mardi 6 mars 2018

Llamados a transfigurarnos – Mc.9, 2-10



 (2° domingo de Cuaresma B)

Original francés http://brunomori39.blogspot.com.uy/2018/02/appeles-nous-transfigurer.html.

El pasado domingo, el evangelio nos presentaba la imagen del desierto, la soledad, la posibilidad de elegir mal, la tentación de elegir caminos fáciles pero engañosos. El evangelio de hoy nos presenta la imagen de la luz, la alegría, la felicidad, la plenitud, de tocar el cielo con las manos.
La "transfiguración" consiste en ver cosas que no pueden verse con los ojos de la cabeza, sino sólo con los ojos del corazón. Y puesto que muchos no tienen los ojos del corazón, se privan de sus perspectivas. El evangelio de este domingo quiere respondernos a la pregunta de saber qué nos hace realmente felices en esta vida. Intenta describir a qué nos parecemos, cuando nos sentimos en el paraíso, es decir, poseídos por la felicidad, habitados por la presencia hechicera y gratificante de un gran amor.

Si hemos caído ya en las redes del amor, si hemos perdido la cabeza y hecho locuras por alguien, si hemos visto ya el mundo como un paraíso y un jardín inmenso de flores porque alguien nos ha dicho que nos amaba, entonces podremos comprender el evangelio de hoy. Es el evangelio del amor que transforma y transfigura.

¿Hemos visto ya los ojos de una mamá cuando ve por primera vez a su hijo, después del trabajo y el dolor del parto? ¿Hemos visto la expresión de un bebé acunado en los brazos de su madre? ¿Hemos notado las miradas radiantes de dos enamorados que se miran extasiados a los ojos? ¿Hemos visto la belleza extática de los amantes, en los juegos y los ardores del amor? ¿No son rostros transfigurados, luminosos, envueltos en encanto y en gracia, rebosantes de felicidad, beatitud, ansiosos de vida y deseo de vivir?

En nuestro mundo racional, científico y machista, hay quienes piensan que ser personas sensibles, que se dejan guiar por los afectos de su corazón, es un signo de imperfección y debilidad. Más bien la verdad es lo contrario.

La sensibilidad es el signo de una mayor perfección del ser. Preguntemos a cualquier conductor qué motor prefiere: ¿sensible o adormilado? Para un humano, ser sensible significa estar más vivo, cautivador, atractivo, eficaz, porque está más pronto y apto para reaccionar, entrar en movimiento, en moción (e-moción) en el camino de la vida, en presencia del mundo y de las personas que lo rodean.

Ser sensible significa estar más dispuesto a vibrar en armonía con la belleza del mundo, y sobre todo con la situación existencial de las personas; a dejarse afectar tanto por sus alegrías como por sus penas; tanto por su felicidad como por sus desgracias.

Por tanto, la sensibilidad que desarrollemos en nosotros es la que hace latir nuestro corazón al ritmo de la palpitación del mundo y la que finalmente realiza nuestra "transfiguración". Porque la sensibilidad configura nuestra persona de otra forma, impulsándola a ver más allá (trans) de su "figura" natural, habitual y banal; más allá también de los límites de su individualidad racional, forzosamente árida, fría, rígida, fácilmente encerrada, replegada sobre sí misma, para elevarla al nivel superior del encuentro emocionado, sensible y "amoroso" con el mundo que está más allá de nuestra personita, para así desplegarnos al sol del amor (de Dios y de los hermanos humanos), donde podremos suavizarnos, esperar, afinar, abrazarnos y volvernos en seres de luz.
La sensibilidad que "transfigura" consiste pues en ver a la gente como son en  erdad, más allá de su "figura" o de sus apariencias (trans-figura-ción); en adivinar lo que son realmente en la profundidad secreta de su corazón; en entrever su verdadera identidad y la verdad profunda de su ser; en descubrir su verdadero rostro, su figura creada por Dios, la que no ha sido deformada por los miedos, los sufrimientos, la culpabilidad, los errores, la ansiedad y las angustias de la vida.

El evangelista Juan dice que "Dios es amor". También que sólo los que saben abrirse y vivir en el amor puede comprender a Dios y vivir de Dios. De ahí se sigue que los que no saben abrir su corazón al amor, podrán quizá tener ideas sobre Dios, pero jamás podrán sentirlo y experimentarlo como Realidad capaz de cambiar su vida.

Jesús era un hombre que sabía amar; estaba animado por un gran amor; era un hombre apasionado de Dios e inmensamente sensible a las situaciones humanas de sus hermanos; poseía un fuego que abrasaba a todos los que se le acercaban.

Los humanos no captamos a Dios con la cabeza, sino sólo con el corazón. Todos los que reprimen sus sentimientos, que son incapaces de emocionarse, enternecerse, maravillarse, extasiarse, desear, soñar, llorar, compadecer… nunca podrán estar en sintonía con el espíritu y la música que vienen de Dios. Nunca podrán tener las antenas idóneas para captar y sentir el soplo y los murmullos de su presencia. Nunca serán verdaderos amantes.

Por tanto, debemos permitir a los sentimientos, las emociones, los deseos, los sueños, las penas, las lágrimas… entrar en nosotros. Que nos invada la vida. Que la vida viva en nosotros. Que ella nazca, que venga, que se mueva (e-moción), que nos trastoque, que nos arrebate, que nos transforme. Si no, inmersos en el océano, siempre buscaremos agua.

Y si eso no nos sucede, vale más que nos hagamos tratar. Vale más que nos preguntemos si nuestro corazón todavía vive en nosotros, o ya está muerto. Porque la capacidad de emocionarnos, estremecernos, enternecernos, sentir… dice cuánto estamos vivos.

Si llegamos a llorar de alegría, a sentirnos tan felices que nos da la impresión de que no nos falta nada, si llegamos a sentirnos ardientes como el sol, o profundos como el mar; de sentirnos tan colmados, tan ricos, que tenemos la impresión de estar ya en el cielo, acunados por la inmensidad del Todo, al punto de querer nombrar (como Francisco de Asís) a las estrellas "mis hermanas" y a los planetas "mis hermanos", a una flor o un árbol "mi belleza" ... bien, hay que saber que estamos viviendo nuestra "transfiguración".

El mundo dirá que nos hemos vuelto locos y continuará siendo desgraciado. Pero nosotros, por favor, ¡continuemos locos".  Quizá no nos sintamos diferentes a los demás, pero seremos ¡tanto, tanto más felices!

