samedi 17 juillet 2021

Una comida, una comunión, una presencia

 

En la fiesta del ”Corpus Domini”

 

Comenzamos por una pregunta. ¿por qué el gesto de la comida fraternal en común llamada agapé o eucaristía, después de 20 siglos y hasta hoy, ha sido respetada fielmente por los cristianos de todo tiempo y lugar, hasta convertirse en el rito más típico e importante de su práctica religiosa?

La respuesta es que los discípulos, siguiendo el ejemplo de su Maestro, han comprendido que una comida juntos, en torno a una mesa fraternal, tiene una carga simbólica excepcional y que este gesto ordinario se presta, más y mejor que ningún otro, para expresar, de manera simple pero sugestiva, los valores y el contenido más fundamentales de su mensaje.

De hecho, una mesa preparada es sinónimo de familia, afecto, fraternidad, amistad, comunión, complicidad. Una buena comida festiva constituye una oportunidad única para comunicar, dialogar y compartir. El hecho de sentarse en la misma mesa con otros convidados nos obliga a salir de nuestro aislamiento y nuestra soledad. La gozosa presencia de otros invitados al lado nuestro, nos obliga a buscar lo mejor que hay en nosotros, a activar nuestra capacidad de escucha, a mostrar atención, interés, a mirar al otro en los ojos, y también, si nos abre la puerta, a entrar, aunque sea por unos instantes, en los secretos de su vida.

Alrededor de una mesa de fiesta, no sólo comemos alimentos, también estamos invitados a gustar de la parte mejor y más secreta de la persona sentada a nuestro lado.  La comida es el lugar propicio no sólo para cotilleos, sino también para confidencias, confesiones, excusas, reproches, arrepentimientos. Acercamientos, reconciliaciones. Una buena mesa es el lugar donde se tejen relaciones, se forman amistades, nacen amores.

Un banquete festivo frecuentemente se organiza y prepara para conmemorar un acontecimiento, festejar a una persona querida. Así, durante la comida, conmemoramos, recordamos, hablamos de ella y de los acontecimientos que le conciernen. Para expresar hasta qué punto esa persona ha sido importante para nosotros y nos ha tocado, influido y transformado nuestra vida.

Pensemos, por ejemplo, en un banquete de aniversario de bodas de oro. ¡Qué placer para sus hijos, ahora ya adultos, recordar las grandes etapas de la vida de sus padres, los rasgos típicos de su carácter, anécdotas divertidas, actitudes o comportamientos del papá o la mamá que les impactaron y marcaron!

Una comida de fiesta con frecuencia es un tiempo especial durante el cual recordamos con afecto y ternura a personas que han sido importantes para nosotros y donde revivimos acontecimientos que nos marcaron y nos ayudaron a afrontar mejor nuestra existencia.

Por ello, Jesús, antes de morir, recomendó a sus discípulos el gesto de la comida fraterna como la manera más fácil y apta para recordarlo, volver a sumergirse en su Espíritu y expresar y vivir juntos los contenidos más fundamentales y típicos de su enseñanza.

Por eso cada domingo nos reunimos como una sola gran familia, alrededor de la mesa (altar) eucarístico. Lo hacemos porque queremos vivir juntos un momento de fraternidad, convivencia y comunión; porque queremos, con ese gesto, expresar y manifestar todo el amor que nos anima y que deseamos esparcir a nuestro alrededor para que aporte más felicidad a nuestros hermanos.

Pero nos reunimos también para recordar a nuestro Maestro y Señor Jesús, para recordar los acontecimientos más impactantes y las etapas más importantes de su vida; pera reflexionar juntos (ayudados por el jefe de familia) sobre sus palabras, los contenidos de su enseñanza, para, seguidamente, traspasarlos a lo concreto de nuestra vida cotidiana que así se transforme en imagen de la suya.

En fin, nos reunimos para comer, es decir satisfacer nuestra hambre y nuestra sed, para alimentarnos con las palabras y la enseñanza de nuestro Maestro Jesús, en cuyo Espíritu queremos construir la calidad de nuestra vida.

