Evidentemente es más fácil para nosotros juzgar al otro, acusarlo de peligroso, malo, infiel, hereje, fuera de toda norma, que cuestionar nuestros valores y convicciones; que profundizar nuestros conocimientos y creencias; que reconsiderar nuestra postura religiosa y espiritual y rever nuestras relaciones con la autoridad religiosa, así como nuestra visión del mundo y de Dios.

Para los que juzgan, es más tranquilizador y menos fatigoso obedecer ciegamente los imperativos de la autoridad establecida y las obligaciones que imponen sus dogmas, que correr el riesgo de una fe personal, adulta, crítica y esclarecida; que asumir la penosa elección de la libertad de pensamiento. Es mucho más tranquilizador, para nuestra moral y nuestra tranquilidad, creer sin pensar, que pensar a riesgo de no creer (como antes).

El juicio, con mucha frecuencia, es cómplice de nuestra laxitud y nuestra pereza. Porque una vez que hemos proferido un juicio y aceptado al otro como equivocado y culpable, quienes juzguemos podemos seguir viviendo en paz, sin reprocharnos nada y sin cambiar nada en nuestra vida. Es que, una vez ubicado al otro en la falta y el error, el juez se puede glorificar de su justicia y continuar alimentándose de sus propias convicciones. Y así el juicio se convierte en una estrategia de protección y justificación del grano estéril y podrido en que se ha convertido el juez. Así, detrás del juicio se esconde tanto la presunción de una omnipotencia espantosa, como la manifestación de una suprema estupidez.

Si hay algo que entristece hoy a los católicos de buena voluntad, es constatar que la Iglesia se atribuya todavía el derecho de juzgar, considerándolo un poder y una prerrogativa que le vienen directamente de su estatuto se Institución de origen divino. El Derecho Canónico afirma, como si fuese lo más normal del mundo, que la Iglesia tiene el derecho de juzgar y "el derecho innato y propio de castigar con sanciones penales a los fieles que cometen delitos" (canon 1311).

Se nos hace difícil a los cristianos de nuestra época olvidar que, durante siglos, nuestra Iglesia incluso se dotó de un organismo interno, no solo de juicio, sino de inquisición y búsqueda explícita y violenta de los desvíos, disidencias, faltas y errores, con el fin de encadenarlos y quemarlos literalmente, como malas hierbas, en el fuego de la hoguera.

Todavía hoy siguen esas viejas actitudes inquisitoriales, aunque de manera menos bárbara y sañuda, causando numerosas víctimas en la Iglesia. Pensamos en todos esos pensadores influyentes, esos grandes teólogos que a lo largo de los dos últimos siglos han sido destituidos por el Santo Oficio (el nuevo nombre de la Inquisición) de sus Facultades y privados del derecho a enseñar. Pensamos en todos los sacerdotes echados de su orden, degradados, a quienes se les ha prohibido la predicación, la celebración de los sacramentos, el ministerio, por el solo hecho de enamorarse de una mujer y haberse casado con ella. Pensamos en los divorciados vueltos a casar; en las personas homosexuales que viven juntos. En las parejas cristianas no casadas; en las mujeres que abortaron; en las jóvenes que utilizan regularmente la píldora u otros medios anticonceptivos y que se les etiqueta de inmorales, viciosas, promiscuas…

A todo ese vasto mundo, la Iglesia católica lo considera, por desgracia, culpable, transgresor, malo; los juzga como pecadores públicos, cristianos de rango inferior; los declara en estado de pecado mortal y por tanto en peligro de condenación eterna, y busca alejarlos de los demás fieles, excluirlos de los sacramentos; apenas los tolera; hacia quienes autoriza, todo lo más, a tener piedad y algo de misericordia. Pero a los que no se les concede el derecho de integrarse totalmente en una asamblea eucarística; de sentirse en plena comunión con sus hermanos cristianos y de permitirles manifestar esa comunión con el gesto sacramental de comulgar con el Cuerpo del Señor.

Para la Iglesia, esas categorías de personas todavía son la cizaña que hay que erradicar para no contaminar el trigo bueno y preservar la pureza de la estructura.

Pienso que todo el tiempo que esta Iglesia continúe considerando como normal y sagrada su estructura imperial, basada en un sistema de poder totalitario, concentrado en las manos de un monarca absoluto [i], no sólo estará en oposición al espíritu del Evangelio y será infiel a la voluntad de Aquel de quien presume  ser su presencia visible en este mundo, sino que permanecerá esclava de las expresiones típicas de ese tipo de régimen que hoy se muestran como totalmente anacrónicas, por incompatibles con los logros liberadores de las ciencias humanas modernas.

