vendredi 25 janvier 2019

BODAS EN CANA, BODAS SIN AMOR - Jn. 2



(2° Dom. ord.  C )

En verdad es una extraña anécdota la de las bodas de Caná, que el Evangelio de Juan coloca al comienzo de la vida pública de Jesús. Cuenta que el Maestro realizó el primer “signo” de su actividad mesiánica, cambiando seiscientos litros de agua en otros tantos de un vino de primera clase para hacer posible la borrachera más grande de la historia.

Para componer este relato de boda, probablemente el autor se sirvió del recuerdo de hechos reales, todavía bien vivos en la memoria colectiva de la comunidad cristiana de fines del siglo primero. Recuerdos que conservaban el eco de un Jesús, que lejos de ser un asceta, disfrutaba comer y beber y que, cuando tenía oportunidad, participaba con alegría de los placeres de la francachela y la desmesura, típicas de los banquetes de boda propios de su época.

Sea lo que sea, el valor de este texto de las bodas de Caná, no hay que buscarlo en los hechos narrados, repletos de inverosimilitudes, sino en el mensaje y la buena nueva que nos quiere transmitir su simbolismo. Porque no se trata del informe de un hecho histórico, sino de un texto exclusivamente catequético.

Hay que recordar que, en los libros proféticos de la Biblia (Oseas, Isaías), el matrimonio es un cliché (una figura) utilizada con frecuencia para significar la alianza entre Dios y su pueblo. En diversos momentos, los profetas comparan a Dios con un esposo y al pueblo judío con una esposa que juntos viven una historia de amor, a veces bellísima, pero más a menudo difícil y atormentada.
También en los evangelios, el banquete de bodas es figura de los nuevos tiempos mesiánicos y de una nueva forma de relación amorosa entre Dios y los hombres, inaugurada por la presencia de Jesús y que los evangelios identifican con el “reino de los cielos” entre nosotros.

Es precisamente esta nueva alianza con una mejor calidad de relaciones amorosas entre Dios y el hombre, lo que el relato de las bodas de Caná, quiere poner en relieve, al narrar la extraordinaria abundancia del vino y su calidad exquisita, que, gracias a Jesús, alegran y festejan de corazón los invitados. La calidad y la fuerza de ese vino es el símbolo de la calidad y la fuerza del amor que, en la comunidad de los discípulos de Jesús, pueblo de la nueva alianza, caracterizará, en adelante, la relación con Dios y con sus hermanos.

Con este relato, el evangelista Juan quiere hacer comprender a los cristianos, de su época y también a nosotros, cuan diferentes y mejores son ahora nuestras relaciones con Dios, no como las antiguas, establecidas en una relación de miedo, sumisión, obligaciones, no en la observancia exterior de leyes, normas, prescripciones, prohibiciones, ritos, que dejan a los creyentes vacíos y fríos, sino en la confianza y el amor gratuito de un Dios Padre-Madre que ama siempre, con un amor sin medida y sin condiciones.

Juan, a través de los diferentes detalles del relato, quiere construir un escenario que sirva para visualizar una realidad espiritual y religiosa: el hecho de que la antigua alianza entre Dios y su pueblo había sido una relación donde el amor jamás había conseguido ser recíproco. Era un matrimonio que cojeaba de una pata y donde se sucedían las infidelidades. Donde la relación era dura, fría, vacía, como los seis recipientes enormes de las abluciones rituales, colocados, no se sabe por qué, en el patio de los esposos, pero que ya no sirven para nada y que no lavan ni purifican a nadie.

Eso significa señalar su inutilidad, la insignificancia de la religión antigua para hacer a la gente mejor y más feliz. El vacío de la antigua religión debía ser llenado por algo nuevo, infundido con un nuevo espíritu, adquirida una nueva alma. La vieja religión no tenía sabor, ni atracción: era como agua quieta, desabrida, sin gusto, sin color, tediosa, que la gente bebía por costumbre o por necesidad, pero que no conseguía satisfacer de verdad su sed de sentido, de sensaciones interiores más verdaderas, más satisfactorias más fuertes y de una felicidad más completa.

Para que la cosa cambie, para que el placer, la alegría, la exaltación y el éxtasis vuelvan de nuevo a la fiesta, hay que reemplazar las ánforas de la religión vieja por las ánforas nuevas, repletas hasta el borde, no de agua insípida, sino del vino embriagador del amor.

En el relato, la tarea de advertir a los invitados sobre la carencia existencial en la que se encuentran, está confiada a la Madre de Jesús, es decir a la que estaba allí antes que él y que, por tanto, representa el régimen de la antigua alianza o la vieja religión de la Ley mosaica. La madre corre angustiada a su hijo, consciente de la urgencia y la gravedad de la situación. Casi con pánico clama que ya no hay más vino, es decir que ya no hay ni un poco de amor en ese matrimonio, ni en nuestra religión, ni en nuestros corazones de practicantes… y que hay que hacer algo. Por eso el evangelista imagina a María corriendo a Jesús porque sabe que él es el hombre del momento (enviado por Dios) capaz de salvar la boda y de llenar la carencia con una abundancia desbordante.

Sólo hará falta, a ejemplo de los servidores del relato, escuchar a Jesús, seguirlo, dejarse tocar y dirigir por él, beber de su vino, dejarse llenar de su espíritu… “Hacer todo lo que él nos diga”, y se reanudará la fiesta, se alegrarán los corazones de los convidados, y, en las bodas de la nueva alianza, estallará el amor para construir la felicidad de los hombres y la alegría de Dios.

