dimanche 25 avril 2021

 

Este virus que nos prepara para Navidad

(2ºdomingo de Adviento, B – Marcos 1,1-8)

Versión original en: http://brunomori39.blogspot.com/2020/12/ce-virus-qui-nous-prepare-noel.html.

La voz severa y admonitoria de Juan el Bautista, que el Adviento nos hace escuchar antes de Navidad, adquiere este año para nosotros una resonancia y una actualidad únicas. En este tiempo de pandemia comprendemos que esta voz que nos interpela y nos invita a “enderezar nuestros caminos”, no puede ni debe resonar en el desierto. Esta vez constatamos más que nunca, que el profeta tiene razón para gritarnos hoy que necesitamos un cambio total de conducta e invertir completamente la dirección, dado que la ruta que recorremos actualmente nos está conduciendo a la perdición.

Por primera vez, nuestra generación confronta la contradicción de vivir y celebrar la fiesta de Navidad, memoria de la presencia de un Misterio divino de amor gratuito, ternura, renovación universal, de alegría, paz y vida nueva, en el corazón de una realidad humana completamente trastornada por la incertidumbre, la ansiedad, el miedo y la amenaza constante de una posible muerte.

El corazón difícilmente puede estar de fiesta cuando nuestro futuro es gris, nuestra esperanza agotada y nuestra existencia bien frágil.

En otro tiempo el Bautista tomaba prestada la Biblia (Isaías), considerada como revelación de Dios, para llamar a los hombres a la conversión. Hoy, es el grito de la Naturaleza, considerada como la primera y original revelación del Misterio Último de Dios, quien, por intermedio del Covid 19, se dirige a la humanidad para que tome conciencia, de manera brutal, pero convincente, de la necesidad de cambiar de conducta, si quiere escapar de su desaparición.

Al parecer, la Naturaleza confió, en primer lugar, a este virus la tarea de gritar y hacer comprender a los humanos que en adelante es una insensatez pensar que todavía podemos trazar líneas de separación entre los pueblos, erigir muros, poner alambradas y reforzar fronteras entre países. En segundo lugar, le confió la tarea de que nos percatemos que todos navegamos en el mismo barco y que habitamos la misma “casa común”; y que cada uno somos parte integrante de una inmensa red de inter-relaciones, inter-conexiones e inter-dependencias continuas y esenciales. Y por ello, que sólo la unión, la colaboración, la corresponsabilidad y la solidaridad, el cuidado recíproco atento y fraternal y los esfuerzos concentrados de todos serán capaces de salvarnos.

En Navidad el virus parece activar con más fuerza en nosotros la conciencia de nuestro origen común y nuestra común pertenencia a este planeta y por tanto de nuestra unidad y fraternidad fundamentales. Conciencia escondida en las cavernas de nuestro inconsciente colectivo a causa de los excesos y aberraciones de nuestra civilización capitalista, individualista y egocéntrica, pero que en Navidad, por una especie de magia, parece salir nuevamente a la superficie en forma de deseo, lamento, o impulso espontáneo de bondad, altruismo y generosidad hacia todos nuestros hermanos humanos, pero especialmente hacia los más pequeños, vulnerables y desvalidos.

Esta conciencia es lo que de repente la fiesta de Navidad hace aparecer en cada uno de nosotros, a través de la necesidad casi visceral de sentirnos rodeados y arropados por la cercanía y el amor de nuestros seres queridos.

En esta Navidad del 2020, el Covid 19 se convierte, por así decirlo, en una especie de nuevo Juan Bautista enviado por la Naturaleza para anunciarnos que vivimos, no tanto en una época de cambios, sino más bien en un cambio de época que comporta un cambio radical y absolutamente necesario del hombre moderno: cambiar nuestro espíritu, nuestras actitudes, valores, prioridades, estilo de vida. Esa es la razón por la cual, necesitamos más que nunca, como predicaba el Bautista recibir un bautismo de conversión capaz de hacer surgir en nosotros otro tipo de “Espíritu”, más “santo” y más humano.

Sólo creyendo en la bondad fundamental del ser humano, capaz de dejarse guiar por la presencia de ese Espíritu de paz, sabiduría y amor, y que la fiesta de Navidad anuncia está disponible para los hombres de buena voluntad, sólo así podremos mantener viva nuestra confianza en la posibilidad de un futuro y un mundo mejor.

Bruno Mori –   Montreal  -   15 dic. 2020

 (Traducción de  Ernesto Baquer)


 

Testigos de la luz y Voz que se hace Palabra de salvación

 

(3 dom de Adviento B, Juan1, 6-8, 19-28)

 

Del francés original en: http://brunomori39.blogspot.com/2020/12/temoins-de-la-lumiere-et-voix-qui-se.html.

 

El texto del evangelio de este domingo, al presentar la persona de Juan Bautista, quiere hoy recordarnos que, también nosotros, como el Precursor, no somos la luz, pero sí testigos de la luz. Somos las lámparas que le permiten a la Luz, ser, difundirse e iluminar.

 

Nosotros no somos la palabra, sino la voz que da consistencia y forma a la Palabra. Somos el soplo, la vibración sonora que genera la música de la Palabra portadora de sentido, significado e incontables modulaciones y armonías del Espíritu. Una Palabra cuyo fin es alimentar nuestra alma y guiar y orientar nuestros pasos hacia los caminos de una posible y necesaria transformación e innovación en nuestra existencia.

 

Para nosotros, los cristianos, la luz es Jesús. Jesús es la palabra. Pero nosotros somos los y las por quienes esa luz se derrama; los y las por quienes esta palabra retumba y resuena de nuevo en nuestro mundo.

 

¡Formidable responsabilidad la nuestra, en cuanto discípulos del Maestro y depositarios privilegiados de su preciosa herencia de renovación universal, de sabiduría y humanidad! Porque tenemos el poder de enfriar el fuego, apagar la luz y sofocar la palabra de ese profeta, de ese “hijo del hombre”, a quien los evangelios le atribuyen ser el “predilecto” de Dios.

 

Nosotros tenemos el terrible poder de volver estériles, para nosotros y nuestros hermanos humanos, la ejemplar cualidad de su vida entregada y su muerte voluntariamente aceptada; así como volver inoperante el poder liberador, transformador y salvador de su mensaje y su espíritu.

 

Tenemos el poder trágico, para un gran número de humanos, de volver vana la aparición en nuestra historia de semejante obra maestra de espiritualidad, intimidad divina y humanidad. Tenemos el poder trágico de volver insignificante semejante milagro de amor incondicional, de compasión, abnegación, donación de sí mismo y total libertad.