En el mundo del siglo XXI, donde el comportamiento del individuo y las relaciones entre personas, son desde ahora regidas, inspiradas y protegidas, por innumerables leyes, declaraciones y estatutos, que garantizan la inviolabilidad absoluta de la persona, así como toda clase de derechos, libertades, e inmunidades, una Institución que pretende todavía controlar el pensamiento de los individuos, que busca determinar e imponer los contenidos de sus creencias, las condiciones de moralidad de sus acciones, que se arroga el derecho de juzgar, en nombre de Dios, los contenidos del bien y del mal, de la verdad y del error, una Institución así sólo puede derivar inevitablemente hacia la descalificación y la insignificancia.

Bruno Mori
(Traducción de Ernesto Baquer )  
[i] El romano Pontífice, en expresión del Código de Derecho Canónico "posee en la Iglesia el poder ordinario, supremo, pleno, inmediato y universal que puede siempre ejercer libremente (can 331 y 332) y contra cuyas sentencias o decretos no caben apelación ni recurso posibles ( can 333, &3 ).





REFLEXIONES EN LA FIESTA DE LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR



(Mt 17,1-9)

Original francés: http://brunomori39.blogspot.com.uy/2017/08/reflexions-occasion-de-la-fete-de-la.html.

Jesús de Nazaret obró una verdadera revolución en el pensamiento religioso de la humanidad: hizo "profana" toda religión, para hacer "sagrada" toda persona.

Etimológicamente la palabra "sagrado" indica todo lo que se sustrae del uso común, que se ha "separado" del mundo profano, excluido del mundo de los hombres, para colocarlo del lado del mundo de los dioses.  Por tanto, lo sagrado concierne principalmente a las religiones que tienen que ver con Dios. Habitualmente las religiones han puesto el concepto de "sagrado" en los instrumentos que utilizan para relacionarse con la divinidad. Así consideran sagrados templos, catedrales, iglesias, campanas; objetos de culto, como vestimentas, altar, cáliz, tabernáculo, libros santos (la Biblia), imágenes santas, el crucifijo, estatuas, reliquias, algunas categorías de personas consagradas (sacerdotes, obispos, papas, monjes, religiosos y religiosas). En otras palabras, la religión ha sacralizado cosas, gestos y funciones en las que cree detectar la capacidad de hacer presente el poder y la acción de Dios en nuestro mundo y  por tanto los considera intermediarios válidos para ayudar a los simples mortales a ponerse en relación con la divinidad.

Pero cuando leemos los evangelios y reflexionamos sobre la manera de pensar y actuar de Jesús de Nazaret, nos sorprende constatar que, no sólo esa "sacralización" tan cara a las religiones no tiene sentido para él, sino que la combatió con todas sus fuerzas, descalificándola siempre que tuvo ocasión. Y así nunca Jesús tuvo ni adhesión ni veneración especial para el Templo de Jerusalén y el culto y los sacrificios que en él se realizaban. El Templo, considerado hasta entonces como el único lugar de la presencia de Dios en medio de su pueblo, Jesús lo consideró como guarida de ladrones, sin valor alguno y algo superfluo para entablar una verdadera relación con Dios (Jn 4,21-25). El esplendor, la majestad, la grandeza de esa construcción, sólo son para Jesús el signo sin porvenir del orgullo y la megalomanía humanas. Por tanto, provocador e inútil. Un día será destruido y reducido a un montón de ruinas (Mc.13,1-3).

Por si fuera poco, constatamos en los evangelios que los representantes oficiales de la religión y lo sagrado, escribas, fariseos, sacerdotes, sumos sacerdotes, etc., son presentados siempre como clases hostiles a Jesús, como sus acusadores y responsables de su condena y su muerte. De tal suerte que es verdad decir que Jesús fue matado porque descalificó y negó la importancia y la "sacralidad" del Templo y de la religión como medios de santificación, justicia y salvación.