Para Juan, será Jesús, en adelante, quien llenará las ánforas de piedra dura y fría de la antigua relación religiosa, vacía, triste y culpabilizadora, con el vino mucho más embriagador y regocijante del amor. Con este relato, Juan quiere subrayar el hecho de que Jesús ha venido a inaugurar y realizar una nueva forma o un nuevo estilo de relaciones amorosas con Dios. Al decirnos que Dios es padre-madre, amigo, amor en nosotros, amor en todas partes fuera de nosotros: amor que ama de forma absoluta e incondicional. Jesús inaugura una nueva relación íntima y nupcial con Dios. Una relación donde el Espíritu de Dios penetra y anima al hombre y donde el hombre reposa y se abandona como un niño, en los brazos de un Dios amante, en un movimiento de total confianza y abandono, y donde el amor que lo anima no tendrá ninguna dificultad en hacer “todo lo que Dios le diga”.

Bruno Mori - Enero 2019.
Traducción de Ernesto Baquer

vendredi 4 janvier 2019

LA ALEGRIA DE MARIA Y DE ISABEL - Lucas 1, 39-45


(4º Adviento B)



El último domingo recordamos que la razón de la alegría cristiana proviene de creer que el mundo está impregnado de la presencia y la acción de Dios: estamos convencidos, como discípulos cristianos del Maestro de Nazaret, que Dios está con nosotros; que forma parte de nuestro mundo; que se ha encarnado en nuestras vidas, que nos ama y acoge sin condiciones. ¿Cómo estar angustiados, asustados, tristes, cuando tenemos la certeza de que Dios está con nosotros, presente en nuestras vidas?
¡Estamos en vísperas de Navidad! Muchos de nosotros quizá hemos concluido la carrera por almacenes, comestibles, regalos, para la cena de Navidad. Comprando, quizá pensamos en las razones del embalaje festivo que nos propone la sociedad. Según toda la publicidad ¿qué debemos hacer para pasar una Feliz Navidad? Tenemos que gastar, comprar, tener. La sociedad de consumo en que vivimos nos dice: “Cuántos más regalos tengamos, más cosas que comer, más exquisita la cena, más adornos e iluminarias en nuestra casa, más imponente y lleno de regalos el árbol, más dichosos, felices, seremos”.
Ninguna mención al misterio de un Dios que se acerca al hombre, que viene, que está presente. En lugar suyo, por todas partes, la figura idiota de ese papá Noel grotesco e insípido, inventado exprés para la industria del consumo, para hacer olvidar la Navidad cristiana. Sin embargo, ese Noel pagano, está lejos de producir alegría y fiesta de verdad. Nunca conseguirá tocar verdaderamente nuestro corazón y producir el bien. Ese derroche de consumo produce todo lo contrario: provoca desilusión, insatisfacción, fatiga, malestar, indigestiones y soledad. Es una Navidad frecuentemente llena de aburrimiento, tristeza… y de injusticias.
Además, ¿cuántos son los que pueden permitirse toda esa abundancia que la sociedad moderna de consumo presenta como necesaria para la felicidad de Navidad? Si la Navidad es hermosa, sólo porque vivo en la abundancia y la profusión, ¿qué sentido puede tener para los pobres, los refugiados, los sin techo, las personas solas, los enfermos en un lecho de hospital? ¿Ellos no tendrán Navidad?
Como podemos constatar, la Navidad propuesta por la sociedad de consumo, es sólo una fiesta inventada por los ricos y para los ricos. Es una Navidad que discrimina, una Navidad injusta, una Navidad que excluye de la fiesta y de la alegría a los menos afortunados, aunque sean los más necesitados de alegría y de felicidad. Ante una Navidad pagana, los pobres sólamente pueden sentirse tristes y desgraciados.
¡Veamos entonces el evangelio de hoy! Un hermoso relato que nos permite descubrir el verdadero sentido de Navidad. El encuentro de María con su prima Isabel, embarazada de Juan, es un grito de júbilo, de asombro y de reconocimiento. Hasta el niño en el seno de Isabel se mueve y danza de alegría. Isabel, una mujer anciana que ve inopinada y milagrosamente realizado su sueño de maternidad, felicita a su joven prima María porque también ella ha sido visitada por Dios. ¿Por qué esas mujeres viven en ese estado de euforia y exaltación? Porque llevan en sus entrañas la prueba y la certeza de que algo extraordinario está por pasar en su mundo. Porque creen que el mundo ya no será el mismo. Porque creen que Dios quiere hacerse presente; que Dios está aquí. Y las dos mujeres cantan, danzan y lloran de alegría en el patio soleado de la vieja casa de Isabel.
¿Quiénes son esas dos mujeres locas de alegría? Son dos campesinas sencillas, pobres, ignoradas, sin educación; dos mujeres que no se destacan en nada de las otras mujeres. Dos mujeres normales que no necesitan vivir en la riqueza y el lujo para ser felices. Sólo son felices porque, en su fe, tienen la certeza de que Dios está presente en sus vidas de una manera única y definitiva. Se regocijan ¡porque han descubierto el verdadero sentido de Navidad, del Dios con nosotros!
¡Esta sí que es una buena noticia! María e Isabel nos dicen: “Mira: tú puedes ser feliz incluso si eres pobre y desafortunado; tú puedes realizar tu vida incluso si no tienes nada; si vives en un país árido y sin poesía; tú puedes ser más rico que un rey, si crees que Dios viene a llenar tu corazón”.
Si yo les dijera: “ustedes son afortunados porque tienen una profesión valiosa; un trabajo que los realiza y les produce dinero, una casa de ensueño, una mujer maravillosa, hijos educados, inteligentes y sensibles; un salón con un árbol gigantesco lleno de luces y regalos; un ambiente de fiesta…”, ¿qué tendría eso de extraordinario? ¿Sería una buena noticia? ¿Una buena noticia que Dios de bienes y felicidad a los que ya se sienten satisfechos y felices? ¡No! ¡La “buena noticia” de Navidad es el anuncio de lo contrario!
Navidad anuncia que la verdadera felicidad sobre todo está accesible a los pobres, porque están más disponibles, libres y acogedores. Navidad anuncia que la felicidad no está en los bienes materiales que se puede acumular, sino en el corazón abierto y simple de los que quieren apropiarse de lo que Dios da de sí mismo, para que nuestras vidas puedan transfigurarse por los efectos de su presencia.