Mori Bruno  - Febrero 2018

Traducción de Ernesto Baquer.  


mardi 27 février 2018

EN EL DESIERTO PARA CONSTRUIR RELACIONES



(1° dom. Cuaresma, B)

Como cada año, la liturgia del primer domingo de Cuaresma nos presenta el episodio de las "tentaciones de Jesús" en el desierto… este año en la versión concisa y lapidaria de Marcos. El lugar del combate es el desierto y los protagonistas son: Espíritu - Jesús - Demonio… todos con su tarea específica. Veámoslo más en detalle…

Desierto y soledad: El término griego del evangelio, traducido habitualmente con la palabra "desierto", puede traducirse también por "soledad". Yo prefiero esta última traducción que, al comienzo de nuestro viaje cuaresmal, nos hace descubrir el inmenso valor que puede tener el "estar solo consigo mismo"; el buscar la soledad, para descubrir el valor de la relación y la comunión con Dios y con los otros.

El Evangelio, contra lo que podríamos pensar, nos dice que, cuando el hombre intenta estar solo para recuperar espacios para uno mismo, para emprender un viaje de búsqueda, reflexión, introspección, precisamente en esos momentos de soledad descubre, no sólo ser alguien, tener una identidad, un valor, un fin, sino también no estar realmente jamás solo, sino instaurado en una relación constante y necesaria con la creación entera, sin la cual le es imposible realizarse en cuanto hombre. Así, el evangelio nos dice que la soledad no es un valor en sí, sino un medio de recuperar y vivir mejor su relación con el Misterio Último, tal como se manifiesta en la naturaleza y en nuestros hermanos humanos.

De ahí por qué en la tradición cristiana la soledad se ha comprendido como un valor y ha guiado a un gran número de personas a descubrir el Dios de Jesús (Padres del desierto, cenobitas, tradición monástica y otros). Cuando la sociedad no da o no ofrece el suficiente espacio para un viaje hacia la comprensión de uno mismo, es necesario que cada uno pueda encontrar el tiempo de evadirse lejos de la agitación y del tumulto del mundo, para suscitar o proporcionar encuentros que transformen y den más sentido a su vida.

En la soledad frecuentemente descubrimos la presencia de un Misterio que nos engloba y nos sobrepasa. Descubrimos la compañía de Dios… ¡¡¡Dios se hace presente en el silencio del hombre!!! Un salir del ruido del mundo, un tiempo de soledad, de silencio, de calma, de meditación, de oración, podrían ser el secreto de una transformación o una renovación interior, y el inicio de una solución a los muchos problemas que perturban y agreden nuestra existencia. Entonces, ¿por qué no intentarlo en esta Cuaresma?

El Espíritu: En el evangelio que acabamos de leer se dice que es el Espíritu de Dios, del que está repleto Jesús, quien lo impulsa a la soledad del desierto, donde descubrirá la verdad sobre su persona, su misión y la finalidad de su vida. La tarea del Espíritu es iluminar y guiar, pero esta soledad debe serle ofrecida. El espíritu que viene de Dios debe poder encontrar una puerta abierta para entrar, una antena orientada para ser captado. El trabajo del Espíritu intenta iluminar, clarificar la vida y las cosas de la vida y ayudarnos a sintonizar con los valores que vienen de Dios. Hay que subrayar que Jesús, "conducido por el Espíritu", es capaz de encontrar su verdad, el verdadero sentido de las palabras de las Escrituras… y sintonizar en la longitud de onda de Dios; lo que el diablo no consigue.

Los que viven en el Espíritu se convierten en seres sensibles a la luz de la verdad; al vivir en la luz se convierten en seres de luz. Sus ojos se abren. Entonces pueden ver y comprender dónde se encuentra y en qué consiste la verdad de su ser y que valores los enriquecen realmente y dan sentido y plenitud última a su vida.

Porque están abiertas y sensibles a la acción del Espíritu, esas personas consiguen construirse una "espiritualidad", ser más "espirituales". Ello les permite dar luminosidad, transparencia y profundidad a su existencia. Hace de ellos individuos especialmente atrayentes y modelos especialmente logrados de humanidad, que dan ganas de seguirlos. Es lo que Jesús ha sido y continúa siendo para todos los que somos sus discípulos.

El Diablo: el diablo en la Biblia es el símbolo y la personificación de todo lo que nos divide y nos destruye en cuanto personas. En este relato de las tentaciones, el "diablo" parece ser protagonista evidente, como el egoísmo, el repliegue sobre nosotros mismos, las ganas de prevalecer sobre los otros y de hacerles mal, que frecuentemente están en nuestra vida. Su papel es dividir (dia-bolos). De hecho, tratará de separar a Jesús del Padre… y de atacar a cada ser humano en lo más profundo de sí mismo, en lo que tiene más precioso como persona: su capacidad de amar gratuita y libremente, y de crear relaciones de comunión y fraternidad.

La psicología y las ciencias humanas afirman unánimemente que el ser humano no es feliz, pierde sus referencias, se perturba, se angustia e incluso se suicida, cuando no es capaz de construir relaciones (sanas y satisfactorias), o cuando no tiene una buena relación consigo mismo. Porque el ser humano es por definición un animal que sólo se humaniza y realiza como persona a través de su capacidad de entrar en relación y de crear relaciones. Sin buenas relaciones con la realidad que lo rodea, o cuando esta capacidad de crear relaciones no funciona, el ser humano se deshumaniza y muere.
A través de su lenguaje simbólico, el relato evangélico quiere decirnos que el diablo (el mal) manifiesta su fuerza y su poder sobre el hombre cuando éste no quiere o no puede encontrar una buena relación consigo mismo, con su prójimo y con Dios. Entonces, el evangelio nos invita a fortalecernos con el "remedio" de la Palabra y del Espíritu de Dios proclamado por Jesús, para que podamos dotarnos a fin de enfrentar la tentación de cerrarnos sobre nosotros mismos y separarnos de nuestros hermanos.

Jesús: Jesús muestra que es posible la fidelidad a Dios y que las tentaciones pueden superarse. Es la prueba viviente que no hay nada imposible para el hombre que se deja guiar por el Espíritu. Y así, en el desierto, se convierte en el prototipo del hombre fiel que, porque ha conseguido entablar una buena relación con Dios, logra también vivir una buena relación consigo mismo y con su prójimo.

Al final, el texto del evangelio dice que el diablo "se alejó de Jesús de momento": sin duda para significar que la tentación y la atracción del mal, nos acechan continuamente y que la coherencia y la fidelidad a las exigencias y llamados del Evangelio constituyen el combate de toda una vida. Pero el texto dice también que contamos con la ayuda del Espíritu, que nos sugiere las estrategias y tácticas a poner en marcha para realizarnos como humanos completos y como hijos de Dios.