En otras palabras, Jesús fue eliminado por sostener que el encuentro con Dios ya no se realiza a través de arquitecturas fastuosas, de instituciones religiosas, de sus ritos, sacrificios, leyes, normas, sacerdotes consagrados y ordenados. Jesús dio y perdió su vida por creer y enseñar que Dios está presente, no en las cosas y las funciones, sino en las personas; por anunciar que el único templo donde Dios habita, con toda su gloria y esplendor, es el corazón del hombre[i]. Esta convicción del Nazareno no sólo está en el centro de toda su predicación, sino que constituye la novedad más revolucionaria de su mensaje, que trastoca de arriba abajo tanto nuestra idea de Dios como nuestra idea del hombre.

La revolución que Jesús logró consiste en el hecho de haber sacado a Dios de la religión, de lo sagrado y lo maravilloso, para colocarlo en el ser humano y el mundo  que habitamos. Según Jesús, es el ser humano lo sagrado, la maravilla y el lugar privilegiado de la presencia y la acción del espíritu de Dios en el mundo. Así Jesús nos reveló que el único lugar donde podemos verdaderamente encontrar a su Dios y establecer una relación con El, es en el ser humano, sobre todo en el que más necesita nuestra atención y nuestro amor.  Al punto de que todo lo que le hagamos a un ser humano, se lo hacemos al mismo Dios. Siempre y sin excepción. Incluso en el delincuente, encerrado en la prisión, Dios está presente: "Yo estaba preso y ustedes vinieron a verme…"

Fue la increíble novedad de esta revelación lo que impresionó a los primeros discípulos de Jesús y el origen de gran éxito del movimiento cristiano entre los sencillos, pobres y oprimidos, a lo largo de los tres primeros siglos.

En los evangelios, encontramos las huellas y los ecos de esta gran impresión que el paso y el mensaje de Jesús suscitaron entre los que lo escucharon y siguieron. Los discípulos de Jesús, que nos han dejado los cuatro relatos evangélicos, nos comparten las conclusiones a que llegaron después de haber reflexionado sobre la vida y la enseñanza de su Maestro. Unánimemente nos dicen que, si todo ser humano de buena voluntad es un "hijo de Dios", Jesús lo fue más que nadie. Si es verdad que, según la enseñanza del Maestro, Dios está presente en cada ser humano, Dios debió estar presente muy especialmente en ese "hijo del hombre", en la vida, la actividad y el espíritu de quien ellos habían podido constatar los extraordinarios frutos de humanidad, bondad y amor producidos por esa divina presencia.

Por esa razón, los evangelios presentan a Jesús como un hombre impregnado de Dios, habitado por Dios, unido a Dios, una sola cosa con Dios, que es como el hijo querido de un Padre que pone en ese hijo "todo su amor y su complacencia". A través de ese hombre, Dios se manifiesta, habla, hace entender sus actitudes y sentimientos, transmite su voluntad. Los evangelios, al contarnos la vida y poner de relieve la extraordinaria calidad humana de ese "hijo de Dios", plenamente "hijo del hombre", nos indican qué clase de humanos debemos ser por nuestra parte, y qué calidad de humanidad debemos realizar en nuestra vida, para ser, como Jesús, portadores ejemplares y lugar privilegiado de la presencia de Dios en nuestro mundo.

Los evangelios, que son obras catequéticas, para explicar e ilustrar a los cristianos de su época, que Jesús es una obra maestra de humanidad, un hombre lleno de Dios, un espejo particularmente perfeccionado para irradiar su amor y reflejar su presencia y su acción en nuestro mundo, crearon el escenario especialmente maravilloso e impresionante de la "transfiguración", con  una escenificación compuesta de elementos sacados de las teofanías del A.T. y en la que Jesús ( como un nuevo Moisés)  se muestra como totalmente iluminado y transformado en su humanidad por el Dios que habita en él.

Asistimos  aquí al mismo procedimiento literario que encontramos en los relatos del nacimiento y la infancia de Jesús, desbordantes de elementos sobrenaturales, milagrosos y fantásticos,  que no tienen otro fin que hacer comprender e ilustrar el hecho de que, si en el Universo, lo "divino" (Dios) se derrama y actúa en todas partes, es sobre todo en lo que hay de más  "humano" en el mundo donde este “divino” se manifiesta con más evidencia: un bebé, un niño, es decir un ser en condiciones de fragilidad, vulnerabilidad, pobreza y dependencia totales.

De todo lo cual debemos deducir que nosotros, los cristianos, no debemos buscar en los evangelios como divinizarnos (todos somos ya de antemano portadores de la presencia divina en este mundo), sino como humanizarnos. Debemos comprender que el cristianismo no es una religión que busca principalmente conectar el hombre con Dios, sino un movimiento espiritual que busca conectar el hombre con el hombre, para humanizarlo y transfigurarlo siempre más, por medio del amor, ayudándolo a liberarse de sus impulsos deshumanizadores y destructores de su verdadera identidad.