Bruno Mori - Traducción  española de Ernesto Baquer


jeudi 3 janvier 2019

El cuento cristiano de la «fermentación divina» de nuestro mundo



(Navidad 2018)


 No es fácil hablar de Navidad y decir algo con sentido, aceptable, espiritual para la gente de hoy, evitando los comentarios piadosos y emotivos, que rozan con frecuencia el ridículo y el absurdo de cierta predicación tradicional, que trata el relato de Navidad como si fuera un reportaje informativo de un hecho real. Así deja de lado su poesía y su verdad profunda, verdad que hay que buscar en la riqueza simbólica de contenido teológico, espiritual y humano del cuento.

En efecto, los cristianos instruidos saben que los relatos de los acontecimientos que rodean el nacimiento de Jesús y que encontramos en los evangelios de Lucas y Mateo (Marcos y Juan ni hablan de ellos) son composiciones literarias salidas de la imaginación de esos dos autores que escribieron esos cuentos de Navidad en la segunda mitad del siglo primero (60-70 a.C.). La finalidad de esos relatos es, no solo exaltar y adornar con un encuadre poético y maravilloso el recuerdo del nacimiento de Jesús de Nazaret, que los cristianos consideramos nuestro Maestro, Señor y Salvador, sino sobre todo transmitir una enseñanza sobre Dios y su comportamiento, tal como ese Dios había sido percibido, sentido, experimentado y anunciado por Jesús y después asimilado y profesado por las primeras comunidades cristianas.

Hoy en día, pensamos que un hecho es verdad cuando sucedió verdaderamente. Identificamos la verdad con lo histórico. Sin embargo, cuando los evangelios se redactaron, la gente no se preocupaba de saber si un relato, una historia, era verdadera o no. Lo que les interesaba era, sobre todo, saber si un cuento transmitía algo de positivo, bueno, hermoso, inspirador, reconfortante, algo que les ayudaba a vivir mejor.

Es exactamente con esta finalidad que fueron redactados los relatos que rodean el nacimiento de Jesús. Por medio de esas historias, los evangelistas quisieron transmitirnos de manera imaginada y fantástica, el misterio de la cercanía y la presencia de Dios, no sólo en nuestro mundo, sino también y sobre todo en el interior de cada ser humano, tal como Jesús lo había enseñado.

Y así es como Lucas, escritor que asimiló profundamente el mensaje de Jesús de Nazaret, nos cuenta la historia de un Dios, allá arriba en su paraíso, que un buen día decidió intervenir para venir en ayuda de los humanos que parecían incapaces de vivir humanamente, extraviados a causa de la ceguera de su espíritu y de la maldad de su corazón.

Lucas en su relato de Navidad nos cuenta que ese Dios Salvador descendió a nuestro mundo revestido del encanto, la pureza, el frescor y la simplicidad de un niñito que el evangelista identificó con la persona de Jesús de Nazaret. Sin embargo, aquí en esta tierra, ese Dios-hombre no fue reconocido ni acogido por los grandes y los poderosos; por los ricos y los satisfechos, por los instalados en el lujo de sus palacios o castillos, como Herodes; sino sólo por María y José, por los pastores, por extranjeros desconocidos guiados por una estrella: es decir, fue reconocido por los simples y sencillos, los pequeños, los pobres, los débiles, los que viven al margen de la sociedad, los que no tienen valor ni importancia… pero que están llenos de amor en su corazón y de luz en sus ojos.
El anuncio de que Dios se hizo cercano a nosotros y que se hizo uno de nosotros para ayudarnos a ser mejores personas, constituye el contenido profundo, el núcleo precioso, transmitido por esta fábula de Navidad. Ese es el contenido de la “buena nueva” anunciada en el canto de los ángeles. Más tarde, el anuncio de esta “buena nueva” se transmitirá con fuerza, se explicitará y realizará en la vida y la predicación de Jesús, que invitará a todos los que quieran escucharla y creer, a acogerla y dejarse convertir y transformar por ella.

Jesús será el primer hombre que vivirá en su vida la experiencia transformadora de la verdad y la eficacia de esa “buena nueva” del Dios cercano, proclamada en la leyenda de Navidad. Jesús nos enseñará que ese Dios se hizo tan cercano que se convirtió en amigo, padre, madre, amor, con nosotros, por nosotros, dentro de nosotros, espíritu divino que se encarna en el espesor y la profundidad de nuestra humanidad.

La buena nueva ( evangelio) de Navidad, consiste entonces en proclamar que, gracias al nacimiento de Jesús como miembro auténtico de nuestra raza,  gracias al testimonio de su vida adulta, a su predicación, al Espíritu que nos dejó,… sabemos ahora que Dios es, no sólo el Misterio y la Energía amorosa última que crea, sostiene, dirige e impregna con sus virtualidades y su presencia el Universo entero; sino que esa divina presencia se manifiesta y actúa sobre todo y de forma especial en cada ser humano, desplegándose al servicio de todas las criaturas, pero sobre todo de las criaturas que más necesitan de nuestro amor.

La buena nueva proclamada en el cuento de Navidad, anuncia que, desde entonces, Dios ama con un corazón de hombre y que el hombre sólo es capaz de amar porque posee un corazón repleto de un amor que le viene de Dios.

La buena nueva de Navidad anuncia que, en adelante, el amor de Dios hacia los humanos, sólo pasa a través del amor que somos capaces de darnos los unos a los otros. En una palabra, Navidad nos dice que en el amor que nos damos y derramamos en torno nuestro, realizamos la encarnación de Dios en nuestro mundo.

¿No es ésta una noticia extraordinaria para todos nosotros que tenemos en nuestro corazón tanto amor que compartir?