 

Tenemos el triste poder de esconder a los ojos de la humanidad, que hoy necesita como nunca, el descubrimiento, hecho por Jesús, de la presencia en este Universo de un Misterio de atracciones, de benevolencia, bondad y amor, que es y que actúa en todas las cosas, pero que es y que actúa sobre todo en el corazón del hombre. Este Misterio de amor, presente y trabajando en todas partes, y entrevisto y resonando de forma única y particularmente intensa en Jesús, ha tomado,

en su espíritu y en su imaginario, el rostro de un Dios que es, para nosotros, padre, madre y cariñoso compañero de ruta.

 

Testigo de una nueva luz que ha venido a iluminar a nuestro mundo que, también hoy y quizá más que nunca, camina en la oscuridad y la incertidumbre de un futuro incierto y amenazador… Voz que debe pronunciar clara y fuertemente la buena Palabra y anunciar la buena nueva de una salvación, hoy y siempre posible para los hombres de buena voluntad… Eso es lo que el evangelio de este domingo nos invita a ser en cuanto discípulos que han elegido marchar sobre el “Camino” abierto por Jesús.

 

De ahí que nos incumba, a nosotros, sus discípulos una gran responsabilidad: la de ser verdaderos testigos del Evangelio; la de vivir a fondo y encarnar en lo cotidiano de nuestra existencia los valores que el divino Maestro nos dejó; la de actuar de manera que nuestra vida renovada y transformada por su Palabra resplandezca, como deseaba Jesús, como una lámpara que brille a los ojos de los hombres e ilumine a todos los y las que, con nosotros, habitamos la misma casa (Mt 5,14-16)

 

Lo creamos o no, lo realicemos o no, hay algo muy cierto: la salvación de nuestro mundo, nuestra raza y cada uno de nosotros, sólo será realidad con el amor gratuito, el cuidado de los otros, la bondad fraternal, la justicia, la solidaridad y la responsabilidad recíprocas, por medio de las cuales y sólo entonces, seremos capaces de recalificar y reconstruir las relaciones con nuestros hermanos humanos y con la naturaleza a nuestro alrededor. ¡Al menos esa era la profunda convicción de Jesús de Nazaret!

 

 BM – Montréal    9 dic. 2020

  (Traducción de  Ernesto Baquer)

 

 

No hay amor sin sufrimiento

 

(22º domingo ordinario A – Mt 16,21-27)

 

Original francés en: http://brunomori39.blogspot.com/2020/09/.

 

Todos recordamos el Evangelio del domingo anterior en el que Pedro reconoce a Jesús como el Hijo de Dios, pero el texto tiene una segunda parte, menos poética y más desconcertante, que nos propone el evangelio de hoy. Por primera vez, Jesús habla abiertamente a sus discípulos del fracaso de su misión, del rechazo, la persecución y el sufrimiento que deberá soportar y de su muerte inminente inevitable. Entonces Pedro interviene, tomando aparte a Jesús: “Maestro, mejor que no digas palabras así. ¡Desanima la moral! ¡Nos guarde Dios y te guarde del sufrimiento!”. Pedro querría enseñarle a Jesús una forma mejor de cumplir su misión. Durísima la reacción de Jesús: “Tu razonas como la gente del mundo, aún no eres mi discípulo, tu discurso es del diablo”.

Sí, ¡Pedro se nos parece mucho! Nosotros también reaccionamos como él frente a la calamidad y el dolor. No queremos oír de sufrimiento, de prueba y de muerte. A nosotros también nos angustia y aterroriza la idea de ser abandonados, incomprendidos, de perder la salud, de sufrir, de morir. Todos anhelamos escapar de nuestra condición de criaturas frágiles y transitorias. También nosotros hacemos lo posible para no pensar que un día la enfermedad, la invalidez, el sufrimiento que vienen con la vejez y el deterioro de nuestra salud, inevitablemente nos alcanzarán.

Sin hablar del sufrimiento que experimentamos por el simple hecho de que amamos y tejemos lazos de afecto, amistad, o intimidad con la gente. Porque no se puede amar sin sufrir. Porque el simple hecho de amar a alguien nos hace vulnerables. Porque cuando se ama, uno se inquieta, está ansioso, no tiene paz. Porque cuando se ama verdaderamente, estamos prontos a sacrificarnos, a olvidarnos de nosotros mismos, a sufrir e incluso a morir por el ser querido. Por eso no podemos vivir sin sufrir. Por eso el sufrimiento forma parte de la vida. Por eso el y la que ama tiene siempre su corazón herido.

Jesús nos enseña aquí que es el amor el que da sentido y valor a nuestra existencia; y que no hay amor sin darse, sin preocuparse por el otro, sin renunciar, sin salir de sí mismo, sin compromiso a favor de los otros. Siguiendo a Jesús, aprendemos por tanto que es necesario pensar menos en uno mismo y más en los demás; renunciar por ello a satisfacer todos nuestros caprichos y deseos; perder un poco de uno mismo, un poco de nuestra vida, para vivir plenamente. Por eso Jesús dice: “El que quiera seguirme, ha de negarse a sí mismo; porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que quiera perder su vida a causa de mí, la encontrará.”

Jesús le reprocha a Pedro no haber comprendido todavía esta gran verdad. No se puede evitar siempre el sufrimiento, porque el que quiera suprimir todo sufrimiento, como quieren los budistas, se arriesga también a suprimir el poder y la belleza del amor en su vida.

Sin embargo, reflexionando sobre el texto, ¿no podríamos pensar que Jesús no vió que, finalmente, el reclamo angustiado de Pedro, era en realidad la reacción normal del amor que no puede aceptar de buen grado el sufrimiento de su Maestro?

Jesús nos dice, no sólo que la vida tiene sentido, sino que nos advierte igualmente que tiene una dirección y que nuestro barco está destinado a alcanzar la orilla de la eternidad, el puerto de Dios. Atención, pues, a mantener el timón en la buena dirección. Atención entonces, a no recargar nuestra embarcación con pesos engorrosos y sin valor que arriesgan el hacer inútil nuestro viaje y naufragar nuestro barco.

Jesús nos dice que el amor, el darse a los demás, la inquietud por construir un mundo mejor, más justo y fraternal, son los únicos bienes que debemos transportar, la única mercancía que tiene valor y que será valorada y bien pagada cuando nos presentemos en la aduana de Dios para pasar a la otra orilla.