Bruno Mori  2018 –
 Traducción de Ernesto Baquer
  (//1 domingo cauresma  B 2018)

jeudi 15 février 2018

La suegra con fiebre – Mc. 1, 29-39


 ( 5° dom  ord. B )
                                                                          
El Evangelio de hoy nos presenta un día "típico" de Jesús: Jesús predica y cura. Son sus dos actividades principales.

El texto comienza con el relato de la curación de la suegra de Pedro que estaba en la cama con fiebre. Hay que tener presente que los evangelios son textos catequéticos escritos para incrementar la calidad de la fe de las primeras comunidades cristianas. Si los tres evangelios sinópticos, los tres, nos han dejado esta anécdota, significa que le atribuían una importancia simbólica y un valor espiritual que van más allá de una simple reseña periodística. Nos toca descubrir el mensaje que este breve relato nos quiere transmitir. Tratemos.

Mientras los Evangelios callan totalmente el estado civil de los otros apóstoles, este pasaje nos anuncia abiertamente que Simón Pedro era un hombre casado. El evangelio nos cuenta también que un tiempo antes, Simón y su hermano Andrés, que vivían de la pesca, de repente abandonan su profesión, dejando barca y redes en la orilla, para seguir a un tal Jesús de Nazaret que pensaban era el mesías esperado. Lo mismo sucedió con otros dos hermanos, Santiago y Juan (Mc 1,16-20). Y resulta que ahora los cuatro nuevos discípulos no tienen nada mejor que hacer que, invitarse, con Jesús, a casa de Simón Pedro, para festejar juntos su nueva carrera de "pescadores de hombres".

Podemos imaginar que podían pensar de todo eso las dos mujeres de la casa de Pedro que, de repente, se encontraron solas y abandonadas por aquel que era el único proveedor y sostén de la familia.

Entonces podremos comprender la fiebre de la suegra de Simón que, viuda desde hacía años, más experimentada y cautelosa que la joven esposa de Pedro, un poco ingenua e inocente, se inquiete y entre en pánico, tanto por su presente como por su futuro. Ella no consigue ni comprender ni aceptar el nuevo rumbo que la vida de su yerno tomó en los últimos tiempos. Podemos fácilmente imaginar la reacción al respecto que esta mujer debió tener: "Pero ¿se volvió loco, o qué? ¡Perdió la cabeza! ¡Cómo se puede ir detrás de este iluminado de Nazaret! ¿Qué le dio por ahí? ¡Pero es un irresponsable! ¡No puede hacernos algo así! ¡No somos ricos! ¿Cómo vamos a vivir? ¿Quién se ocupará de nosotros, de los niños, de la casa, del negocio? ¿Es que este vagabundo que se considera el mesías, nos va a dar de comer? ¿Le va a pagar un salario a Simón? ¡Me va a tocar a mí escuchar los chismes de los vecinos!: "Señora, ¿es verdad que su yerno dejó a su mujer  para irse con un hombre?"

Seguramente, la suegra de Pedro es una mujer que tiene los pies en la tierra. Piensa en las consecuencias económicas y sociales de la extraña decisión de Pedro. Considera la aparición de Jesús como una intrusión y una agresión a su vida y la de su familia. ¿Qué quiere ese hombre de nosotros? ¿Con qué derecho viene a arruinar y destrozar nuestra existencia, manipulando y perturbando el ánimo de estos pobres bobos influenciables, ignorantes e ingenuos?

No es de extrañar que la suegra, afectada en lo más profundo de su ser por esta prueba, haya caído enferma. Está muy encolerizada; arde de rabia por dentro. ¡Por eso tiene fiebre! Y cuando ve que los cuatro pescadores seducidos y hechizados por Jesús, se invitan a comer en su casa con el hechicero, eso es la gota que hace rebosar el vaso. No ve bien; no se tiene de pie y se esconde en su habitación so pretexto de estar enferma: "¡¡¡Que se las arreglen ellos solos, banda de locos!!! Si se piensan que les voy a hacer la comida… ¡¡¡ya pueden esperar!!!".

Pero Jesús, conocedor del alma humana y de la psicología femenina, comprende rápidamente la situación y capta inmediatamente el estado de ánimo de esa mujer. Va a verla y le habla. El Evangelio nos dice que "se le acercó y la tomó de la mano". Jesús comprendió que esa mujer, viuda desde joven, dolida y deprimida desde hacía tiempo por la soledad y la frustración que la agriaron, tenía una enorme necesidad de atención, ternura y amor.

Jesús había comprendido que su preocupación, la responsabilidad que sentía, la importancia que daba a su presencia en la casa y los problemas de su género, eran sólo una forma de compensación, una manera de llenar una carencia, un vacío y una insatisfacción profunda en su vida, causadas por no sentirse querida y apreciada como desearía en cuanto mujer y persona.

Ahora, en contacto con Jesús que se hace "próximo" a ella y que la toca con ternura, esa mujer puede descubrir que quizá aceptando, ella también, la presencia de ese hombre en su vida, podrá saciar su fe de afecto y realización personal.

Y así se deja tocar por Jesús, y su contacto la vacía de su cólera, la pone en pie, vuelve a encender en ella la confianza en la vida, hace desaparecer su fiebre, suscita en ella una nueva persona, hecha de ardor, energía, impulso, de ardiente deseo de acercarse y acompañar, ella también, a ese hombre, aceptando finalmente "servirlo".

¿Qué pasó? Pasó que, en contacto con Jesús, su mirada, su sonrisa, su empatía, su bondad, sus palabras, la energía de su persona, esa mujer acabó por ser hechizada y seducida ella también. Y esa fascinación la curó de su enfermedad, llevándola de la antipatía a la simpatía, de la aversión al afecto, de evitar y huir lejos de Jesús al deseo de vivir en su cercanía con la esperanza de poder revivir finalmente de nuevo, cerca de ese hombre y a la sombra de su extraordinaria personalidad.

De ese episodio también nosotros debemos aprender algo.

Muchos se detestan simplemente porque no se conocen, porque están centrados sobre sí mismos. Sólo se ven a sí mismos y su punto de vista. Se encierran en sus convicciones y sus prejuicios. Sólo sienten su propio dolor. No quieren escuchar ni dialogar.