Todo esto significa que, después del nacimiento de Jesús, la religión no debe impulsarnos a los fieles a preocuparnos principalmente por nuestra relación con Dios, sino a cultivar y preocuparnos principalmente por la calidad de nuestras relaciones con los demás hermanos humanos. Eso significa que la religión no debe incitarnos a amar primero a Dios, sino a amar primero al hombre, sobre todo si necesita atención y amor porque es miserable, abandonado y desgraciado.  Eso significa también que la religión no debe buscar hacernos más santos, sino más humanos; porque, desde ahora, es la calidad de nuestra humanidad, la que determina la calidad de nuestra “santidad” y nuestro perfeccionamiento espiritual.

Parece, desgraciadamente, que no todo el mundo es capaz de escuchar y acoger la buena nueva de Navidad. Para muchos de nosotros, puede ser incluso una noticia mala, indigesta y difícil de tragar. Porque si bien nos dice que Dios se acercó a nosotros y entró en nuestro mundo, también proclama que no vino a habitar entre los fuertes y poderosos, sino entre los débiles; no entre los ricos, sino entre los pobres; no entre los importantes, sino entre los insignificantes; no entre los que buscan ser honrados, reconocidos, idolatrados, venerados y ensalzados como dioses, sino entre los que son infravalorados, despreciados, perseguidos, excluidos, sin importancia y sin status…

Estas opciones y preferencias del Dios “cristiano” manifestado por Jesús y que el encarnó en su vida, no complacen a todo el mundo. Decepcionan a un gran número de personas; nos dejan a muchos de nosotros con un gusto amargo. Porque, admitámoslo, preferimos lo grande, importante, solemne, lo que atrae la atención; todos amamos ser especiales, diferentes, excepcionales, célebres, reconocidos, admirados, aplaudidos, tener influencia, prestigio, poder…

Pero ¿qué pasa con lo que es sencillamente humano, lo común a la simple gente de la calle; a la gente del metro, del estadio, del supermercado, del trabajo, ¿de la Seguridad Social?  En lo que es común a todo ese mundo de la gente sencilla y ordinaria encontramos con frecuencia los valores humanos que más necesitamos, porque son los que más nos humanizan (sencillez, sensibilidad, empatía, compasión, pobreza, desprendimiento, colaboración, compartir, disponibilidad…).

En nuestra sociedad moderna, somos educados, formados, diplomados, certificados, patentados, programados, para ser importantes y exitosos, y no para ser sencillamente humanos. Pero es la buena calidad de nuestra humanidad la que constituye el metro con el que se mide tanto la autenticidad de nuestra condición cristiana, como la realización real de nuestra existencia.

En los evangelios de la infancia, la imagen del niño dios del pesebre no tiene sólo el valor de un recuerdo histórico de lo que fue el niño Jesús en los primeros días de su vida, sino principalmente un eminente valor emblemático. Es parábola, símbolo y representación del niño en el que cada ser humano está llamado a convertirse, para ser el lugar de la presencia, la manifestación, la acción y la encarnación de Dios en nuestro mundo.

            Dios está presente, Dios actúa, Dios se manifiesta allí donde los seres humanos asumen las actitudes, la postura moral y la configuración espiritual del niño. Dios está allí donde las personas son capaces, como deseaba Jesús, de nacer de nuevo con un espíritu, un alma y un corazón de niño: “A menos de nacer de nuevo, nadie podrá entrar en el mundo de Dios” (Jn 3,3-4).  Vale la pena hacer un esfuerzo en estos días y consagrar tiempo a lo que nos debería de verdad interesar: ser un poco más humanos hoy que ayer, y menos que mañana.

Bruno Mori – 12 diciembre 2018
Traducción  española de Ernesto Baquer



dimanche 23 décembre 2018

Una realeza que no es como las otras -Jn 18,33-37



( Fiesta de Cristo Rey,   34º dom ord B )

Original francés: http://brunomori39.blogspot.com/2018/11/une-royaute-pas-comme-les-autres.html.

La fiesta católica de Cristo Rey me hace sentir cierta incomodidad porque el término “rey” para nosotros, evoca connotaciones y consonancias que difícilmente concuerdan con lo que Jesús fue y enseñó a lo largo de su vida.

Ese título de rey, en efecto, comporta necesariamente la idea de superioridad, de poder, de autoridad suprema, de honores, fasto, riquezas… conceptos y actitudes que difícilmente podamos atribuir a Jesús de Nazaret y que él siempre reprobó y rehusó para sí.

Queriendo guardar totalmente el simbolismo de la realeza que esta fiesta litúrgica nos propone, prefiero interpretarla en el sentido de una “realeza” personal que Jesús vivió intensa y plenamente a lo largo de su existencia entre nosotros.

Entiendo por “realeza personal”  el hecho de que Jesús fue siempre el dueño y único soberano de su existencia. Jamás se sometió a nadie, a no ser Dios. No reconoció ni aceptó en su vida ninguna otra voluntad, autoridad ni poder. No se dejó dominar ni por las instancias civiles ni por las religiosas. Fue el hombre de la libertad y la independencia más total. Se sintió siempre libre frente a imposiciones, obligaciones, coacciones que vinieran de leyes, normas, preceptos, prohibiciones de la religión de su tiempo. Tuvo la audacia de declararse públicamente señor del sábado y de descalificar abiertamente todo uso de autoridad y poder que no tuvieran la forma del servicio gratuito y la disponibilidad amorosa.

Esa independencia interior, ese dominio personal de su vida y esa actitud de libertad real de Jesús brillan con toda claridad en el diálogo de Jesús con Pilatos que el evangelio de Juan nos propone este domingo. Jesús está ante el procurador romano como el acusado, el delincuente, el culpable, que, aparentemente, no tiene ningún poder, ni valor, ni dignidad, ni libertad. Pilatos, al contrario, parece ser la encarnación del poder, la autoridad, la realeza y la libertad. Representa a la autoridad imperial de Roma, se lo puede permitir todo; puede hacer todo lo que quiera; tiene el derecho de vida y muerte de sus súbditos. Y no se privará de ejercerlo.