El amor a los hermanos es el único medio que disponemos para amar a Dios y para realizar la mejor parte de nosotros mismos que el evangelio llama nuestra “alma”. Todo lo demás es relativo y secundario. Por eso Jesús nos advierte: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?” O “¿qué puede dar el hombre a cambio de su alma?”. No hay radicalismo ni exclusivismo más claros. San Agustín decía: “¿Para qué sirve vivir bien, si tú no puedes vivir siempre?”

 

BM – Monreal sept. 2020

 (Traducción de  Ernesto Baquer)

mardi 30 mars 2021

Multiplicación del pan y pandemia

 

(18e domingo ordinario, A)

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El milagro de la multiplicación de los panes, se encuentra en los cuatro evangelios. Lo que explica la gran importancia atribuida a su mensaje.

Más allá de su sentido literal, veamos en qué nos puede interesar este texto, a nosotros que vivimos en el siglo XXI, y en una situación que nos confronta, más que nunca, con nuestras extremas fragilidad y vulnerabilidad. En este relato, lo que me impresiona en primer lugar, es el comportamiento de Jesús que encuentro tan semejante al nuestro, en este tiempo de pandemia. Jesús se confina, se aísla, se retira, necesita encontrarse solo, lejos del tumulto y de la agitación de la vida ordinaria. Y ello para detenerse, para respirar, para alimentar su vida interior, para defender y salvar la calidad de su relación con Dios, consigo mismo y con el sufrimiento humano que lo rodea.

En cierta manera, todos hemos adoptado hoy ese mismo comportamiento. También nosotros nos aislamos, nos confinamos, ciertamente no por las mismas razones, ni con la misma espontaneidad ni con el mismo gusto que Jesús. Pero, como Jesús, lo hacemos por necesidad, para defendernos, para salvaguardar cierta serenidad interior, para proteger nuestra salud y nuestro equilibrio psicológico, para salvar nuestra vida, incluso aunque nos gustaría ser libres, hacer nuestra voluntad y vivir diferentemente.

Algo es cierto: el confinamiento y la soledad a que nos obliga la pandemia, a pesar de su carácter penoso, angustiante y a veces dramático, puede ser para nosotros, como para todos los y las que tienen una cierta sensibilidad religiosa y espiritual, un tiempo de gracia, durante el que podemos trabajar y profundizar y asumir los contenidos, las motivaciones y los valores que orientan nuestra elección y nuestros comportamientos, a fin de desencadenar (eventualmente) una suerte de conversión interior, un viraje existencial, una rectificación de marcha, que podrían dar una nueva orientación, un nuevo impulso y una nueva calidad humana a nuestra existencia.

Además, este tiempo de gracia puede ser consagrado a reflexionar, hacer balance, cuestionarse, incluidos comportamientos, actitudes, valores, proyectos y ambiciones que habían determinado hasta ahora el curso de nuestra existencia… y quizá, a buscar reconectar de otra manera, en un marco más ordenado y armonioso, los pedazos descompuestos y  dispersos de nuestra existencia.

Generalmente tendemos a pensar que es difícil detenerse, retirarse, retroceder, dejar atrás, buscar el silencio y la soledad… Necesitábamos la pandemia para comprender que todo eso es fundamental; para comprender también que, en lo concreto y cotidiano de nuestra vida, llenamos nuestra existencia de un montón de cosas inútiles y superfluas que destruyen o menguan nuestra libertad, nuestra paz interior y nuestra disponibilidad a los llamamientos del Espíritu de Dios y de nuestros hermanos.

El Covid 19 nos ha hecho a todos un poco más sabios, más resistentes, más resignados, menos exigentes. Nos ha obligado a contentarnos con menos, ir a lo esencial, aceptar y apreciar una vida más despojada, más reservada, más simple, más sobria, sin demasiadas exigencias ¿Cómo podríamos nosotros realizar una vida de buena calidad humana si permitimos a la exterioridad y la materialidad de nuestra existencia de nos acaparar totalmente a riesgo de descomponernos y dispersarnos hasta al punto de secar y asolar la parte mejor que está en nosotros? Esa parte constituida por nuestra sensibilidad al Espíritu en nosotros y a las vibraciones del Misterio Último que nos habita. Jesús lo había comprendido mucho antes que nosotros.

Este episodio del Evangelio tiene también un componente social sobre el que habría mucho que decir. Jesús aquí está rodeado de una multitud de gente pobre, angustiada y sufriente. Los discípulos son al tanto de todo esto: “¿Qué se puede hacer con toda esta gente que tiene hambre y, evidentemente, carecen de lo necesario…”? Sin embargo, no tienen ninguna intención de implicarse. “Después de todo, no es nuestro problema… -gruñen entre dientes- no somos nosotros los causantes de la situación…”

Esta pandemia nos hace caer en cuenta que tal actitud de indiferencia y desinterés es nefasta para todos; y que sólo la actitud contraria de atención al otro, de preocupación por el otro, de cuidar y hacerse cargo del otro, y por tanto de la solidaridad, es en definitiva capaz de asegurar nuestra salud y nuestro bienestar. Esta pandemia, nos hace experimentar, con una evidencia patente, que el bien realizado y el amor dado aprovechan tanto al beneficiario como al donador.

Y entonces Jesús responde: “¡Salgan de su egoísmo! ¡Comprométanse! ¡Pidan! ¡Denles ustedes de comer!”. Lo que significa:  no es cuestión de zafarse, de encontrar excusas o pretextos para justificar nuestra inacción o nuestra apatía. Siempre hay algo que hacer cuando nuestro prójimo está en peligro, en desgracia o necesidad. Incluso si vemos que nuestros medios son con frecuencia insignificantes y que no tenemos más que dos sardinas y unos panecillos. ¿Qué podemos hacer con eso? Sin embargo, ¡Junten, ofrezcan, distribuyan, compartan, nos dice Jesús, y verán el milagro…! Todos sacarán provecho y se sentirán socorridos, protegidos y alimentados con el pan de vuestra solicitud, vuestra comprensión y vuestro amor.

Esta enseñanza del maestro Jesús nos llega a propósito, en estos tiempos peligrosos y angustiantes de pandemia, cuando, más que nunca, nuestra seguridad y nuestra salud están puestas en las manos de nuestro vecino, más que en las de Dios.

 

Bruno Mori -  Traducción de  Ernesto Baquer

(Original francés en: http://brunomori39.blogspot.com/2020/08/

 

mercredi 29 avril 2020

¿Por qué un Jesús “transfigurado”?