Precisamente hambre y sed de él que expresamos en el momento de la comunión, cuando, en la mesa eucarística recibimos y comemos el Pan Santo, la Hostia “consagrada”, signo sacramental de la presencia continua del Señor Jesús en medio nuestro y en nuestra vida.

Fiesta hermosa la de hoy, que nos recuerda la necesidad que tenemos, en cuanto cristianos, de alimentarnos continuamente del Señor Jesús, siempre vivo y presente en la comunidad de sus discípulos, a través de su Palabra y su Espíritu.

 

Bruno Mori – Junio 2021

 

 

 

SIN EL OTRO Y SIN AMOR, NO SOMOS NADA

 

Reflexiones para el Jueves Santo 2021

 

El evangelio de Juan sitúa los acontecimientos del relato durante la última cena pascual de Jesús con sus amigos.  Si durante esa cena lo más importante, solemne y cargado de recuerdos sería el ritual judío, al tomar Jesús la iniciativa de lavar los pies a sus discípulos, es que quiso reemplazar los símbolos antiguos (liberador y triunfal) de esta cena con el simbolismo del gesto de humildad y humillación. Y ello con el fin de grabar para siempre en el espíritu y el corazón de sus discípulos, un principio de vida y de conducta humana que particularmente querido en su corazón, porque constituía el centro y lo esencial de su mensaje: la necesidad de encarnar en su vida, las dinámicas amorosas del comportamiento de Dios, por las que, cada uno, se torna capaz de descentrarse de sí mismo y de vivir en una disposición constante de darse y de servir.

 

De ahí que Jesús, en tierra, lavando los pies a sus amigos, se convierte en el prototipo del comportamiento de cada discípulo. Con este gesto, el primero se hace último, el grande pequeño, el que manda como el que sirve. Sí, a los ojos del mundo, es un comportamiento loco, insensato, anormal. Pero a los ojos de Jesús, en adelante, será (o debería ser) la actitud normal de sus discípulos: «Les he dado el ejemplo, -les dijo- yo, a quien llaman Maestro y Señor, para que ustedes hagan lo mismo».

 

Con este gesto, Jesús señala a los suyos un nuevo programa de vida: no una existencia centrada y replegada sobre uno mismo, en la búsqueda obsesiva, exclusiva y egoísta de su bienestar personal, sus intereses, sus deseos, sus apetitos, sino en una vida entregada al servicio de los otros (sobre todo si están desvalidos, abandonados, oprimidos, si sufren) y a poner más amor, a crear más fraternidad y a producir más felicidad en nuestra sociedad y en nuestro mundo.

 

Con este gesto de humillación, la víspera de su muerte, Jesús quiere transmitirnos su herencia más preciosa: hacernos entender que sólo el amor al otro colmará nuestra vida y salvará al mundo. Quiere que tomemos conciencia de la importancia del otro en nuestra existencia. Porque el otro es el único que hace posible el amor en nuestra vida y por lo mismo, el despliegue y la realización de nuestra humanidad, nuestra felicidad, así como el sentido de nuestra existencia. Sin el otro y sin el amor, no somos nada, decía Pablo a los de Corinto. Este salir de nosotros mismos para encontrar al otro con la finalidad de amarlo por lo que es, para amarlo sin condiciones, califica no sólo el comportamiento cristiano, si no que es la base de un comportamiento auténticamente humano.  Sin el amor, ya no somos humanos, nos deshumanizamos.

 

La persona que ama, permite dar sentido a todo lo que vive. Amar al otro, sea un humano o cualquier representante de la familia de los seres vivos, es darle una razón de vivir. Para un ser no hay, en efecto, ninguna razón de existir. La existencia es pura gratuidad. Pero amar al otro, significa querer que el otro exista. Es el amor quien lo hace válido, importante y necesario. Amar a una persona es decirle “tú nunca morirás en mi; tú debes existir; tú cuentas; el mundo sería un lugar triste e inacabado sin tí; el mundo es más bello, mi vida más feliz gracias a tu presencia…”

Cuando alguien o algo se vuelven importantes para otro, sobreviene en éste un brote de energías vitales. Port ello, cuando se ama, uno se rejuvenece y tiene la sensación de comenzar una nueva existencia en un mundo que, súbitamente y por encanto, se vuelve “maravilloso”. El amor es un estallido de vida y una sublime fuente de alegría, encanto y felicidad.