Ciertamente, cuando se ha sido herido, es normal encerrarse: pero si nos quedamos encerrados en el resentimiento, en un silencio agrio, no hay salida posible, ni esperanza en un nuevo comienzo. No hay posibilidad de encuentro ni de acercamiento. Si permanecemos en el plano de la cólera, de la guerra, nunca resolveremos nada y, además, nos condenaremos nosotros mismos a una vida miserable, agria, sin impulso ni felicidad.

Pero si nos encontramos en el dolor, el diálogo, la simpatía y el perdón, caerán las razones del odio y el rencor. Entonces será posible una vida mejor, porque estará ennoblecida con la magnanimidad de la reconciliación, el perdón y la amistad conquistada y recuperada y con la grandeza de una persona que podrá comenzar una vida nueva mucho más humana y feliz.

¡Miren esta mujer! Mientras combata contra Jesús, él no podrá curarla. Pero cuando lo deje acercarse, cuando lo escuche; cuando los dos interlocutores busquen honesta, sinceramente y sin prejuicios comprender y captar las razones de sus comportamientos y divergencias, cuando logren darse la mano y tocarse el corazón, entonces, las distancias, los prejuicios, las diferencias, las divisiones, la hostilidad, desaparecerán. Las fiebres caerán. Las tormentas desaparecerán. Un sol más resplandeciendo vendrá a alegrar nuestra existencia.

Bruno Mori –  Montréal – febrero 2018
(Traducción de Ernesto Baquer)


samedi 10 février 2018

JESÚS Y LA SINAGOGA – Mc.1, 21-28


(4° dom ord. B)

Entre los judíos, la sinagoga era la institución oficial de la enseñanza religiosa. Era el símbolo de la doctrina y la ortodoxia religiosas, proclamada por maestros reconocidos, instituidos y patentados: los escribas. Era el lugar más alto de la proclamación de la Torah, de su explicación y su interpretación.

Jesús de Nazaret, por sus convicciones, originalidad de pensamiento y el carácter crítico y contestatario de su personalidad, estuvo siempre en conflictiva relación con la sinagoga. En los evangelios, cada vez que Jesús entra en una sinagoga, estalla la guerra. Es cuestionado. Expulsado. Condenado a muerte. Es una manera de decir que la visión religiosa de Jesús y la de los escribas son incompatibles.

Es que la sinagoga es una institución frecuentada por los "buenos" creyentes, los judíos piadosos bien integrados en el sistema religioso; por gente que acepta sin problemas los dogmas, respetan las reglas, siguen las leyes sin discutir, sin plantearse preguntas, a quienes sobre todo disgustan los cambios y que les vengan a perturbar sus creencias reconfortantes y muy instaladas.

Pero Jesús es el hombre libre y contestatario. Es un hombre de la calle, el vagabundo de Dios que no se deja apresar por ningún partido ni ideología. No pertenece a una clase. No es escriba, ni levita, ni sacerdote, ni clérigo, ni miembro de una jerarquía religiosa. Es un simple laico al que no consiguen encuadrar ni utilizar con ninguna norma, ninguna disposición de la religión oficial. Profesa una soberana libertad respecto a las restricciones y obligaciones de la religión oficial. Se siente autorizado a tener opiniones propias, a criticar a las autoridades, a infringir las reglas; a sublevarse contra la instrumentalización de la religión y las creencias en favor y beneficio del sistema religioso establecido; a encolerizarse contra los abusos del poder, la hipocresía de los dirigentes, el formalismo de la práctica cultual, lo grotesco de algunos comportamientos clericales.

Jesús detesta los títulos, las insignias del poder, las reverencias, los honores. Sólo acepta que la gente lo llame Rabbí, "Maestro", porque es consciente que es el único en proponer una enseñanza y poseer una palabra que abra a la verdad sobre uno mismo, sobre Dios y sobre el mundo y que de valor a los que lo escuchan.

El evangelista Marcos insiste sobre el hecho de que Jesús enseña con autoridad. Jesús no habla en nombre de otro, como hacían los escribas que tenían tras sí una larga tradición de intérpretes, que no hacían más que repetir el pensamiento de los maestros que les habían precedido. La enseñanza de los escribas es convencional, estereotipada, congelada, que no anima ni los cambios ni la apertura de espíritu. Para los escribas, el judío bueno y piadoso es el que se mantiene en la estabilidad de sus costumbres y mandatos religiosos, en el respeto a las tradiciones, en la sumisión a la Torah que manifiesta la voluntad de Dios.

Jesús, al contrario, habla de lo que tiene en el corazón. Su palabra expresa todo lo que él es, las convicciones y valores que lo sustentan. Comunica su pensamiento, el fruto de su reflexión, el resultado de su oración y su contemplación, su visión interior, su experiencia íntima de Dios. En su palabra él mismo se entrega. Jesús sabe que su palabra es suya, cierto, pero que también es el eco de otra Palabra escuchada y recogida en la profundidad de su experiencia de Dios: "Mi palabra no es mía, sino la del Padre que me envió".

Por eso su palabra es nueva, original, desestabilizadora, revolucionaria. Impulsa a la conversión, la transformación, la renovación. Abre nuevos horizontes. Señala nuevos caminos. Por eso su palabra golpea, sacude, trastoca, sorprende, maravilla, fascina, siempre hace reaccionar a los que lo escuchan sin haber tomado partido. A nadie deja indiferente. Es una palabra que “importa”, porque nos “aporta”, no verdades que creer, sino una nueva visión de la Realidad que hace posible otra manera de vivir, más libre, más «valorizante», más serena y, por tanto finalmente más humana y completa.

El Dios que predica la Sinagoga es un Dios viejo, gruñón, triste, exigente, que busca gente sumisa y devota; que hace depender la “salvación” de la virtud, la moral, la fidelidad, la obediencia, las normas; que parece ligar su benevolencia a las virtudes, los méritos, la “justicia” de sus adoradores, es decir a la honorabilidad que cada uno se construya a los ojos de Dios y de los hombres.

Al contrario, el Dios de Jesús es un Dios joven, travieso, aventurero, que ama los desafíos, las aventuras, los viajes, descubrir nuevos países, contemplar nuevos paisajes. Ama a la gente que se mueve, experimenta, busca, evoluciona, progresa, reacciona, se opone, discute, se equivoca, festeja, danza, ama…

El Dios de Jesús es un Dios al que no le gusta ver a la gente bloquearse, congelarse, inmovilizarse al borde del camino, mirar continuamente atrás, tener miedo de avanzar, ver en todo el peligro y el mal, parapetarse detrás de los muros de su vieja casa, para pasar la vida sin historias ni agitación, pero que es, inevitablemente también, una vida chata, sin aliento, progreso ni interés.