  (Mt 17,1-9)

Original francés en : http://brunomori39.blogspot.com/2020/03/.

Siempre me he preguntado qué sentimientos, qué experiencias espirituales, qué procesos sicológicos e intelectuales, qué tipo de fe y de creencias, pudieron impulsar de tal manera a los primeros cristianos, que los autores de los evangelios y otros escritos del NT, envolvieron progresivamente la figura de Jesús de Nazaret con el ornato de una criatura celeste, hasta metamorfosearlo enteramente en dios. ¿Cómo pudieron llegar hasta ahí?

En esta breve reflexión, busco sacar a luz algunas causas posibles en el origen de este proceso de divinización progresiva del hombre de Nazaret.

En el origen de la experiencia humana y espiritual de los primeros discípulos y admiradores de Jesús de Nazaret, hubo la fascinación, el asombro y la exaltación que experimentaron en la relación con este hombre. Fascinación y asombro suscitados por diversos factores. Ante todo pienso, al percibir la maravillosa calidad de la personalidad del Maestro, la exquisita armonía humana y espiritual que se desprendían de su persona, al tomar conciencia, siempre en forma creciente de la extraordinaria novedad de sus intuiciones, los valores que proponía y el mensaje que anunciaba.

 En efecto, se trataba de un mensaje que les abría a todos la perspectiva de un mundo totalmente distinto del antiguo; un mundo y una sociedad humana animados por otros principios, otras prioridades, otros valores, orientados por otra manera de pensar. Un mundo donde todos podrían convivir, en la igualdad, el respeto mutuo, la justicia, sin miedos y en la paz restablecida definitivamente. Un mundo donde todos encontrarían su lugar y el pleno reconocimiento de su dignidad, así como la posibilidad de vivir otro tipo de existencia.

Se trataba por tanto, de un mensaje que tenía todo el sabor de una buena noticia para todos los pobres, los oprimidos y los perdedores de la tierra. Un mensaje que desvelaba otra manera de ser humano, otro Dios y otra forma de relacionarse con él. En este mundo nuevo, anhelado por Jesús, la energía que hacía funcionar todo era exclusivamente la del amor.

Consecuencia de esta profunda y cautivante experiencia espiritual y personal, los discípulos de Jesús no pudieron no imaginar, ni pensar y, en definitiva, de convencerse, que todo eso era demasiado nuevo, original, hermoso, demasiado “maravilloso”, para venir de un hombre. Y por tanto que en este hombre y por este hombre, el cielo se había abajado hasta tocar la tierra, que Jesús era un hombre de Dios, habitado por Dios y por su espíritu; que Dios hablaba a través de él y que Jesús vivía una relación de intimidad y familiaridad única con su Dios al que llamaba con ternura “papá”.
¿Por qué, frente a Jesús, sus discípulos no reaccionaron como lo haríamos hoy cada uno de nosotros ante un hombre excepcional, que diríamos más bien: «Este hombre es un ser extraordinario: es un genio, un prodigio, ¡¡¡es un fenómeno!!!». Como lo hacemos habitualmente cuando hablamos, por ejemplo, de Miguel Ángel, Shakespeare, Mozart, Beethoven o Einstein, ¿sin tener que conectarlos necesariamente con Dios?

Los discípulos pudieron reaccionar así ante la persona del Maestro porque estaban inmersos en una cultura religiosa formada por un pensamiento y unas creencias que los movían a comprender y percibir la Realidad como totalmente impregnada de la presencia y la proximidad de Dios; a imaginar su universo como un escenario donde se desplegaba una continua interrelación entre el mundo de los dioses y el mundo de los hombres. Pensaban el universo como constituido por dos mundos reales y paralelos, separados sólo por un «cielo» o una bóveda celeste (que constituía el  techo de la casa de los hombres y el suelo de la morada de los dioses) que las criaturas divinas del cielo fácilmente podían penetrar y atravesar para bajar a la tierra, a fin de mostrarse y comunicarse con las criaturas humanas.

Igualmente necesitamos tener presente que en el curso de los tres primeros siglos, el pensamiento cristiano se extendió y desarrolló casi exclusivamente en los países del Mediterráneo, de cultura mediterránea, y por tanto familiarizados con los relatos de la mitología pagana sobre los triunfos de los dioses del Olimpo que con frecuencia descendían a la tierra, bajo apariencia humana, para interactuar con los mortales.

Esta cosmología primitiva y la influencia de ese pensamiento mítico, combinadas con la percepción de Jesús como hombre de Dios sobre quien descansa su Espíritu, fueron el soporte cultural que hicieron posibles los primeros pasos hacia un proceso de divinización gradual pero constante de la persona de Jesús realizada por la reflexión, el entusiasmo y la fe de las primeras comunidades cristianas. Este proceso de exaltación y divinización del hombre de Nazaret, iniciada en el primero siglo, encontró su apoteosis y conclusión definitiva en las declaraciones dogmáticas de los concilios ecuménicos de los siglos IV y V.

Lo que vemos en acción en los cuatro evangelios es ese proceso de divinización progresiva de la persona humana de Jesús de Nazaret. Proceso acentuado y radicalizado en las cartas de San Pablo ([i]) y, por su influencia, en otros escritos del NT.

Así, en el evangelio de Marcos (Mc 1,9-13), el más antiguo de los evangelios, redactado a fines de los años 60, Jesús, después de su bautismo en el Jordán, todavía es presentado, sencillamente, como el hombre elegido por Dios sobre quien derrama su espíritu; un espíritu que viene de lo alto, a través de un pasaje abierto en la bóveda celeste. En Marcos, Jesús es presentado como el hombre elegido, guiado e inspirado por un espíritu que viene de otro lugar. Se trata de un espíritu diferente al espíritu humano y que explica la extraordinaria originalidad y novedad de su pensamiento y su predicación.
En los evangelios de Mateo y Lucas, escritos entre los años 80-90, Jesús ya no es sólo el hombre que posee el espíritu y que está guiado por el espíritu de Dios, sino que ahora es el lugar de la presencia humana de Dios en este mundo. Ya no es un ser totalmente humano, puesto que no posee un padre biológico humano y que viene al mundo por medio de una mujer fecundada por el santo espíritu de Dios. En adelante es un ser que pertenece a la clase de los dioses inmortales; sobre los que no tiene poder la muerte humana, de quien escapará vencedor; y que volviendo a atravesar, en sentido inverso, los espacios celestes de que descendió, vuelve a Dios, como triunfador que cumplió la misión que le había sido confiada.