Las nuevas consignas y la nueva orientación de vida que Jesús nos deja en herencia, se convierten entonces en la negación de toda relación que se instaure con los parámetros y la lógica del poder y de la superioridad de unos sobre otros; así como la condena de todos los comportamientos y actitudes egoístas y predadoras que se desarrollan opuestas al camino de la responsabilidad, el cuidado, el respeto, la consideración, la atención amorosa al mundo humano y al mundo natural.

 

El genio y la originalidad de Jesús consiste en haber comprendido que los humanos nos sentimos mucho mejor dotados y felices en un mundo (o una sociedad) guiado por las fuerzas y actitudes del amor, la compasión y el servicio, que por las del poder, la violencia y la opresión. De suerte que, para Jesús, la humanidad realizará un enorme salto evolutivo cuando haya integrado en sus convicciones y prácticas el valor de la disponibilidad, el servicio y el amor gratuito y desinteresado de los unos para con los otros.

 

En este Jueves Santo, los cristianos somos pues invitados a recorrer, ahora nosotros, el camino por el que Jesús marchó, y a asimilar en nuestra vida las actitudes interiores que hicieron de él el buen pan que ha sido para todos. “Yo les he dado el ejemplo, nos dice también esta tarde, para que se amen los unos a los otros como yo los he amado”.

Pienso que la realización de este modelo de amor y de servicio es, para los humanos de hoy, la única manera de realizar y salvar el mundo que habitamos.  

 

Bruno Mori 

 

Traducción de Ernesto Baquer

 


 

Quién, ¿qué conduce nuestra vida?

 

(4º dom. de Pascua, B – Jn.10, 11-18) 

 

La imagen del Buen Pastor aplicada a Jesús es, indudablemente, la más conocida y amada por los cristianos.

En el Evangelio de Juan, la conducta de Jesús, antes de representarla con la imagen del “buen pastor”, la describe como la “puerta”. El pasaje de hoy sólo nos presenta la segunda imagen, la del pastor, pero las dos hemos de considerarlas unidas.

La puerta no se mueve, está inmóvil, siempre en el mismo lugar. Podemos usarla para entrar, para salir y permanecer afuera. Cuando la necesitamos, la puerta nos acoge y nos protege. Podemos cerrarla o dejarla abierta. Está siempre allí para nosotros. Está siempre allí cuando la necesitamos.

Todos necesitamos encontrar “personas-puerta”: personas que estén siempre allí para nosotros. Que estén prontas para acogernos, escucharnos y amarnos, sin juzgarnos ni condenarnos, sea lo que sea que hayamos hecho o estemos haciendo. Jesús es una persona así. También nosotros, en cuanto discípulos, estamos llamados a ser o a convertirnos en este tipo de individuos que vive con el corazón y los brazos, siempre abiertos, siempre dispuestos a escuchar, ayudar, reconfortar, apoyar y levantar a aquellos que querrían tirar la esponja ante las pruebas, dificultades y sufrimientos de la existencia. Y eso para que continúen creyendo en la presencia en su vida de un Misterio de amor que los sostiene y los acompañará siempre.

El Evangelio nos invita a continuación a ser “pastores, es decir gente que “cuida” de los otros y de todas las criaturas que nos rodean. Invitación que nos llega precisamente en este tiempo de Covid, cuando nuestra salud depende de la capacidad de cada uno de nosotros, en prestar atención, cuidar y preocuparse del bienestar y la salud de todos los demás.

Por tanto estamos llamados a ser para todos puertas y pastores. Todos tenemos un rol de responsabilidad, solidaridad, guía, hacernos cargo y cuidado recíprocos. Ya sea que juntos vivamos unidos, preocupados y responsables los unos de los otros,. Ya sea que juntos, perezcamos.