En realidad, Pilatos es un pobre diablo. Es un oportunista que sólo busca su éxito, que maniobra para sobrevivir en un medio político repleto de luchas, rivalidades y competencias; un funcionario que hace de todo para quedar bien parado, para mantener su puesto; para defender y reforzar, por todos los medios, su prestigio y su buena reputación ante Roma y las autoridades religiosas judías. Es un hombre fundamentalmente inseguro, inestable, lunático, temeroso y totalmente dependiente de la opinión pública y la razón política.

De suerte que su miedo y su inseguridad lo impulsan a actuar y gobernar como un tirano, mediante el recurso a una crueldad tal que Toma debió intervenir para obligar a controlar sus rasgos psicópatas y a limitar sus masacres y el número de sus ejecuciones.

Frente a la calidad humana de Jesús, la deficiente calidad humana de Pilatos es nada. En esta escena de Jesús en el tribunal de Pilatos, el que posee el control de la situación y el verdadero poder sobre su propia vida, no es Pilatos, sino Jesús. Quien tiene un comportamiento real de verdad, no es Pilatos, sino Jesús. No es Pilatos quien trata de salvar a Jesús, es Jesús el que busca salvar a Pilatos. Es Jesus el que pretende abrirle los ojos a Pilatos sobre la sombría verdad de su vida; hacerle comprender que su poder y su libertad son un asco, mientras no sea capaz de asumir el control de su vida, de liberarse de sus ansiedades; mientras no deje de vivir en función de su carrera, en función de los otros, y deje de ser esclavo de satisfacer sus ambiciones y sus sueños de gloria y poder.

“Mírate –parece decirle Jesús- mis adversarios me han entregado a ti para que me juzgues y me condenes. Al hacerlo, te dictan de antemano qué hacer. Significa que se burlan de tu autoridad; que te llevan del hocico y que, a sus ojos, sólo eres una marioneta que hacen bailar a su antojo. Y tú te comportas conmigo exactamente como ellos han previsto que tú hagas. Sabes que soy inocente, pero eres demasiado débil para hacerme justicia y para contrariar a las autoridades judías que quieren mi muerte. En realidad no tienes ningún poder y no actúas como señor de su autoridad y de la situación”.

“Eres esclavo de los equilibrios de poder, de tus miedos, tus cálculos políticos, tus intereses personales y tus ambiciones. Eres incapaz de juzgar mi causa con la independencia y la verdadera autoridad de un magistrado libre e imparcial. No eres capaz de tomar el control de mi caso como no eres capaz de tomar el control de tu vida. Y entonces te lavas las manos, renuncias, abdicas de tus responsabilidades y condenas un inocente, y muestras así que eres incapaz de actuar en justicia y de hacer la verdad en tu vida y en la de los demás”.

“Tú no tienes ningún poder ni sobre tu vida, ni sobre la mía. Mi vida me pertenece totalmente. Al contrario que tú, mi vida yo la posee plenamente, la controlo, la oriento y la configuro como quiero. Ni tú, ni nadie, pueden quitármela. Mi vida, la vivo como quiero y la doy cuando quiero. Yo soy el único rey y señor de mi existencia. Sí, querido Pilatos, yo soy rey, pero no a tu manera, no en tu mundo, no utilizando tus medios.”

El discurso que Jesús dirige a Pilatos, lo hace también a cada uno de nosotros: “Eres tú el señor y rey de tu vida? ¿Qué autoridades, qué principios, qué valores orientan tus opciones? ¿Quién dirige tu existencia?¿Quién manda tu casa? ¿Eres tú quien rige los contenidos de sus deseos, tus aspiraciones, tus sueños, tus adhesiones, tus amores? ¿O son esos contenidos los que controlan y dirigen el desarrollo de tu existencia? ¿En qué sueñas? ¿Sueñas en poseer en grande o en ser grande? ¿Poseer muchos bienes o hacer mucho bien? ¿Quiénes ser rey, señor y dueño de tu corazón, tu alma y tu espíritu…? ¿Eres un hombre libre o un esclavo: ¿esclavo de los bienes y las cosas que tú posees, esclavo de la droga, del alcohol, del cigarro, de la pornografía, de la TV, de Internet, de los juegos en línea, del teléfono inteligente…? ¿Eres tú un hombre libre o un individuo dependiente de su codicia, sus impulsos instintivos, sus prejuicios, su intolerancia, su agresividad, la moda del momento, la publicidad, la opinión y el gusto de los demás, las compras compulsivas, el consumo a ultranza…?
Esta fecha es una buena ocasión para reflexionar sobre nuestras esclavitudes y nuestras dependencias, a fin de hacer nacer en nosotros el deseo de ser personas libres como Jesús y llegar a ser, como él, los reyes y los verdaderos dueños de nuestra existencia.


Bruno Mori – 19 noviembre 2018


Dos moneditas… y un gran amor - Mc 12, 38-44



(32 dom. ord. B )

Orig francés: http://brunomori39.blogspot.com/2018/11/deux-petits-sous-et-un-grand-amour.html.

Este texto de Marcos es una especie de díptico en dos partes: la primera muestra  cómo un cristiano nunca debería ser. La segunda como un cristiano debería siempre comportarse.

La primera parte dice que los discípulos nunca deberían parecerse a los escribas, esos teólogos y especialistas de la Torah judía, a quienes Jesús reprocha tres defectos.

El primero, la vanidad: “Les gusta pasearse en las calles a la vista de todo el mundo, pavonearse con sus grandes ropajes; recibir homenajes y saludos de la gente; ocupar los primeros asientos en la sinagoga y en los banquetes”…

El segundo reproche que Jesús dirige a los escribas es su avidez: “devoran los bienes de las viudas”. Es decir, explotan su ingenuidad, su confianza, su vulnerabilidad, su soledad, su hospitalidad y su generosidad. Debemos saber que en tiempo de Jesús, las viudas formaban parte de la clase social más pobre, la más frágil y desvalida, junto con el extranjero y el huérfano. La voracidad de los escribas, entonces, es más innoble a los ojos de Dios, dado que sacan provecho de su estatus y su autoridad para explotar, en provecho propio, a los más débiles e indefensos.