En el evangelio de Juan, escrito entre fines del siglo I y principios del II, la persona de Jesús ha perdido su consistencia humana, para adquirir una configuración fundamentalmente divina. Es el Verbo de Dios que existe desde toda la eternidad junto a Dios. Es la Luz de Dios que ilumina a todo hombre. Es la Palabra de Dios que se hace carne y que viene a habitar entre los hombres. Es la forma humana que el Dios celestial asume aquí en la tierra. Es un solo ser con Dios; de suerte que quien ve a Jesús, ve al mismo Dios. Es la resurrección y la vida. Hace pasar de la muerte a la vida a los que creen en él. Da la vida eterna a todos los que lo acogen y escuchan su palabra. Es evidente que para el autor de este Evangelio, decir todo eso de Jesús es afirmar y proclamar abiertamente que es Dios e igual a Dios.

Este proceso progresivo de transfiguración y glorificación de la persona del Maestro, logrado por la veneración, la admiración, el amor y la fe entusiasta de las primeras generaciones cristianas, servirá, más tarde, de base y referencia bíblica para los dogmas de la divinidad de Jesús, la Encarnación y la Trinidad.

Tomar conciencia de ese proceso que se concluye en la divinización de la persona humana del Nazareno, nos sirve también hoy para comprender mejor el fondo, el porqué y el sentido de ciertas afirmaciones, a veces sorprendentes, irreales y excéntricas, en relación con la función, la actividad y la naturaleza de la persona de Jesús en los evangelios y los demás escritos del NT, como, sucede justamente, en el relato de la “transfiguración” de Jesús. Notemos que, sin esta toma de conciencia, gran parte del contenido de los evangelios y otros escritos del NT corre el riesgo de parecernos inaceptable e insignificante.

Este relato, que no tiene nada de histórico, es simplemente un ejemplo más de ese proceso de exaltación, glorificación y divinización iniciado por el deseo de las primeras comunidades cristianas, de honrar la memoria de su Señor, y de cantar, de esta manera, la grandeza de ese hombre enamorado de Dios, enamorado de los hombres, maestro de espiritualidad y de humanidad, que consiguió cambiar de arriba abajo el sentido de su vida y  la orientación de la historia del mundo.

Bruno Mori , marzo 2020

Traduction  de Ernesto Baquer




[i] Para san Pablo, Jesucristo es anterior a todo y todo subsiste en él (Col 1,17)¸en èl habita realmente la plenitud de la divinidad (Col 1,19); nacido del pueblo de Israel según la carne, es, Dios bendito eternamente (Rom 9,4); él, que era de condición divina, no juzgó bueno reivindicar su derecho de ser tratado igual a Dios; sino al contrario, se despojó de sí mismo, tomando la condición de servidor (Fil 2,6-7).

lundi 20 janvier 2020

Reflexión para la fiesta del Bautismo del Señor

(Mt 3, 13-17)



            «Este es mi hijo bien amado en el que tengo puesta mi alegría». Así en el evangelio del Bautismo de Jesús hace hablar a Dios en la teofanía que revela la misión y la verdadera identidad de Jesús. Jesús es por tanto el «bien amado», en el que Dios se complace. Como Jesús, nos dice San Pablo, también nosotros somos hijos de Dios, y por tanto cada uno de nosotros es igualmente su “bien amado” y, en cada uno de nosotros, el Dios de Jesús derrama igualmente su amor.

Los relatos de Navidad, de los Magos y del bautismo de Jesús en el Jordán, son las tres manifestaciones más importantes de Dios a los hombres relatadas en los Evangelios. Pensábamos en un Dios en los cielos, y aquí lo vemos en un pesebre. Esperábamos un Dios abstracto, sobrenatural, puro espíritu, y aquí está en carne y huesos, en un hombre. Aguardábamos un Dios a quien pedir, y aquí tenemos un Dios que pide. Esperábamos un Dios acogido triunfalmente por la autoridad establecida, por los sabios y grandes de este mundo, pero los que lo reconocen y acogen son más bien los humildes, los pobres, los marginados de la vida. Aguardábamos un Dios grande, sorprendente, todopoderoso, en una entrada triunfal en nuestro mundo, con tambores y fanfarria, pero aquí, al contrario, tenemos un bebe casi invisible, asustado y frágil, a quien hay que buscar largo tiempo antes de poder encontrarlo, como tuvieron que hacer los Magos venidos del Oriente. Esperábamos un Dios ante quien probar que somos justos, buenos y virtuosos, y en su lugar descubrimos un Dios que nos ama gratuitamente, sin condiciones, simplemente porque existimos. Y ante quien no tenemos nada que probar, nada que hacer para atraer su atención y ganar su amor.

Hemos sido educados en merecer ser amados, en hacer cosas que nos hagan amables y dignos del afecto de los demás. Desde nuestra infancia, somos formados para ser buenos hijos, buenos alumnos, buenos muchachos y muchachas, buenos cónyuges, buenos padres, buenos trabajadores, buenos empleados, buenos patrones… porque el mundo recompensa a los que tienen éxito, a los que son capaces. Dentro de nosotros se insinúa la idea de que Dios nos ama, claro, pero con ciertas condiciones. Toda nuestra vida, en consecuencia, se convierte en una búsqueda de aprobación de legitimación, de reconocimiento. Pasamos la vida buscando saber lo que los demás piensan de mí, a fin de estar a la altura de sus expectativas.

En lugar de tratar de realizar mis proyectos, los míos, mis esperanzas, las mías, los deseos y las aspiraciones de mi corazón o de mi espíritu, y de hacer lo que realmente me realice, paso mi vida complaciendo a los demás, justificándome, haciéndome perdonar, aceptar, disculpar mi existencia.

Los demás no siempre me aman ”bien”, deseando y queriendo lo que es realmente “bien” para mí. Para Dios, al contrario, yo soy siempre su “bien” amado. Lo que significa que Dios ama y quiere siempre lo que es “bien” y “bueno” para mí. Y al hacerlo me ayuda a ser alguien “bien” y “bueno” tanto para El como para mí y, en definitiva, para los demás. Porque si yo soy “bien” en mi piel, si estoy feliz y satisfecho conmigo mismo, mi felicidad se derramará automáticamente sobre los demás y hará también la felicidad de los otros.

Dios no me ama porque yo sea gentil, bueno, valiente; sino amándome como lo hace, me vuelve bueno, valiente, gentil, y por ello alguien que es “bien” para todos. Su forma de amar, la cualidad “antecedente” de su amor, el hecho de ser su “bien amado”, me realiza como persona.