Ha llegado el momento de que nos planteemos: ¿quién es el pastor de nuestra vida? ¿A quién le confiamos ahora nuestra existencia? ¿Cuáles son los valores que la orientan? ¿Qué o cuales los modelos que la inspiran? ¿El éxito, el poder, la celebridad, el dinero, el saqueo, el pillaje, el destrozo del planeta para producir más, poseer más y para consumir con desmesura… y sin reparar en las consecuencias? ¿O más bien es la disponibilidad, el servicio, la abnegación, el altruismo, el respeto, la gratuidad y la generosidad del darse, la atención afectuosa y atenta con nuestros hermanos humanos y con el Planeta?

Según ustedes, ¿cuál de esas dos actitudes vuelve la vida de una persona, mejor y más realizada a los ojos de los hombres y a los ojos de Dios? ¿Cuál será la más apta para asegurar el bienestar y la felicidad personales, así como el futuro de nuestra sociedad y nuestro mundo?

El evangelio del Buen Pastor de este domingo, en el que Jesús dice dos veces: “Yo doy mi vida por mis ovejas”, quiere por tanto confiarnos a cada uno de nosotros un mensaje muy simple pero de capital importancia para la cualidad de nuestra existencia cristiana y humana. Sólo si tú estás dispuesto a vivir tu vida preocupándote de la de los otros, tú podrás salvar y culminar plenamente la tuya…

 Bruno Mori –  21 abril 2021 

 

Traducción de Ernesto Baquer

mardi 11 mai 2021

“Conservar” en el corazón

 


Fiesta de la familia de Jesús (Lc 2,22-40)

Original italiano en: http://brunomori39.blogspot.com/2021/01/le-conserve-del-cuore.html.

 

Algunos manuscritos antiguos del evangelio concluyen este relato de Lucas sobre la presentación de Jesús en el templo con esta frase: “Y María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”; una frase que en realidad se encuentra  también en el versículo 10 del capítulo precedente que narra la historia del nacimiento de Jesús.

Me gusta mucho esta frase atribuída a María y que encuentro bien actual y rica de significado, también para nosotros que vivimos en un mundo tan lejano y diverso del suyo.

Es que el evangelio dice que María “conservaba” dentro de su corazón todo lo que los acontecimientos y advenimientos que la vida le ofrecían, porque estaba convencida que, a través de ellos, se manifestaba la bondad, la generosidad, la compasión y el amor de Dios en nuestro favor, y por lo tanto mensajeros de sentido y significado.

Decir que María guardaba, conservaba, es como decir que “ponía en conserva”. Un verbo que hace pensar en la “nona”, las mamás italianas de nuestros países de antes, pero también de ahora. Durante el verano y el otoño, cuando la naturaleza era exuberante y el huerto generoso y abarrotado de frutos y verduras, esos “ángeles del hogar” se afanaban continuamente preparando “conservas”, para no perder ni uno de esos bienes de Dios que cada año les llegaban gratis y con profusión como un hermoso regalo del cielo.

Nuestras “mamas” le tenían horror a desperdiciar. “Desperdiciar los alimentos” que la Naturaleza y el buen Dios nos daba era un pecado grave. Esas mujeres, en su sabiduría simple y profunda sensibilidad, habían comprendido que, en la vida, las cosas bellas, buenas, beneficiosas, nunca deben desperdiciarse o perderse: que siempre merecen ser “conservadas”, justamente porque son buenas y nos llegan como una “gracia” y un beso de Dios, con la finalidad de hacer mejor, más segura, más gozosa, nuestra vida y más sensible y agradecido nuestro corazón.

Esta actitud de María que nos presenta el evangelio de hoy, nos llega a propósito a nosotros que, lamentablemente, vivimos en una sociedad de inmenso desperdicio. Una sociedad del consumo inmediato; del usar y tirar, de los productos y alimentos que “caducan”, que no se conservan y que deben tirarse. Obligadamente. Porque la caducidad está escrita en el envase. Porque corremos el riesgo de perjudicar nuestra salud, dicen. Porque consumir productos caducados,  nadie lo recomienda, ni los comerciantes, ni los dietistas, ni los médicos. Porque está prohibido por la ley.