La tercera acusación es la hipocresía: “Hacen creer a la gente que son muy religiosos y piadosos y que rezan largo y tendido”. Según Jesús, esos maestros respetados y venerados, han introducido en su vida una doble mentira: primera, separar la religión de la justicia, porque no se puede dar culto a Dios si, al mismo tiempo, se roba al pobre. La segunda mentira, aún más innoble y detestable, que consiste en ilusionarse con que se ama a Dios y al prójimo, cuando no se ama más que su ego, su lustre y sus mezquinos intereses personales.

Nos equivocaríamos si pensáramos que todos los escribas y fariseos eran de los que aquí Jesús fustiga. Entre ellos había individuos, ejemplares desde todo punto de vista, y muy sensibles y abiertos a las enseñanzas de Jesús: pensemos por ej, en Nicodemo, o en el que veíamos en el evangelio del domingo pasado, cuya sabiduría admira Jesús y a quien le dice: “No estás lejos del Reino de Dios”…
La segunda parte de este evangelio es el relato de la limosna de la viuda en el templo. La escena se desarrolla en la sala o en el corredor reservado a las mujeres donde había colocados doce grandes recipientes para las ofrendas. Los fieles que daban la ofrenda debían declarar al sacerdote supervisor el monto de su donación. De forma que se convertía en un gesto público que se prestaba al exhibicionismo, la ostentación y la competencia. Había gente rica, cuya ofrenda, anunciada por el sacerdote, suscitaba la admiración de los presentes y probablemente también de los discípulos de Jesús.

Y una pobre viuda se acerca y arroja discretamente en el cesto unas moneditas que eran todo lo que poseía. Sólo Jesús se da cuenta de su gesto. Y aprovecha para dar una lección a sus discípulos que estaban todavía allí, de boca abierta, por la sorpresa ante las generosas ofrendas de los ricos.
El Maestro elige este hecho para sacudir a sus discípulos; para sacarlos de su ingenua ceguera y su estúpido asombro, para conducirlos a ver y a juzgar a las personas, no según “cuánto” dan, sino en “cómo” dan. “Jesús, dice el texto de Marcos, observaba “cómo”  la gente echaba monedas en el tesoro del templo”.

Para Jesús, el “cómo” cuenta más que el “cuánto”. La actitud interior vale más que la acción exterior. Es el cómo, más que el cuánto, lo que confiere el verdadero valor de tu gesto. ¿Das con ostentación, para hacer que te vean, que te valoren; para suscitar admiración, para mostrarles a todos  tu importancia, tu poder y tu generosidad; para darte gloria y prestigio, para buscar el reconocimiento y la dependencia de los demás…?”

¿O das discreta, secretamente, sin segundas intenciones egoístas o interesadas;  sin esperar nada a cambio, sólo por hacer el bien; sólo por ayudar, aliviar; por pura bondad, misericordia, compasión, amor…? “Miren esta viuda –parece decir Jesús a sus discípulos- su “cuánto” es casi nada; pero  su “cómo” es admirable y de extraordinario valor, porque lo dio todo de sí; todo lo que necesitaba para vivir y, en consecuencia, toda su vida”.

El Maestro tiene razón: el metro para juzgar la calidad de una persona no es la cantidad, sino la integridad de su corazón. La viuda de la primera lectura no estaba en situación de acoger, pero acoge.  La viuda del evangelio no está en condición de dar, pero da. Las dos viudas no dan algo supérfluo, como hacen los ricos; dan todo lo que necesitan para vivir. Dan su vida. Es el gesto más absoluto y total. En su nada ¡lo dan todo! No retroceden porque no tienen casi nada; sino que avanzan para dar lo poco que poseen, porque han comprendido que su vida no tendría sentido y sería realmente inútil si no pudieran dar nada. Porque la existencia de una persona sólo se enriquece de verdad por el gesto del dar.

Frecuentemente decimos que amar significa dar, ¡y es verdad! Pero en realidad, ¿qué es lo que damos? ¿No es verdad que cuando damos dinero, damos sólo lo que nos sobra, lo supérfluo? Cuándo damos nuestro tiempo, ¿no es siempre tiempo sobrante? Cuando damos nuestros talentos, competencias, ¿no es siempre después de haberlos utilizado para nuestros intereses, nuestras necesidades personales, o de nuestra familia, o de nuestro grupo?

A veces hay momentos en nuestra vida en que estamos en la situación de la pobre viuda del evangelio; momentos en los que nos encontramos en un estado de miseria interior, de desamparo espiritual o psicológico o de vacío total: la pérdida de una persona muy amada; la pérdida de una amistad, un amor, un trabajo; la pérdida de salud; dificultades y pruebas de todo tipo: incomprensiones, crisis, separaciones, depresiones, fracasos…

Son experiencias que introducen la muerte en el alma; que desalientan; que nos quitan las ganas de vivir, con la tentación de bajar la guardia, de abandonar la lucha; de creer que la vida no nos guarda nada bueno ni válido que nos de felicidad; que no servimos ni valemos para nada… y que no tenemos nada que dar…

¡No! Nos dice este texto evangélico. Siempre hay algo para dar, ¡aunque no sea más que un poco de harina y dos monedas! Tu vida termina cuando no tienes nada que dar, por insignificante que pueda ser a los ojos de los demás: una sonrisa, una mirada tierna, una caricia, un gesto de compasión, un guiño de complicidad amical, un buen día, un gracias, un apretón de manos, una puerta retenida, un paso cedido, un vaso de agua dado, un relato doloroso escuchado con empatía, un anciano acompañado, una persona sola visitada… “Den como regalo lo que tengan en vuestro interior y entonces todo será bueno para ustedes –nos dice Jesús- y recibirán el ciento por uno y encontrarán la felicidad así como el camino a vuestra realización humana y vuestra salvación”. (Lc 11,41)
Pidamos al Señor que nos admita en la escuela de esta pobre viuda que Jesús, antes de dejarnos, nos pone como maestra para que nos enseñe el evangelio, es decir una maestra de humildad, gratuidad y amor capaz de darlo todo y arriesgarlo todo por la causa de Dios y de nuestro prójimo.