Lo que Dios ha sido para Jesús, lo es también para cada uno de nosotros. Como Jesús nosotros también, el día de nuestro bautismo, hemos sido depositados en las manos de ese mismo Dios de amor y nos hemos convertido en sus hijos “bien amados”. Ese día, la semilla de la presencia de Dios y de su Espíritu, ha sido depositada en nuestro corazón. Pero se trata de una semilla a cultivar, a mantener, porque se seca y muere si la descuidamos. Todo lo que haga vivir (arte, música, silencio, naturaleza, amistad, amor) me acerca a Dios, todo lo que me hace salir de mí (caos, apariencia, ruido, superficialidad) me aleja y me vacía de los mejor que tengo. Con el bautismo, cada uno de nosotros asume el compromiso de adoptar el estilo de vida de Jesús, su comportamiento, su manera de pensar, de creer y de amar. Como Jesús, soy llamado a vivir no sólo para mí, sino para los demás, y, como él, a dar mi vida por mis hermanos y hermanas.

Pasamos gran parte de nuestra vida, intentando triunfar, queriendo ser alguien, grande, importante, célebre… pero nunca podemos ser mas que hijos “bien-amados” de Dios y eso ya lo somos.
Esta fiesta de hoy es la fiesta de lo que hay escondido en nosotros, y que ha de ser redescubierto.

Entonces, como decía San Irineo de Lyon: “Cristiano, ¡conviértete en lo que eres!”, un ser repleto de amor, en quien el Dios de Jesús “tiene puesta su alegría”

BM – Enero 2020

(Traducción de Ernesto Baquer )


La familia de Nazaret



Algunas reflexiones de actualidad


Cada año, esta fiesta me deja un poco perplejo. Es que proponer la familia de Nazaret como modelo para nuestras familias de hoy, en estos tiempos de fragmentación de antiguas costumbres, de pérdida de parámetros tradicionales y de caos social, me parece algo ¡realmente utópico!. Como me decía una mamá: “Está muy bien que nos propongan como ejemplo a la Sagrada Familia, pero María tenía como hijo ¡al Hijo de Dios!”.

Aceptando esta primera dificultad nada nos impide que podamos descubrir en esta fiesta cristiana de la “Sagrada Familia de Nazaret” algunas orientaciones útiles para nuestros hogares de hoy, incluso si vivimos en un contexto social y cultural muy diferente y mucho más difícil y complicado que el de esa familia que vivió dos mil años antes que nosotros.

Primera característica de la familia de Nazaret que podría inspirar a nuestras familias: es una familia que tuvo el coraje de insertar a Dios en medio de ella. Debería ser lo mismo en nuestras familias de personas creyentes. Incluso si no podemos pensar en un Dios retozando por la casa, podemos tenerlo presente en nuestras decisiones, trabajos, elecciones, pensamientos, en los impulsos de nuestro corazón, en nuestras conversaciones, oraciones, preocupaciones… Nosotros, que vivimos hoy en una sociedad que parece haberlo excluido y barrido de sus intereses y preocupaciones.

Seamos sinceros, también nosotros cristianos, colocamos generalmente a Dios fuera de nuestra familia; no estamos muy dispuestos a mezclarlo en nuestros asuntos… ¡y eso se nota! Entonces, ¡porqué no echar una mirada hacia la familia de Nazaret! Porque no pensar que ¡Dios pudo tener la satisfacción de vivir en nuestra casa y entre nosotros… y que quizá pueda desear también tener una lugar en nuestra mesa, en nuestra sala y en nuestro corazón! Entonces ¿por qué no invitarlo con más frecuencia? ¿Por qué simplemente, no tratar de insertarlo cada vez más en nuestras elecciones, nuestro papel educativo, nuestras relaciones, nuestro trabajo?

En segundo lugar, mirando esa familia y leyendo las escasas informaciones que sobre ella nos proporcionan los Evangelios, nos llama la atención el clima de Misterio que rodea a sus miembros. Se nos dice que María y José guardaban los acontecimientos que les sucedían en su corazón y que reflexionaban sobre el sentido que podían tener en su vida; y que el joven Jesús, gracias a sus padres, “crecía en estatura, en sabiduría y en el favor de Dios y de los hombres” (Lc 2,52).

Me los imagino intercambiando miradas inquisitivas hacia este niño tan igual a los otros y sin embargo, tan diferente, y buscando captar algo de su insondable misterio. Sin embargo, este misterio propio de Jesús, finalmente es también el que acompaña y rodea a cada uno de nosotros y que debería transformase en respeto y admiración por la singularidad y profundidad de cada individuo que tenemos cerca.

¡Desgraciadamente, en nuestras familias, con frecuencia hay muy poco respeto y atención para el misterio que cada uno lleva consigo y que es lo que le da encanto a interés! Con frecuencia hay tan poca sensibilidad y atención a las riquezas que cada uno posee y que suelen pasar desapercibidas y casi nunca reconocidas y apreciadas.

En nuestras familias con frecuencia faltan la gentileza y la ternura que deberían acompañar siempre nuestras acciones. Nuestras relaciones y gestos suelen tomar el color de la indiferencia y la rudeza que reservamos a un bien adquirido y asegurado que no necesita ningún cuidado ni consideración.

En nuestras familias, falta casi siempre el estupor y la fascinación con que deberíamos mirarnos unos a otros. Y eso porque, a pesar de los cromosomas y lazos de sangre que nos unen, cada uno es un individuo único, incomparable, asombrosamente diferente y no necesariamente destinado a caminar por la misma senda que los demás. Necesitamos ser capaces de recuperar el sentido del Misterio que cada uno lleva consigo.

En nuestras familias, precisamos encontrar el coraje y las ganas de hablarse más. Pero no para emitir sonidos o para romper el silencio, sino para comunicarnos, para transmitir nuestros sentimientos, para compartir nuestros pensamientos, convicciones profundas y estados de ánimo. En nuestras familias raramente conseguimos comunicarnos en verdad y profundidad los unos con los otros.

Se puede decir que cuánto más cerca se está biológicamente, más sentimos el pudor y la reticencia a desvelar nuestra intimidad espiritual. Con frecuencia eso es una reacción normal de legítima defensa para el misterio que nos habita y que deseamos proteger. Pero también hay que reconocer que frecuentemente hacemos todo lo posible para suprimir las oportunidades de conversación y dialogo que se presentan.