El Dios de los escribas es un Dios al que temer, cuyos favores y protección hay que comprar al precio de sacrificios y un cumplimiento escrupuloso de su voluntad, explicitada en una infinidad de normas que terminan por ahogar al practicante piadoso, haciéndole la vida imposible. El Dios de Jesús, al contrario, es un Dios que no exige nada, es siempre el primero que da; que da sin contar, que da a todos sin diferencias ni preferencias y del que todos recibimos, con una generosidad y largueza desbordantes, "gracia sobre gracia".

En definitiva, es una concepción totalmente diferente de Dios lo que opone la enseñanza de la sinagoga y la del Maestro de Nazaret. En la sinagoga, estamos para un Dios que nos aplasta con sus exigencias. En la doctrina de Jesús, Dios está para liberarnos de nuestros miedos, haciéndonos crecer en la confianza amorosa de su presencia. En la sinagoga Dios necesita de nosotros (nuestra sumisión, nuestra fe, nuestra adoración, nuestro culto) para ser Dios y para sentirse Dios. En la enseñanza de Jesús los hombres necesitamos de Dios para ser más humanos y conocer la fuente de su verdadero ser y su auténtica felicidad.

De suerte que no hay gran cosa en común entre la sinagoga y Jesús. La palabra de Jesús introduce el germen de un fermento y una revolución que un día harán estallar el viejo sistema religioso judío. Jesús viene a echar por tierra las viejas referencias y a producir nuevas. Muchos piadosos judíos se sintieron totalmente desestabilizados y desorientados ante la originalidad y la carga contestataria de la doctrina del Maestro de Nazaret. Así lo constata Marcos, al poner en boca del hombre en la sinagoga, atormentado por los malos espíritus de la escrupulosa y formal observancia de la Torah, que los muchos años de práctica lo volvieron más enfermo y atormentado: "¿Qué quieres de nosotros, Jesús de Nazaret? ¿has venido para destruirnos?"

 Habrá que esperar que este hombre, en contacto con la persona de Jesús y abriéndose a su palabra, sea capaz de liberarse de todos los condicionamientos de su antigua educación, de todas las falsas ideas que le inculcaron, las falsas creencias que acumuló, para que recupere su libertad y su verdadera identidad. Ciertamente, para este hombre, el trabajo de reestructuración y liberación no habrá sido una tarea fácil. Fue sacudido violentamente, sufrió, dio grandes gritos. Padeció un desgarro interior extremadamente estresante. Pero es el precio que este tipo de personas ha de pagar para su curación interior y para renacer a una nueva forma de vida.


 Bruno  Mori  -  enero  2018

Traducción de Ernesto Baquer

mardi 30 janvier 2018

ESAS MIRADAS SOBRE NOSOTROS...- Jn 1,35-42


(  2o dom. ord. B - 2018)


1. Miradas sobre nosotros 

En este pasaje del evangelio de Juan, todavía percibimos la emoción del primer encentro del discípulo que Jesús amaba, con su Maestro; un recuerdo que permaneció grabado en su memoria.
En este texto, escrito mucho tiempo después del suceso, todavía asistimos hoy a ese cruce de miradas que tanto debió impresionar al discípulo; juego de miradas cargadas de sorpresa, admiración, simpatía y amistad que tuvieron como efecto de cambiar las personas para siempre. El Bautista y dos de sus discípulos fijaron su mirada en Jesús que se aproxima. Éste se vuelve y los mira. Los discípulos le miran y le preguntan dónde habita El Maestro les invita porque vengan ver su hogar. Los discípulos le siguen, ven y se quedan con el ese día y todos los demás de su existencia.

Hay como una invitación, no a evitar o ignorar las miradas de los demás, como hacemos habitualmente, sino a captarlas, dejarse afectar y penetrar por ellas. Porque, si es verdad que hay miradas mortíferas que nos juzgan, nos rebajan, nos condenan, hay también otras que nos salvan, nos curan, nos liberan, nos hacen revivir, nos dan alas, porque crean confianza, nos hacen descubrir que somos seres extraordinarios, hermosos, amables y amados; y que entonces colman nuestra existencia de satisfacción  y felicidad.

2. Miradas que nos quiebran
Hoy, quiero reflexionar sobre la importancia y la ambivalencia de esas miradas que, a lo largo de nuestra existencia, se posan sobre nosotros.

Es un hecho que frecuentemente tenemos la impresión de que todo el mundo nos mira, observa, vigila, y este fenómeno causa en nosotros embarazo, nerviosismo, desazón   y perturbación. Este malestar entraña un sentimiento de inseguridad que, en algunos casos, puede transformarse en timidez, miedo, ansiedad y culpabilidad crónicas, incluso degenerar en "fobia social".

Sin llegar a esos extremos, es verdad que habitualmente, damos gran importancia a la manera cómo nos miran los demás. Tenemos miedo a ser juzgados, a que se rían de nosotros, a no mostrar nuestra mejor imagen. Las razones para temer la mirada de los demás son múltiples. Con frecuencia se remontan a nuestra infancia, a una educación severa y rígida; a un contexto familiar difícil, a padres autoritarios, exigentes, siempre insatisfechos de nuestros resultados; personas que nos han quebrado, mortificado, oprimido, que no han confiado en nosotros, que no han impulsado el desarrollo de la estima en nosotros y nuestras capacidades.

La sociedad en la que vivimos y que valora casi exclusivamente los resultados, la competición, la excelencia, el éxito, puede también tener su impacto negativo, sobre la percepción y la apreciación que tenemos de nosotros mismos. A la larga, esa mirada negativa y exigente nos pesa en el día a día: es estresante, nos impide relajarnos, ser plenamente nosotros mismos, hacer lo que amamos realmente, realizarnos según nuestros deseos y nuestros sueños y encontrar nuestro verdadero lugar en la sociedad.

Pero ¿es realmente razonable atribuir semejante importancia a la mirada de los otros? ¿Tenemos razón de pensar que los otros nos miran con hostilidad y nos juzgan con dureza? ¿Esta impresión tiene fundamento real, corresponde a la verdad y a la realidad? ¿O podría ser un producto de nuestra imaginación o una proyección de nuestros miedos y nuestra profunda inseguridad?

Si tal vez la mirada de los otros, al cruzarse con la nuestra, se detiene fugazmente en nosotros ¿por qué suponer que es para juzgarnos, criticarnos o condenarnos, y no más bien porque han sido agradablemente sorprendidos por los rasgos placenteros y singulares de nuestra personalidad?