En nuestro mundo occidental, nos hemos acostumbrado a vivir en una sociedad que alienta el consumo a ultranza, y en consecuencia, al desperdicio. Porque consumir y desperdiciar –dicen- es bueno para la economía.

Entonces, manipulados, adoctrinados y seducidos por la publicidad mentirosa de la cultura insensata del consumo como signo de bienestar y de progreso, de productos que creemos necesitar, compramos tantas y tantas cosas (inútiles), que no conseguimos usar, ni consumirlas todas. Entonces descartamos, tiramos. Y adoptamos el desperdicio automático, como estilo de vida y signo de prosperidad.

Y desgraciadamente tiramos productos, vestidos, muebles, electrodomésticos, teléfonos, computadoras, elementos informáticos, de moda hace pocos años, para tener otros más modernos y atrayentes. Pero con frecuencia arrojamos a la calle y despreciamos valores mucho más importantes y vitales, que pertenecen al mundo interior de los valores y sentimientos que determinan la calidad humana de nuestra persona y nuestra existencia.

Y así tiramos a la calle principios y enseñanzas de sabiduría, buenos propósitos, amistad, afectos, fidelidad, promesas, valores y amores. Nos volvemos individuos asqueados e indulgentes. Dejamos de lado la gentileza, el garbo, la buena educación, la fineza del trato, la atención y el interés por el otro. Echamos a la calle la sensibilidad del corazón, para tan sólo conservar la dureza del egoísmo, la indiferencia indulgente, y la avidez de dinero y del beneficio personal.

Esa actitud de “conservar” que el Evangelio atribuya a María, constituye para nosotros una invitación a cultivar la capacidad y el arte del discernir, de percibir, de captar los valores de los acontecimientos y de conservar todo lo bueno que, con frecuencia, crece en profusión en el huerto (o el jardín) de nuestra vida.

Son cosas buenas sembradas en las relaciones tejidas por nosotros, en los buenos ejemplos recibidos, en la calidad humana, en la sabiduría y las enseñanzas de los maestros, en los amores vividos, en los lazos creados, en los momentos de exaltación, encanto, éxtasis y felicidad vividos, en los dolores experimentados, en las luchas entabladas, en los vacíos que tuvimos, en las lágrimas derramadas…

Todo ello constituye la rica reserva de los frutos preciosos producidos en el huerto de nuestra vida y para “conservar” con premura, como María, en la despensa de nuestro corazón…

Estas “conservas” serán preciosas cuando, extenuados, descorazonados y deprimidos por las pruebas y angustias de la vida, necesitemos nutrirnos y reanimar nuestro espíritu con un producto que nos guste y que pueda ayudar a levantarnos y a reencontrar el coraje, las ganas y la alegría seguir viviendo.

 

Bruno Mori  - 26 dic. 2020

 

Epifanía una nueva manera de amar

 

(2021)

Traducción del original francés. http://brunomori39.blogspot.com/2021/01/lepiphanie-ou-lemergence-dune-nouvelle.html.  

 

En las iglesias cristianas de los primeros siglos, la fiesta de la Epifanía conmemoraba y celebraba los tres momentos más importantes del comienzo de la vida de Jesús: su nacimiento en Belén, la adoración de los Magos y ser bautizado por Juan en el Jordán.

Navidad (del latín dies natalis) es el relato poético e imaginario del nacimiento y la aparición y por ello de la presencia entre los hombres de un “salvador”.

Epifania, que significa manifestación, aparición, revelación, es el hermoso cuento de la llegada de los Magos al pesebre de Belén. Es uno de los mitos cristianos más populares y célebres, sobre todo en la Iglesia de Oriente, a causa de su gran carga simbólica. Históricamente es más antigua que la fiesta de Navidad que, en Occidente, se comenzó a celebrar sólo a partir del siglo V, cuando reemplazó las fiestas paganas del solsticio de invierno, en las que se saludaba la llegada del dios-sol mensajero y portador de más claridad y luz a los seres humanos.