En otros tiempos, la comida reunía habitualmente a toda la familia y era la ocasión favorable y privilegiada para compartir, intercambiar y reforzar los lazos de convivencia, afecto y amistad. Hoy, por desgracia, la hora del desayuno o la comida, con frecuencia se transforman en una soberbia sesión colectiva ante la TV, la tableta o el móvil, para entablar una comunicación inteligente, no con los que están cerca, sino con los que están lejos. Estos aparatos se han convertido en el sustituto moderno del diálogo y una buena excusa para evitar encontrarse en profundidad. ¡Y se producen situaciones absurdas e increíbles! Sucede que en una familia ya no se miran, no se dan cuenta, no se hablan, no se conocen y se convierten en completos extraños los unos para con los otros.

Claro que también hay mucho ruido en la casa: el sistema de sonido marchando, se habla sobre el tiempo que hace o que hará, se discute del partido favorito; se charla por teléfono con los amigos, cuando no hay peleas o gritos…

Pero desapareció el diálogo auténtico que une a las personas y les ayuda a crecer y desarrollarse espiritual y humanamente. Las palabras que expresan amor, gentileza, ternura, preocupación por los otros, perdón, etc. también han desaparecido.

Entonces, quizá no sea inútil que hoy, aprovechemos esta fiesta para reflexionar sobre la calidad humana y espiritual de nuestra familia y de hablar con Dios para que todos los que la componen sean o aprendan a ser, en la escuela de la familia de Nazaret, elementos eficaces de crecimiento espiritual y auténtica humanidad.

Bruno Mori - 29 diciembre 2019   - (Traducción de  Ernesto Baquer)

Navidad, más allá de la religión


Ensayo de interpretación no religiosa del cuento de Navidad.



En Occidente vivimos en una sociedad donde la religión y el Dios que nos presenta, han sido prácticamente eliminados de las preocupaciones y la vida de las personas. De tal manera que, sin exagerar, podemos afirmar que hoy, la mayoría de los occidentales consideran la religión como un fenómeno del pasado que ya no tiene importancia en el presente y viven como si Dios hubiera desaparecido definitivamente del horizonte de su existencia.

El mundo occidental moderno, caracterizado por las libertades individuales, el progreso técnico, la ciencia y el conocimiento, al eliminar de sus intereses a Dios y las creencias religiosas, todavía no ha sido capaz de llenar adecuadamente el vacío dejado por esa pérdida en la vida de muchas personas y que se traduce en una insatisfacción existencial, un déficit de sentido y de “espiritualidad”.

Privados de las referencias estables y seguras proporcionadas en otros tiempos por la Institución religiosa, la gente experimenta hoy una forma, más o menos consciente, pero real, de desconcierto psicológico, ético y espiritual que busca curarse a través del espejo de una felicidad basada en el súper consumo y la acumulación de bienes.

La gente de la modernidad, asqueada del agua estancada y corrompida que les ofrecía la religión, en su frustración, renunciando definitivamente a la búsqueda de “otra fuente” capaz de aplacar su sed de sentido y felicidad, banalizan ahora su existencia en la superficie de un cotidiano insignificante, sin inquietarse por conferirle calidad y profundidad.

Pienso que la gran tarea que nos espera a nosotros, los humanos que vivimos en esta época de la muerte de Dios y del divorcio de la religión, es la de buscar y descubrir, más allá, fuera de la religión, una nueva Fuente de sentido capaz de responder a las exigencias, con frecuencia atormentadas, de nuestro corazón y nuestro espíritu.

Porque si el Dios mítico de las religiones ya no consigue darnos respuesta, seguimos necesitando que nazcan en nosotros sueños, esperanzas, anhelos, deseos, visiones, sentimientos que nos sostengan a lo largo del viaje de nuestra vida. Necesitamos convencernos que no estamos solos y perdidos en un Universo frío y vacío de sentido. Necesitamos sentirnos parte de un Todo que nos incluya, englobe y acompañe y parte del amor del que vivimos y un día morimos.

Necesitamos que nazca en nosotros la certeza de la presencia de un Misterio, que nos supere, pero en el que nos encontremos y que nos desee y nos ame a pesar de todo y a pesar de nosotros. Y si por fortuna o por una especie de milagro este nacimiento llega a producirse en nuestra vida, entonces, en ese momento, habremos descubierto la “Fuente” y nos habremos encontrado con “nuestro” verdadero Dios.

Pero no será el Dios de las religiones, sino más probablemente el Dios de Jesús de Nazaret. En ese momento, la venida de Dios será un evento  real y perturbador de nuestra existencia, tal como parece anunciarse e ilustrarse poéticamente en el cuento cristiano de Navidad.

Si a lo largo de los siglos, la transmisión de la historia de Navidad ha conseguido tocar la imaginación y los sentimientos de innumerables generaciones de creyentes y colmar los corazones de esperanza, alegría y paz, eso significa que ha conseguido comunicarnos algo muy “bueno” para nuestra vida.

Ahora que, la sensación de que es lo « bueno » nunca ha sido una percepción absoluta y universal, sino siempre una percepción relativa, que puede variar considerablemente de una persona a otra y también depende de épocas, razas, culturas, tradiciones y lugares. Así, lo “bueno”, apetitoso, atrayente, válido en la cocina o en la conducta de los humanos del Neolítico o la Edad Media, corre el riesgo de no serlo del todo en la cocina, las acciones y las percepciones de la gente de nuestra época. Lo que es “bueno” normal y aceptable para los pigmeos del Camerún, probablemente no lo es para los habitantes de Noruega.

De igual manera, lo que, en el cuento de Navidad fue “bueno” para los cristianos sencillos e ignorantes de otros tiempos, ya no es sin duda lo “bueno” para mí ahora, a mí, un occidental moderno, configurado por la época de la ciencia y el conocimiento, y en poder por tanto de una cultura y una mentalidad como ninguna otra en el pasado.

Por ello, tengo mi manera, hoy, de ir a buscar en el mito cristiano del nacimiento del Niño Dios en nuestro mundo, lo que me afecta, coincide, me habla, me maravilla, me hace descubrir la “buena nueva” escondida que quiso finalmente anunciar a los humanos, y que me ayudará a situar mejor el lugar del Misterio y la acción de su Amor en mi vida.

Como los antiguos cristianos interpretaron a su manera el cuento de Navidad para que les hicieran bien, también yo, puedo y quiero hoy, interpretar a mi manera, sirviéndome y aprovechando todas las adquisiciones de mi cultura, mi mentalidad, mis sentimientos, para que ese cuento sea “bueno” y me haga “bien”, también a mí,  cristiano del siglo XXI.