MB - Noviembre 2018

vendredi 9 novembre 2018

El ciego de Jericó – Mc. 10, 46-52



(30º dom ord. B)

Esta anécdota en la vida de Jesús tiene un evidente valor simbólico. El evangelista Marcos la cuenta para los cristianos de su tiempo, con un fin eminentemente catequético.

En el evangelio el cielo es nombrado como “Bar-Timeo”, el hijo de Timeo. En griego, el verbo “timao”, tiene tanto el sentido de “honrar”, como el de “tener miedo”.

Entonces, ese hombre sería el hijo de los honores, es decir el que quiere ser honrado, reconocido, que busca notoriedad, gloria, éxito. En el mismo evangelio de Marcos, algunos párrafos antes, los discípulos le habían pedido a Jesús que les guardara un lugar de honor a su derecha y a su izquierda cuando inaugurara su Reino. El texto que acabamos de leer parecería enseñar a los discípulos que querer vivir en función de los honores, el primer lugar, la celebridad, la aceptación, la aprobación de los demás, corre el riesgo de cegarnos, de hacernos vivir sin saber verdaderamente qué somos. El evangelio nos dice aquí, que nuestro valor, lo llevamos con nosotros, que está constituido por lo que somos, y que no se nos da por lo que los demás piensen de nosotros o por los honores o adulaciones que nos otorguen.

Pero también Bar-Timeo significa “el hijo del miedo”. Si nos dejamos dominar por el miedo, entonces no vivimos; es el final de todo. Si tememos que el grupo nos rechace, nos aislamos, nos separamos, nos encerramos. Si tememos lamentar una decisión, equivocarnos, fracasar, no emprenderemos nada. Si tenemos miedo de no complacer, buscaremos complacer a todos; pero entonces nunca haremos lo que nos gusta; nunca seremos nosotros mismos; nunca seguiremos nuestro camino; nunca realizaremos nuestras verdaderas aspiraciones. No viviremos según la verdad de nuestro ser. Aparecemos siempre como la persona que no somos. Si uno tiene miedo de cambiar, de intentar, de lanzarse, de correr riesgos, de ir contra corriente, de que lo critiquen… nunca nos moveremos, nos quedaremos siempre sentados y bloqueados al borde del camino, siempre los mismos, siempre insatisfechos, descontentos, frustrados, gruñones, porque no conseguiremos realizar nuestros sueños, nuestros proyectos, las aspiraciones de nuestro corazón.

Será necesario que este ciego se encuentre con Jesús, para que le revele el secreto de su total libertad. Que Jesús enseñe a ese ciego la única actitud interior que le permita ver con claridad en la maraña de sus dependencias y descubrir su valor fundamental y la verdad de su ser: la confianza. Confiar en Dios y confiar en sí mismo. “Confía, ¡levántate!...” le dice Jesús, “la confianza te mantendrá en pie, te hará independiente, te devolverá tu identidad”.

Ese hombre sólo encontrará la vista y la verdadera inteligencia de su valor cuando abandone su preocupación enfermiza por quedar bien y dar buena imagen, simbolizada aquí por su manto, y cuando comience a creer en sus posibilidades, y a confiar en sí mismo y en el tesoro de posibilidades que Dios ha puesto en él. Entonces, olvidando la opinión y los reproches de los demás (para que entre en sus filas y vuelva a su lugar de sometido que tuvo siempre al borde del camino), deshaciéndose de su manto, se alzará de un salto y se lanzará, por fin libre e independiente, hacia Jesús que lo llamó e invitó a ponerse de pie.

Podríamos escarbar en las palabras de Jesús y explicitar más su profundo sentido, algo así como: “Ante todo, confía en Dios que te ama el primero, sin condiciones; que te quiere y te acepta, porque tú eres como eres, tal cual eres, sin manto, sin apariencias, sin necesidad de angustiarte para quedar bien. Sé tú mismo; tú eres único, diferente, así estás bien. No dejes que nadie te diga qué pensar, qué hacer; no dejes que nadie dicte tu camino, te imponga sus ideas, sus verdades, sus opciones, sus gustos. Tienes derecho a cuestionar, criticar, oponerte. Tienes derecho a ser diferente. A llevar tu vida como lo entiendas, porque, al entrar en el mundo, Dios te asignó un destino único; te confió una tarea exclusiva, que sólo tú puedes realizar.”

“Entonces, levanta la cabeza, marcha derecha, orgulloso de ti, de lo que eres, de tu existencia, de tu condición. Acéptate con tus sombras y luces, cualidades y defectos, miserias y grandeza. Dios sabe que tú eres un ser humano, y por tanto débil, frágil, limitado, defectuoso; sabe que te puedes equivocar, hacer el mal, sufrir y hacer sufrir… ¡qué importa! Así eres tú. Así Dios te ha querido. Así Dios te acepta. ¡Así te ama Dios! Entonces, nada de sentirte por el suelo; nada de arrastrarte nunca ante los demás: nunca aceptes que los demás te rebajen o te aplasten. ¡Tú tienes grandeza; tienes dignidad; eres amado por Dios; eres su hijo! Confía en el tesoro de recursos que el amor de Dios ha depositado en las profundidades de su ser…”

Este relato evangélico quiere hacernos entender que hay esperanza para todos los mendigos, los ciegos, los desanimados, los apaleados por la vida, en la medida que no se resignen a su desgracia y estén dispuestos a asumir el costo ligado al ejercicio de su libertad. Este relato quiere decirnos a cada uno, que tanto cuanto no seamos capaces de abandonar nuestra vida en manos de Dios en un acto de total confianza, jamás podremos vivir una vida que nos permita marchar en la serenidad, el gozo y la paz hacia la culminación de nuestro destino.