Bruno Mori
(Traducción de Ernesto Baquer )  



[i] Cfr. también 1Cor. 3,16-17; 1Cor. 6,19.




samedi 5 août 2017

FIESTA DE LA TRINIDAD, UN AMOR QUE SÓLO ES TERNURA



Original francés en: http://brunomori39.blogspot.com.uy/2017/06/fete-dela-trinite-un-amour-qui-nest-que.html.

La teología católica describe a Dios como una Trinidad de personas iguales y distintas en perpetua relación. Esta manera de presentar a Dios, difícil de captar, apenas interesa a los cristianos de nuestro tiempo, que prefieren volver a los Evangelios y recuperar más bien la descripción de Dios que nos dejó Jesús, utilizando la imagen del Padre, resumida por Juan el evangelista en la afirmación de que Dios es Amor. En efecto, en los evangelios Jesús habla de Dios como de un Amor que se entrega a todos en total y absoluta gratuidad.

Hoy, elegí, en esta fiesta de la Trinidad, hablar con ustedes de Dios, pero desarrollando el tema de su amor que se manifiesta siempre con relaciones impregnadas de ternura. Evidentemente hay diferentes formas de ternura (la de los padres, la de hermanos y hermanas, la de los amigos, la de la pareja que se ama, etc.) Puesto que la mayoría de las personas aquí presentes son parejas casadas, puede interesarnos aprovechar esta fiesta para reflexionar juntos sobre esa cualidad del amor y ver hasta qué punto nuestras relaciones de pareja son a imagen de la ternura que hay en Dios.

Leonardo Boff acertadamente observa que el amor es la fuerza que hace rodar el mundo, hace vivir a los seres y es para todos fuente de felicidad y realización. Con ocasión de los encuentros, se manifiestan atracciones, afinidades, nacen sentimientos, apegos, pasiones, amores que, con frecuencia, conducen al matrimonio o a otros tipos de uniones estables.

Pero como se trata de dos libertades que se encuentran, nota Boff, dichas uniones siempre están sometidas a lo imponderable de los acontecimientos, el devenir y las debilidades de las personas. Ningún amor está asegurado para siempre, porque ninguna realidad está instaurada y fijada de una sola vez. Cada uno de nosotros vive en una interrelación constante con el mundo, y ese intercambio continuo necesariamente nos afecta y nos transforma sin saberlo. Nuestras relaciones amorosas sufren también los contragolpes de nuestros cambios.

En el matrimonio, al cabo de cierto tiempo, la llama de la pasión se reduce y se agota, la vida cotidiana se instala, con su rutina gris y monótona. La atención de los primeros tiempos con palabras dulces, gestos tiernos y delicadezas recíprocas desciende; baja el romanticismo, nos volvemos "ordinarios"; aparecen las primeras divergencias, los desacuerdos; surgen animosidades, altercados, resentimientos, frustraciones, insatisfacciones, cuestionamientos. Sucede también que, en la relación de pareja, se infiltran pasiones volcánicas, suscitadas por la atracción hacia otra persona. La vida de amor entre dos es compleja, laboriosa, llena de peripecias. Se asemeja a una obra en construcción, que se edifica, concreta proyectos, se disfruta, se instala confortablemente; pero que también se puede renovar, modificar, cambiar y demoler lo que antes se construyó.

Eso significa que el amor es un sentimiento tremendamente fuerte, pero también extremadamente frágil. ¿Qué es lo que le puede dar la fuerza de sobrevivir a las vicisitudes de la vida y a la usura del tiempo? Únicamente su capacidad de vibrar con los armónicos de la ternura. Si el amor es la flor que perfuma y embellece el jardín de nuestra existencia, la ternura es el suelo y el agua que le dan vida y vigor. Sin el agua de la ternura, la flor del amor se marchita y muere.

Para acercarse, comprenderse, comunicarse, dar y recibir amor y calor, la ternura no tiene igual. Los que se aman han de ser conscientes que si la sensualidad y la sexualidad permiten expresarse a la ternura, no garantizan sin embargo necesariamente la presencia de la ternura en una relación de pareja.