Porque finamente, mitos, leyendas, cuentos antiguos, tienen un valor universal y perpetuo que con frecuencia son producto de sensaciones arquetípicas hundidas en las cavernas del inconsciente colectivo de la humanidad y la expresión de una sabiduría y espiritualidad naturales. De suerte que, del pozo de su sabiduría y sus intuiciones ancestrales, los hombres de cada cultura y cada época puedan extraer a la medida de su sed, sus necesidades, la orientación de sus intereses y sus aspiraciones; a la medida de la configuración de su visión del mundo, su cultura y su sensibilidad espiritual.

Por esta razón, yo también, hijo del tercer milenio, pretendo interpretar a mi manera el relato cristiano de Navidad, para poder extraer de él, lo que me parezca “bueno” para mí. Me gusta considerarlo como una hermosa fábula que ilustra, con imágenes extremadamente tiernas y poéticas, la acción de la “Energía Amorosa de Fondo” o del “Misterio Último” (al que las religiones han llamado Dios) en nuestro mundo, presentado como una “revelación”, una “materialización” y una “encarnación” de su presencia en lo que hay más grande y, al mismo tiempo, más pequeño, frágil precioso y bello en la materia de nuestro mundo.

Me encanta, pues, interpretar el cuento de Navidad como un relato poético y simbólico de la encarnación cósmica de la Fuerza o del Espíritu de Dios en las profundidades de esta materia capaz de transformarse en manifestación de Dios y en “hijo” de Dios. Esta “encarnación” cósmica del Misterio Original en la “materia sagrada” como la llamaba Teilhard de Chardin, es para mí un “milagro” mucho más probable, aceptable y creíble que la literalidad ingenua y absurda del relato evangélico de la Natividad.

Después de todo, mi interpretación tiene el soporte de la física cuántica y está por completo en armonía con las suposiciones, intuiciones y conclusiones más recientes de la astrofísica moderna, donde científicos de renombre postulan con mucha seriedad la presencia en ese Cosmos de una “Inspiración” (y por tanto de un “Espíritu” y un “Compositor” genial) necesario para explicar la música y las extraordinarias melodías tocadas por la orquesta sinfónica del Universo.
Entonces, permítanme contemplar a mi manera los personajes principales de esta tierna historia.

De ahí que en el cuento de Navidad, la « Virgen » María, la Madre-Milagro, fecundada por el Espíritu de Dios y que da nacimiento a la manifestación material, corporal y sobre todo humana de Él, se transforma para mí en un magnífico símbolo de ese Cosmos intacto, de ese Útero Original, de esa Madre Tierra, de esa Naturaleza placenta y cuna de todo ser y de toda vida, bella como una esposa engalanada para su esposo; de esa “Materia Sagrada” animada y removida en sus profundidades por las vibraciones de un Misterio de atracción y de fusión que me sobrepasa.

María se convierte así para mí en la figura más emblemática de esa fecundación cósmica por medio de la cual el Misterio Último se “materializa”, se “encarna” y actúa en nuestro Mundo y por ella, se revela a los ojos fascinados de nuestra sensibilidad espiritual y se ofrece a nuestro asombro, nuestra atención y los arrebatos de nuestro amor.

José, el hombre justo del cuento de Navidad, que asiste sorprendido, incrédulo, alarmado y preocupado al milagro de esta prodigiosa fecundación, y con una atención tierna y amorosa a los que le son confiados a su cuidado, respeto, veneración de semejante Madre, es también para mí la sorprendente imagen de cada ser humano en la tierra y de la actitud que cada uno deberíamos adoptar frente a este Mundo, a este Planeta, a esta Naturaleza, convertidos en lugar no sólo de la acción, la manifestación y la encarnación del Misterio Último, sino también en la camita en la que se acuna a todo hijo de la Tierra para que desarrolle todas las facetas de su amor y toda la profundidad de su humanidad.

Jesús, el hijo nacido del seno de María y confiado, con su fragilidad y su inmenso valor, a la pobreza de un establo, es para mí el icono más expresivo de lo que cada uno de nosotros es, o puede llegar a ser, en este mundo, si es capaz de tomar conciencia e interactuar con las Fuerzas amorosas que lo habitan. Que son, en efecto, las mismas Fuerzas con que el Misterio último ha fecundado el Universo y que se han derramado y “encarnado” de forma particularmente intensa en el corazón del hombre, haciéndolo receptáculo y relevo de la forma “divina” del amor en nuestro mundo.

Finalmente, el cuento de la Navidad cristiana se transforma en una puesta en escena genial, entrañable, llena de intuiciones sorprendentes e increíblemente modernas. Es una fábula exquisita que ilustra la acción potente de las Energías Misteriosas que bullen en el corazón de la Realidad y que parecen manifestarse como un proyecto genial o “divino” de relaciones e interacciones, de comunión y amor que nosotros los humanos debemos aplicar continuamente para que el Universo pueda cumplir y completar más holgadamente la marcha evolutiva hacia su fusión (amorosa) con el Todo.

 Creo que mi Navidad, si no es tan religiosa (en el sentido tradicional del término) es sin embargo muy cristiana. Pero no  cristiana a la manera de la Iglesia, sino a la manera del Jesús de los evangelios.
A lo largo de su vida pública, Jesús de Nazaret, consiguió cumplir dos destacadas hazañas: por una parte, fue capaz de presentarse al mundo como el hombre guiado y animado exclusivamente por el espíritu y las fuerzas del amor que encontraba en Dios; y por otra, presentar a “su” Dios como la presencia de una Energía amorosa de una calidad única en el corazón de cada ser humano.
¿No es todo eso el nacimiento de una nueva manera de concebir la presencia y la encarnación de Dios en nuestro mundo?
Entonces ¿por qué el descubrimiento de las misteriosas Energías portadoras de un Espíritu que nace en el corazón de la materia, “haciéndola “Santa” no habría de ser celebrada universalmente con una gran fiesta llena de luces, alegría y cantos de gozo, ¿como la celebración moderna de una nueva Navidad?
¿Por qué ese nacimiento, no ha de ser, para nosotros los modernos, una forma de dar un nuevo sentido a la Navidad, así como razones más verdaderas y estimulantes de celebrarla que susciten auténticos sentimientos de asombro, exaltación y alegría?
           
Bruno Mori, en la Navidad de 2019.

Traducción de  Ernesto  Baquer