Entonces, para los cristianos, Navidad y Epifanía constituían dos solemnidades bastante semejantes porque, tanto la una como la otra, conmemoraban la aparición de Jesús en el mundo de los hombres. Un Jesús a quien la fe cristiana consideraba presencia de Dios, estrella de Dios y luz de Dios, aparecidas para disipar las tinieblas de la maldad y del mal.

La fiesta del bautismo del Señor, en las aguas del Jordán y el relato de una voz divina que presenta a Jesús como el hombre “privilegiado” por Dios, por El especialmente amado y que se manifiesta públicamente a los hombres de su tiempo.

Todos estos cuentos fueron imaginados y elaborados por los autores cristianos del siglo primero con el fin de hacer comprender a sus hermanos en la fe que, con la aparición y presencia de Jesús entre nosotros, hizo su aparición en nuestro mundo una nueva cualidad de amor (incondicional, gratuito y desinteresado). Una nueva forma de amor que encontró en Jesús su receptáculo, su morada y su elección manifiesta.

En efecto, a través de la vida y la obra de este hombre, ese amor está ahora destinado a comunicarse, manifestarse, activarse y actuar en la vida de todos aquellos y aquellas que se apegan a él y lo siguen en el camino que trazó para que cambien el mundo viejo en un mundo nuevo. Un mundo que Jesús llamó “el reino de Dios” y del que señalaba debía construirse primero en cada uno de nosotros, porque primero – decía: “el Reino de Dios está en ustedes”.

Entonces la Epifanía se hace hoy para nosotros una historia magnífica que, en su simbolismo y su poesía encantadora, quiere anunciarnos la aurora de un nuevo día que se levanta sobre nuestra tierra. Anuncia la posibilidad de una nueva manera de ser humano y de amar. El advenimiento de una nueva sociedad donde las relaciones entre los individuos ya no estén basadas, como en el pasado, sobre el principio bruto y primario de la fuerza, el temor, el interés personal, el enfrentamiento, la explotación y la opresión del más débil por el más fuerte, sino sobre la fuerza de la compasión y el amor fraternal y desinteresado que hace de nosotros personas espiritual y humanamente más dotadas y realizadas. Por tanto, ya no más la práctica de la discriminación, la ley del talión, el “diente por diente”, sino de la mano tendida, el amor a los enemigos, el bien ofrecido a los que nos quieren mal, el perdón concedido “setenta veces siete”, amar no como querríamos ser amados, sino como “Dios” ama.

De ahí por qué los cristianos sienten la necesidad de celebrar, recordar y confrontarse continuamente, o al menos cada año, con el Misterio de esta “divina” presencia del amor escondido en las profundidades de nuestro ser. A lo largo de estas celebraciones, muchos de entre nosotros buscan hacer balance y ver en qué medida la presencia de ese amor ha conseguido transformar y mejorar la calidad de nuestra vida.

Conservar activa en nosotros la presencia de esta cualidad única de ese amor del que sólo nosotros somos capaces, debería ser la principal inquietud de cada cristiano. Porque ese preciado tesoro ha sido confiado principalmente a nuestra responsabilidad de discípulos de Jesús. Como él y después de él, en efecto, somos sus principales mensajeros y testigos. Nuestra misión consiste en ayudar a los individuos de nuestra especie a dar el salto evolutivo hacia una forma más amable y amante y por ello más realizada de humanidad.

  

Bruno Mori 1o enero 2021

Traducción de Ernesto Baquer

dimanche 25 avril 2021

 

Este virus que nos prepara para Navidad

(2ºdomingo de Adviento, B – Marcos 1,1-8)

Versión original en: http://brunomori39.blogspot.com/2020/12/ce-virus-qui-nous-prepare-noel.html.

La voz severa y admonitoria de Juan el Bautista, que el Adviento nos hace escuchar antes de Navidad, adquiere este año para nosotros una resonancia y una actualidad únicas. En este tiempo de pandemia comprendemos que esta voz que nos interpela y nos invita a “enderezar nuestros caminos”, no puede ni debe resonar en el desierto. Esta vez constatamos más que nunca, que el profeta tiene razón para gritarnos hoy que necesitamos un cambio total de conducta e invertir completamente la dirección, dado que la ruta que recorremos actualmente nos está conduciendo a la perdición.