En la relación de pareja, no hay que confundir ternura con emoción o sobreexcitación del sentimiento hacia el otro. Este tipo de sensación es sólo la celebración sicológica del placer egoísta que el individuo siente en presencia de la persona que lo atrae físicamente. Con esta sensación, el individuo se queda encerrado en sí mismo y buscando su propia satisfacción. Está muy lejos de una actitud de ternura.

Finalmente ¿qué es la ternura?
La ternura es esa cualidad "divina" del amor de carácter gratuito. Es la actitud interior que impulsa al que ama a buscar solamente la felicidad del otro, y que nunca se transforma en un instrumento para dominar o explotar y satisfacer las propias necesidades. La ternura, es cuando aceptamos al otro en su alteridad. Cuando uno se deja tocar por la historia de su vida y la quiere acoger totalmente en la nuestra. Es amar al otro tal cual es. Es encontrarlo perfecto como es y desear que permanezca como tal por siempre, porque incluso sus defectos y debilidades nos enternecen.

La ternura nos remite a las primeras horas de nuestro nacimiento, cuando la mirada materna se posó sobre nosotros. Así la ternura es el sentimiento amoroso que guarda fundamentalmente las características y el recuerdo de esa mirada maternal originaria. De suerte tal que, sólo hay ternura cuando el amor que siento por el otro es capaz de descentrarme de mí mismo, para centrar mi vida en el otro y para transformarla en don para la felicidad del otro.

La ternura es cuando el otro se convierte para mí en un tesoro casi sagrado, al que me acerco tan sólo con respeto y asombro, tocado y conquistado por las riquezas que contiene.

La ternura es cuando la sola presencia del otro me llena de felicidad y me extasío en la mera contemplación de los rasgos de su rostro, que apenas me atrevo a acariciar, por miedo a disolver el encanto en que me ha sumergido.

La ternura es el amor que siento y ofrezco a la persona amada, para descubrir lo que ella es en sí misma; para descubrir el amor que me tiene y que yo quiero trasformar en fuente de plenitud y de felicidad para ella, más que para mí.

En la ternura yo vivo más a través de la vida del otro, que a través de la mía. Así sus pruebas, miedos, sufrimientos, éxitos, deseos, sueños, se convierten en mis pruebas, mis sufrimientos, mis éxitos, mis sueños.

De ahí por qué en la pareja que se ama, la cualidad, autenticidad y duración de su amor se verifican y garantizan con la presencia de la ternura. En la pareja, el amor sólo puede resistir la usura del tiempo si se transforma en ternura. La ternura se convierte entonces en el logro de un sueño de amor. O, como decía Jacques Salomé: "La ternura, es cuando la realidad consigue sobrepasar el sueño". "La ternura es un gesto que se hace caricia antes incluso de haberla recibido".

Pero la ternura necesita tiempo. Tiempo de encontrarse, mirarse, apreciarse, decirse, escuchar, atender, interesarse en el otro. Tiempo de dar y no siempre de pedir. Tener tiempo de estar el uno para el otro, de concederle atención. La ternura está en la entonación de la voz, la dulzura de las palabras, la nota de amor que le dejo sobre el mostrador de la cocina antes de salir a trabajar; en la rosa que le llevo, aunque no sea su aniversario; en la mirada chispeante con que la envuelvo; en las caricias espontáneas y a veces furtivas con las que revelo al otro que su presencia en este mundo es indispensable a mi felicidad y que el valor de su vida prevalece sobre la mía.

En una sociedad donde hay tanto egoísmo y violencia, la ternura humaniza nuestro mundo y lo vuelve soportable. Alguien decía que el futuro del mundo está en la ternura.

Por eso, el amor con el que Dios nos ama, al ser por principio un amor perfecto, sólo puede ser un amor de ternura. Por eso, en la vida de Jesús, ese amor se manifestó siempre como acogida incondicional, don total de sí mismo, incluso hasta la muerte; como respeto, valoración del otro, gratuidad, disponibilidad, servicio, compartir, compasión, perdón, etc., que han sido las diferentes maneras como el Maestro bajó para los demás la ternura de Dios.

Cuando nosotros amamos con un amor que ha sido capaz de transformarse en ternuras, entonces encarnamos verdaderamente el amor de Dios y nos convertimos en la manifestación más completa de su divina presencia en nuestro mundo.

 Bruno  Mori

(Traducción de Ernesto Baquer)


(Cfr. Leonardo Boff, La ternura: la savia del amor, en La Columna semanal de L Boff, 620, Koinonia)