Entonces, en lugar de tener miedo a la mirada de los demás, ¿no podríamos desarrollar una actitud y un acercamiento más positivo y benevolente y pensar que, si hay gente que nos mira, quizá es porque nos encuentran simpáticos y para indicarnos que el camino que lleva a su corazón está abierto a un posible intercambio de amistad, colaboración y, por qué no,  amor?
Es precisamente el camino que este texto del evangelio nos invita a emprender.

3. Miradas que nos recomponen

Si, por un lado, es verdad que nos inclinamos a temer la mirada de los demás, por otro lado, es verdad también que detestamos el anonimato y que sentimos una necesidad visceral de que nos miren con interés, admiración y simpatía. ¡Qué sufrimiento en nuestra vida nos sentimos invisibles e insignificantes! ¡Qué decepción y que golpe a nuestro ego, cuando en una fiesta con amigos, en una reunión con colegas de trabajo, en un acontecimiento social, nadie parece darse cuenta de nuestra presencia!

¡Qué suplicio también en nuestra vida profesional, cuando nuestras cualidades, talentos, competencias no son consideradas ni apreciadas en su justo valor! ¡Qué tristeza en la vida de una pareja cuando la presencia del otro se considera como algo adquirido y ni se nota su deseo de atención y de ternura! Todos queremos ser mirados, reconocidos, acogidos y amados, a fin de poder aceptarnos, ser felices, y dar plenitud y sentido a nuestra existencia.

Por otra parte, todos sabemos de qué son capaces ciertos individuos para obtener un minuto de celebridad en la TV, YouTube, Facebook, Instagram u otras redes sociales. Hay gente que está dispuesta a desparramar y dispersar por dondequiera los valores más sagrados, los sentimientos más nobles e incluso partes enteras de su vida personal e íntima, para romper la barrera del anonimato. ¿Por qué? Porque si nadie me ve, si nadie se fija en mí, si nadie me nota, si nadie me descubre, si nadie oye hablar de mí…. no valgo nada, no soy nada, no existo.

Sin embargo, nunca debemos olvidar que el valor y la cualidad de nuestra persona jamás son medidas por la mirada de otro, sino únicamente por el valor y la cualidad de nuestra propia mirada. Valemos y somos lo que vale y es nuestra mirada. La mirada no traiciona y no miente nunca. Es un libro abierto sobre el estado de nuestra alma. Dice siempre la verdad sobre lo que somos, sobre nuestras intenciones y sentimientos. Nuestra mirada es el reflejo y el espejo de nuestra alma, capaz de desvelar las zonas más misteriosas y las más secretas de nuestra persona.

Y así, si hay miradas vacías, apagadas, huidizas, indiferentes, ausentes, duras, agresivas, celosas, odiosas, provocadoras, malvadas... Hay, en cambio, otras que son como una ventana de cielo abierta sobre la tierra, a tal punto son claras, puras, luminosas, inspiradoras, irradiando bondad, dulzura, benevolencia, alegría, ternura y amor. Esas miradas de cielo deslumbran, cautivan, fascinan, seducen. Es el tipo de mirada en la que a uno le gustaría envolverse y perderse. Pienso que es esa mirada la que los discípulos percibieron en los ojos de Jesús. Estoy convencido que fue a causa de esa mirada "divina" descubierta en el rostro de Jesús, si abandonaron su vida precedente, para aventurarse detrás de él. La vida cotidiana puede ser banal, insignificante e insípida cuando alguien ha descubierto un rincón de paraíso donde quedarse para siempre

4. Miradas que hacen vivir

Finalmente, si en nuestra existencia todos necesitamos sentir una mirada sobre nosotros, no queremos sin embargo que sea cualquier mirada. Necesitamos que alguien nos mire y se fije en nosotros como Jesús miró y se fijó en Pedro (Jn 2,42).

Necesitamos una mirada que no se quede en el exterior, sino que sea capaz de penetrar en nosotros y de ver lo que somos en realidad en las profundidades de nuestra alma. Queremos una mirada que nos acepte tal como somos, con nuestro lote de bien y de mal, con nuestras zonas de luz y de sombras.

Queremos una mirada que se pose sobre nosotros y nos acoja sin desdén, sin lástima, sin miedo, sin cálculo, sin condiciones. Queremos una mirada que nos acepte y nos quiera tal como somos, que se complazca incluso al descubrir la pesadez de nuestra existencia tejida con frecuencia con los hilos apretados de nuestras mediocridades, mezquindades y de nuestros errores y faltas, que sin embargo se entrelazan también y siempre con la trama de tantos gestos de bondad, altruismo, generosidad, gentileza y amor que acabaron haciendo de nosotros los magníficos ejemplares de humanidad, trabajados por las vicisitudes de la existencia, en  los que nos hemos finalmente convertidos.

Entonces, ¿cuál es la calidad de nuestra mirada? Jesús pedía a sus discípulos adoptar los ojos de Dios, su Dios, que rodea a todas sus criaturas con una mirada de bondad, misericordia, ternura y amor. Fue la mirada amorosa de Jesús la que sondeó las profundidades del corazón de Simón y vio y creyó en el potencial de fuego, fidelidad, y sensibilidad que ese hombre poseía, junto a todos sus defectos. Fue la mirada de Jesús la que transformó al rudo e insatisfecho pescador de Galilea en esa piedra inquebrantable sobre la cual pudo apoyarse y desarrollarse el sueño del profeta de Nazaret.

Como Juan, Simón y Andrés, los cristianos modernos necesitamos esa mirada de amor capaz de sacar a luz lo mejor que hay en nosotros, y que nos ayude a percibir nuestro rostro verdadero a través de las apariencias desfiguradas producidas por los combates y las heridas de la vida.
¿Qué tal si nosotros también acompañaríamos a los discípulos para ir a ver dónde el Maestro habita?
     
Bruno Mori – Montreal,  Enero 2018

Traducción de Ernesto Baquer







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jeudi 28 décembre 2017

La Navidad o un Dios que nace de la fragilidad de los seres


(Ensayo de interpretación postmoderna del cuento navideño)

1. “Vayamos a ver el gran acontecimiento que Dios quiere que conozcamos” (Lc. 2,15)

La historia evolutiva del Universo ha llevado a los humanos a la auto-consciencia. Por escapar de la angustia causada por la toma de conciencia de nuestra finitud, vulnerabilidad y por el carácter inevitablemente transitorio de nuestra existencia, los Hombres inventaron los dioses, sobre quienes proyectaron sus deseos de poder, seguridad y vida. Y a esos dioses construidos a medida de nuestras carencias, los humanos confiaron la tarea de colmarlos.