Por primera vez, nuestra generación confronta la contradicción de vivir y celebrar la fiesta de Navidad, memoria de la presencia de un Misterio divino de amor gratuito, ternura, renovación universal, de alegría, paz y vida nueva, en el corazón de una realidad humana completamente trastornada por la incertidumbre, la ansiedad, el miedo y la amenaza constante de una posible muerte.

El corazón difícilmente puede estar de fiesta cuando nuestro futuro es gris, nuestra esperanza agotada y nuestra existencia bien frágil.

En otro tiempo el Bautista tomaba prestada la Biblia (Isaías), considerada como revelación de Dios, para llamar a los hombres a la conversión. Hoy, es el grito de la Naturaleza, considerada como la primera y original revelación del Misterio Último de Dios, quien, por intermedio del Covid 19, se dirige a la humanidad para que tome conciencia, de manera brutal, pero convincente, de la necesidad de cambiar de conducta, si quiere escapar de su desaparición.

Al parecer, la Naturaleza confió, en primer lugar, a este virus la tarea de gritar y hacer comprender a los humanos que en adelante es una insensatez pensar que todavía podemos trazar líneas de separación entre los pueblos, erigir muros, poner alambradas y reforzar fronteras entre países. En segundo lugar, le confió la tarea de que nos percatemos que todos navegamos en el mismo barco y que habitamos la misma “casa común”; y que cada uno somos parte integrante de una inmensa red de inter-relaciones, inter-conexiones e inter-dependencias continuas y esenciales. Y por ello, que sólo la unión, la colaboración, la corresponsabilidad y la solidaridad, el cuidado recíproco atento y fraternal y los esfuerzos concentrados de todos serán capaces de salvarnos.

En Navidad el virus parece activar con más fuerza en nosotros la conciencia de nuestro origen común y nuestra común pertenencia a este planeta y por tanto de nuestra unidad y fraternidad fundamentales. Conciencia escondida en las cavernas de nuestro inconsciente colectivo a causa de los excesos y aberraciones de nuestra civilización capitalista, individualista y egocéntrica, pero que en Navidad, por una especie de magia, parece salir nuevamente a la superficie en forma de deseo, lamento, o impulso espontáneo de bondad, altruismo y generosidad hacia todos nuestros hermanos humanos, pero especialmente hacia los más pequeños, vulnerables y desvalidos.

Esta conciencia es lo que de repente la fiesta de Navidad hace aparecer en cada uno de nosotros, a través de la necesidad casi visceral de sentirnos rodeados y arropados por la cercanía y el amor de nuestros seres queridos.

En esta Navidad del 2020, el Covid 19 se convierte, por así decirlo, en una especie de nuevo Juan Bautista enviado por la Naturaleza para anunciarnos que vivimos, no tanto en una época de cambios, sino más bien en un cambio de época que comporta un cambio radical y absolutamente necesario del hombre moderno: cambiar nuestro espíritu, nuestras actitudes, valores, prioridades, estilo de vida. Esa es la razón por la cual, necesitamos más que nunca, como predicaba el Bautista recibir un bautismo de conversión capaz de hacer surgir en nosotros otro tipo de “Espíritu”, más “santo” y más humano.

Sólo creyendo en la bondad fundamental del ser humano, capaz de dejarse guiar por la presencia de ese Espíritu de paz, sabiduría y amor, y que la fiesta de Navidad anuncia está disponible para los hombres de buena voluntad, sólo así podremos mantener viva nuestra confianza en la posibilidad de un futuro y un mundo mejor.

Bruno Mori –   Montreal  -   15 dic. 2020

 (Traducción de  Ernesto Baquer)


 

Testigos de la luz y Voz que se hace Palabra de salvación

 

(3 dom de Adviento B, Juan1, 6-8, 19-28)

 

Del francés original en: http://brunomori39.blogspot.com/2020/12/temoins-de-la-lumiere-et-voix-qui-se.html.