Bruno Mori

(Traducción de Ernesto Baquer )



mardi 30 octobre 2018

«Dale tu dinero a los pobres…» – Marcos 10,17-30



(28º dom ord. B)

Al leer este texto del Evangelio de Marcos, no puedo sustraerme a la impresión de que es una bofetada en pleno rostro a nuestra sociedad capitalista occidental obsesionada por el delirio de un progreso y un crecimiento económico sin término. Es un mundo dominado y gobernado por el dinero, construido y orientado exclusivamente sobre la acumulación de la riqueza, el aumento del capital, el rendimiento de las inversiones, la multiplicación de las ganancias, y que no obedece a ninguna otra regla ni obligación que las de la eficacia, el rendimiento y el lucro.

En nuestra cultura moderna, el dinero se ha convertido en una especie de fetiche, de ídolo. Representa el valor supremo, el único dios capaz de asegurar el éxito personal y la felicidad del individuo. El culto al dinero ha reemplazado a todos los demás cultos. Es prácticamente el único dios que adora el mundo de hoy y en el que confían nuestros contemporáneos. Es la nueva religión de los tiempos modernos. Un dios, única divinidad ante la que el capitalismo moderno se prosterna y arrastra, como un esclavo ante su señor. El único dios a quien está dispuesto a sacrificarlo todo: tiempo, energías, equilibrio psíquico y psicológico, amigos, familia, casa, el futuro de sus hijos, la salud de su entorno natural y del planeta, así como su dignidad, su razón, sus sentimientos. Algunas manifestaciones exageradas del poder que el dinero otorga al rico rozan a veces lo grotesco e incluyen los síntomas de perturbación psíquica y desorden mental.

Como todo bueno y piadoso creyente, el hombre capitalista también cree que su dios puede salvarlo y hacerlo feliz. Desgraciadamente, en su ceguera y obnubilado como lo está por su avidez, no se da cuenta que su dios es en realidad un demonio que lo posee totalmente, lo tiraniza, lo priva de su libertad y lo roe desde adentro, destruyendo en él poco a poco todos los rasgos de corazón y espíritu que constituyen la calidad de su persona y que traza la verdadera configuración de su humanidad.

De suerte que, si la adhesión al dinero, infla el volumen de la cartera del rico, inevitablemente aminora su talla humana y espiritual. Y si el rico se ve grande, importante y saludable en el plano económico y de futuro, bien a menudo es anoréxico en el plano espiritual del ser.

La sociedad capitalista moderna no se da cuenta que la obsesión y el culto generalizado al dinero deshumanizan; y que, en realidad, la acumulación del dinero en las manos ávidas de una pequeña minoría de magnates o súper-ricos, en vez de mejorar el estado del mundo, sólo lo empeora, creando por todas partes injusticia, desigualdad, miseria y pobreza.

¿Vale la pena dedicarle semejante culto al dios-dinero si, a fin de cuentas, nunca consigue mantener sus promesas de prosperidad, realización personal y verdadera felicidad? El profeta de Nazaret estaba convencido que no.

Jesús afirmaba, que es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja, que un rico entre en el reino de Dios: es decir que la experiencia de una perfección interior y la felicidad, muestra que su fuente está situada lejos del dinero.

Jesús, hombre inteligente y perspicaz, sabía qué estragos podía causar la adhesión exagerada al dinero, en la calidad humana y espiritual de una persona. Por ello continuamente pone en guardia a sus discípulos contra los resultados de la codicia y de esa forma de adicción y dependencia. De ahí que, impulse constantemente a los suyos en la dirección opuesta, valorando el desapego y la pobreza como una forma de vida y una actitud de fondo que deberían caracterizar la fisonomía del discípulo y por tanto del cristiano que somos nosotros.

Si Jesús elogia el desapego, evidentemente no es para que carezcamos de lo necesario. Al contrario, quiere que se asegure a todos un confort sobrio y decente que posibilite una existencia vivida en alegría y dignidad.

Lo que Jesús rechaza para cualquiera es el derecho a amar el dinero más que a todo. Sabe que ser rico o ser pobre, es una cuestión de actitud interior, de elección existencial y de estilo de vida. Uno puede ser rico, siendo pobre; y puede ser pobre, siendo rico. Puedo ser pobre y no soñar más que en el dinero. Y puedo ser rico y estar dispuesto a compartir.

Jesús está convencido que el corazón del hombre está hecho a imagen del corazón de Dios, y por lo tanto hecho para contener valores más sagrados, elevados y preciosos que nuestras codicias materiales, ambiciones económicas o el interés demencial que dedicamos a las cuentas bancarias.

Ser rico o ser pobre, es finalmente una cuestión de corazón. Por eso es importante saber dónde pongo mi corazón; de qué está lleno; por quién y por qué late. ¿Utilizamos nuestros bienes y nuestro dinero para que sea expresión y encarnación benéfica de nuestro amor; un amor que busca derramarse sobre los demás y compartir con los demás? ¿O utilizamos nuestros bienes sólo para satisfacer nuestros apetitos, nuestros caprichos y nuestros egoísmos personales, sofocando las fuerzas amorosas que habitan en nuestro corazón y que son las únicas capaces de darnos una vida que valga la pena ser vivida?

Jesús está convencido que profanamos nuestro corazón, cuando lo llenamos con el amor al dinero, en vez de llenarlo con el amor a Dios y al prójimo. Vivir sólo con el fin de acumular dinero, juntar bienes y llenarse de cosas, ¿no será hundirse en la estupidez? ¿No es arruinar la vida? ¿No es destrozar el fin de nuestra presencia en el mundo? ¿Estamos aquí para acumular y derrochar dinero, o para acumular y derrochar amor? Esto es lo que Jesús nos plantea y a la que cada uno debemos responder.

Bruno Mori -  9 octobre 2018
(Traduction   de Ernesto Baquer )