Concebidos por la inquietud y el miedo humanos, imaginamos los dioses a semejanza de los héroes de ciencia ficción, en films y dibujos animados: Entidades super-poderosas fuera y más allá de nuestro mundo, dotadas de cualidades super humanas, sobrenaturales y extraordinarias que utilizan no sólo para liberar a los humanos de los peligros a los que estamos expuestos sin cesar , sino  también para protegernos y asegurarnos una calidad de vida satisfactoria a cambio de nuestra adoración y sumisión.

El hombre religioso (homo religiosus), al inventar a los dioses y buscar domesticarlos, ablandarlos y relacionarse con ellos (por un progreso sicológicamente comprensible y mimético) los transformó en prototipos y modelos de su propio comportamiento.

Desde la invención de sus “dioses”, y para superar sus propios límites, el “hombre religioso” siempre fue tentado a apropiarse de las facultades y poderes que les había atribuido, en una loca pretensión de llegar a ser como ellos. Es la tentación de la desmesura, el orgullo y la estupidez humana tratando de rivalizar con el poder y la grandeza de la divinidad.

Llegar a ser como dios o convertirse en dios, ha sido siempre el sueño loco de la precariedad humana en busca de gratificaciones y seguridades. Sin embargo, para ser como dios, el humano debió elevarse sobre los demás, ser superior a los demás, más grande, importante y poderoso que los demás. Tuvo que someter a los demás. En otras palabras, el hombre tuvo que renunciar a ser simplemente humano, tuvo que “deshumanizarse”. De ahí la aparición en el mundo de los hombres del fenómeno de la “violencia” (hybris), bajo todas sus formas (poder, confrontación, dominio, opresión, odio, guerra…), lo que las religiones, desde su origen han llamado tradicionalmente “pecado”, responsable de todos los desastres y sacrificios v de la humanidad.

Por tanto, si de parte del hombre, la búsqueda compulsiva de su “divinización” se ha convertido en fuente interminable de desgracias, Jesús de Nazaret ha sido, por su parte, uno de los primeros distinguidos pensadores de la humanidad que comprendió y enseñó que el secreto de la salvación y la felicidad del hombre no estaba en su “divinización”, sino en su “humanización”, y en la eliminación de las causas de la “violencia”. Esto comportaba necesariamente la curación de los procesos sicológicos angustiantes (miedo, ansias de seguridad, búsqueda de poder, de superioridad, de gratificación, de éxito…) suscitados en el hombre por su finitud y su falsa percepción de Dios. El Nazareno comprendió que si seguíamos percibiendo a Dios como grandeza, potencia, superioridad y poder que domina, en el mundo la violencia sería inevitable y la humanidad abocada a un miserable destino.

Todo el valor y la novedad de la predicación de Jesús, consisten entonces en la propuesta de una nueva imagen de Dios, que está en las antípodas de la de los hombres y sus religiones. El nuevo Dios anunciado por Jesús es totalmente otro, diferente, opuesto y en contradicción con los dioses antiguos. Podríamos decir que, comparado y confrontado con el dios de las religiones, el Dios de Jesús aparece como un “anti-Dios”, como una Entidad  ue nunca se manifiesta como grandeza, poder, autoridad y potencia que manda, somete y exige; sino siempre como pequeñez, delicadeza,  debilidad, impotencia y acogida benevolente. El anti-Dios de Jesús se presenta esencialmente como una forma misteriosa de Amor que se revela y actúa únicamente allí donde hay pérdida, insuficiencia, debilidad, imperfección, para colmar la falta, sostener la debilidad, enriquecer la pobreza, perfeccionar, desencadenar evolución, infundir energía, vigor y vida a todo lo que se marchita, se degrada y sufre bajo el peso de la inevitable pesadez y finitud de su ser.

Entonces, para el profeta de Nazaret, lo que las religiones llaman "Dios", es en realidad, esa Energía Primordial y Benévola, que sólo existe y se manifiesta en el Universo para llenar el vacío, suplir las carencias, producir relación, integralidad, plenitud, complejidad evolutiva en las criaturas que releve continuamente de sus límites, para que en ellas pueda emerger una cualidad superior de ser.
Pero hay más: para Jesús, Dios parece ser igualmente una energía que se desactiva y cesa de operar en los humanos cada vez que éstos, con una actitud de orgullo arrogante y estúpido, están convencidos de ser ricos por sí, es decir, de haber alcanzado la plena configuración o la plenitud de su naturaleza. "Dios colma de bienes a los hambrientos, pero despide a los ricos con las manos vacías" (lc 1,53).


2 - Fueron y encontraron un niño recién nacido acostado en un pesebre para animales (Lc 2,16)

Esta nueva manera de concebir a Dios nos permite comprender mejor, por un lado por qué el mito cristiano de Navidad ubica la presencia y la acción de Dios allí donde hay nacimiento, pequeñez, impotencia, pobreza, penuria de ser, simbolizados por el Niño-Dios del pesebre. Y por otro lado, nos permite captar mejor por qué Jesús se refiere siempre a la Realidad Última con el evocador nombre de "Padre". Un apelativo que comporta, en efecto, una semántica ligada al origen, la generación, el nacimiento, el surgir, el crecimiento y la realización, al cuidado, al amor del ser, allí donde antes no había o no lo suficiente. Características que, para el Nazareno, son típicas de la naturaleza de su Dios.

Navidad se convierte entonces en un magnífico cuento cristiano, lleno de poesía y misterio que sirve para ilustrar el misterio de la presencia amorosa del Divino en nuestro mundo y en la vida de los hombres y también para hacernos comprender la naturaleza única del Dios de Jesús.       
La historia de Navidad cuenta que un día una Energía, un Soplo, un Espíritu "divino" tomó cuerpo, carne, visibilidad en nuestro mundo, presentándose con los rasgos de un niño recién nacido. No un niño nacido en un palacio real, sino un niño de una humilde pareja de aldeanos, pobres y sin alojamiento. Un ser desnudo, desposeído de toda ostentación de poder y grandeza, vestido sólo con su encanto, su fragilidad, instaurado  en la dependencia y la necesidad más radical.
Navidad nos dice que allí donde un niño de hombre así existe, allí también está el lugar de la presencia y la manifestación de Dios. De ahí por qué la historia de Navidad nos cuenta que el Dios de Jesús no frecuenta los grandes y poderosos de este mundo. No frecuenta el lujo del palacio de Herodes, ni la fastuosidad del Templo de Jerusalén, con las solemnidades de su culto. Sobre todo, no está en las manifestaciones del poder, sea laico o clerical, ni en los proyectos y codicias de los ricos y poderosos de este mundo.

La fiesta de Navidad, entonces, es una conmovedora catequesis sobre la naturaleza del Dios de Jesús. Ilustra en el lenguaje lírico e imaginario de la fábula, por qué ese Dios está presente esencialmente en nuestro mundo como Fuerza y Espíritu de Vida, alegría, perfeccionamiento, curación, compasión y amor, que se manifiestan y activan en el encuentro con la indigencia y el sufrimiento de sus criaturas.

Por eso, en la historia de Navidad, Dios se hace presente en una choza, un establo, en la paja, en la desnudez y la pobreza. Está con pastores, bandidos, excluidos, perseguidos. Allí donde la naturaleza humana está atormentada y doblegada bajo la presión de la explotación y la violencia, bajo el peso de su miseria y su maldad. Dios está en los campos de refugiados de Libia, Siria, Líbano, Myanmar. Está en los niños desnudos, que lloran, sufren, tienen hambre, que están sin cuidados, sin instrucción, sin casa, sin padres, sin patria, sin seguridad, sin futuro, sin esperanza, sin amor.


3-"… Y abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos de oro, incienso y mirra. .." (Mt 2,11)

Cada año, la fiesta de Navidad viene a recordarnos que el Dios de Jesús está siempre donde resuena el grito de la desgracia humana que espera el regalo de nuestro bondad y la intervención de nuestro amor. Navidad nos dice que Dios está allí donde hay seres que necesitan el don de nuestra atención, nuestra simpatía, nuestra ayuda, nuestra acción cariñosa y fraternal. Navidad nos dice que allí donde hay alguien débil, desprovisto, despreciado, desamparado, amenazado, oprimido, abandonado; sin pan, sin casa, sin trabajo, sin respeto, sin consideración, sin reputación, sin medios, sin libertad, sin derechos… allí también está el Dios de Jesús: "Tuve hambre… tuve sed… Era extranjero… desnudo, en prisión, y ustedes me socorrieron" (Mt.25,31-45).

La fiesta de Navidad se constituye así en un grito, un anhelo, una invocación de paz, dirigida a los grandes de este mundo para recordarles la urgencia de cesar el enfrentamiento y la violencia. Cada año, Navidad llega para suplicar a los grandes de este mundo que sigan siendo humanos, que acepten ser sólo humanos y que renuncien a la loca pretensión de querer ser todopoderosos, superiores, y a apropiarse, como su fueran dioses, el poder de vida y muerte sobre el resto de la humanidad.

La fiesta de Navidad viene a decirnos que toda búsqueda de grandeza, superioridad y poder que deshumaniza a sus buscadores; que rebaja, humilla, oprime, debilita y hace sufrir a nuestros hermanos humanos, es y debe ser descalificada y barrida por siempre jamás. Navidad existe para que un día todos los pobres, débiles y pequeños puedan llegar a alcanzar la talla de la grandeza espiritual y la dignidad humana que Dios les ha reservado desde siempre.

Natividad está aquí para recordarnos que, de acuerdo con la dinámica del Universo que nos ha producido, nuestros seres humanos adquieren valor y significado solo si se convierten en el vehículo de un regalo divino de amor y bondad que perfecciona y salva; y si, por lo tanto, nuestra existencia es dada gratuitamente y generosamente para actuar y perfeccionar la felicidad de otras criaturas. "Quien quiere mantener su vida exclusivamente para sí mismo, la pierde; pero el que acepta entregarla como un regalo continuamente ofrecido a quienes lo necesitan, la preservará por la eternidad "(Mc 8,35, Lc 17,33, Jn 12,25).

Navidad es en definitiva una magnífica historia sobre el Dios de Jesús de Nazaret. Un Dios que se convierte, para cada uno de nosotros, no en el prototipo de un poder y una grandeza obtenidos a cualquier precio, sino la presencia íntima de un Amor que viene a dar sentido, valor, belleza, vitalidad, dignidad y gracia a nuestra pequeñez y nuestra fragilidad.

La historia de Natividad trata de hacernos comprender que el Dios de Jesús es esta Bondad Creativa, esta Energía Original que pulsa en el corazón del cuerpo del Universo y en el corazón de cada ser humano, para abrirlo y sensibilizarlo a la belleza del Todo y el valor de cada una de sus partes. Por lo tanto, este Dios, Realidad Última, nos permite aceptar nuestras insatisfacciones, nuestras frustraciones y nuestros límites; reconciliarnos con nuestras fallas y nuestras culpas; consentir al carácter finito y efímero de nuestra existencia, como a una célula indispensable de un cuerpo divino; pero una célula que tiene para ella una declaración de amor, una certeza de plenitud y una promesa de eternidad.

En Navidad, este Dios de Jesús, Bondad creativa, Energía Originaria de amor, que pulsa el corazón del universo y el de cada humano, nos abre a la belleza del Todo y al valor de cada una de sus partes. Y así, este Dios nos permite dominar nuestras insatisfacciones y frustraciones: de reconciliarnos con nuestros defectos y faltas, de aceptar el carácter efímero de nuestra existencia, siendo, a pesar de todo una sorprendente y emocionante declaración de amor que incluye la certeza  de la realización y la promesa de la eternidad.

El niñito de Belén constituye entonces el símbolo más sorprendente, tanto de nuestra condición humana como de las condiciones que realizan y encarnan la presencia del divino en nuestro mundo: el amor que sale al encuentro de la miseria humana. Niños, sólo el amor que hemos recibido nos ha permitido vivir. Adultos, sólo el amor que demos, nos realizará, y salvará al mundo.

Si en los evangelios Jesús podía afirmar que todo niño es capaz de contemplar el rostro de Dios (Mt 18,1-5), es tan solo porque estaba convencido que la presencia de Dios no puede ser percibida más que en el rostro de todo hijo de hombre capaz de confiar en la bondad del mundo y de abandonar su finitud y su debilidad entre las manos de las fuerzas divino-humanas del amor.

Al tomar conciencia de este Amor Último, que se encarna en nuestra pequeñez para superar las carencias y curar las heridas de los hombres, es como cada cristiano puede recibir la revelación de lo divino y mirar con esperanza y ternura al humilde pesebre de Belén donde el cuento de Navidad ha depositado la presencia  de Dios en nuestro mundo.


Bruno Mori 
 (Montréal 7 diciembre 2017)
Traducción de Ernesto Baquer