 

El texto del evangelio de este domingo, al presentar la persona de Juan Bautista, quiere hoy recordarnos que, también nosotros, como el Precursor, no somos la luz, pero sí testigos de la luz. Somos las lámparas que le permiten a la Luz, ser, difundirse e iluminar.

 

Nosotros no somos la palabra, sino la voz que da consistencia y forma a la Palabra. Somos el soplo, la vibración sonora que genera la música de la Palabra portadora de sentido, significado e incontables modulaciones y armonías del Espíritu. Una Palabra cuyo fin es alimentar nuestra alma y guiar y orientar nuestros pasos hacia los caminos de una posible y necesaria transformación e innovación en nuestra existencia.

 

Para nosotros, los cristianos, la luz es Jesús. Jesús es la palabra. Pero nosotros somos los y las por quienes esa luz se derrama; los y las por quienes esta palabra retumba y resuena de nuevo en nuestro mundo.

 

¡Formidable responsabilidad la nuestra, en cuanto discípulos del Maestro y depositarios privilegiados de su preciosa herencia de renovación universal, de sabiduría y humanidad! Porque tenemos el poder de enfriar el fuego, apagar la luz y sofocar la palabra de ese profeta, de ese “hijo del hombre”, a quien los evangelios le atribuyen ser el “predilecto” de Dios.

 

Nosotros tenemos el terrible poder de volver estériles, para nosotros y nuestros hermanos humanos, la ejemplar cualidad de su vida entregada y su muerte voluntariamente aceptada; así como volver inoperante el poder liberador, transformador y salvador de su mensaje y su espíritu.

 

Tenemos el poder trágico, para un gran número de humanos, de volver vana la aparición en nuestra historia de semejante obra maestra de espiritualidad, intimidad divina y humanidad. Tenemos el poder trágico de volver insignificante semejante milagro de amor incondicional, de compasión, abnegación, donación de sí mismo y total libertad.

 

Tenemos el triste poder de esconder a los ojos de la humanidad, que hoy necesita como nunca, el descubrimiento, hecho por Jesús, de la presencia en este Universo de un Misterio de atracciones, de benevolencia, bondad y amor, que es y que actúa en todas las cosas, pero que es y que actúa sobre todo en el corazón del hombre. Este Misterio de amor, presente y trabajando en todas partes, y entrevisto y resonando de forma única y particularmente intensa en Jesús, ha tomado,

en su espíritu y en su imaginario, el rostro de un Dios que es, para nosotros, padre, madre y cariñoso compañero de ruta.

 

Testigo de una nueva luz que ha venido a iluminar a nuestro mundo que, también hoy y quizá más que nunca, camina en la oscuridad y la incertidumbre de un futuro incierto y amenazador… Voz que debe pronunciar clara y fuertemente la buena Palabra y anunciar la buena nueva de una salvación, hoy y siempre posible para los hombres de buena voluntad… Eso es lo que el evangelio de este domingo nos invita a ser en cuanto discípulos que han elegido marchar sobre el “Camino” abierto por Jesús.

 

De ahí que nos incumba, a nosotros, sus discípulos una gran responsabilidad: la de ser verdaderos testigos del Evangelio; la de vivir a fondo y encarnar en lo cotidiano de nuestra existencia los valores que el divino Maestro nos dejó; la de actuar de manera que nuestra vida renovada y transformada por su Palabra resplandezca, como deseaba Jesús, como una lámpara que brille a los ojos de los hombres e ilumine a todos los y las que, con nosotros, habitamos la misma casa (Mt 5,14-16)

 

Lo creamos o no, lo realicemos o no, hay algo muy cierto: la salvación de nuestro mundo, nuestra raza y cada uno de nosotros, sólo será realidad con el amor gratuito, el cuidado de los otros, la bondad fraternal, la justicia, la solidaridad y la responsabilidad recíprocas, por medio de las cuales y sólo entonces, seremos capaces de recalificar y reconstruir las relaciones con nuestros hermanos humanos y con la naturaleza a nuestro alrededor. ¡Al menos esa era la profunda convicción de Jesús de Nazaret!

 

 BM – Montréal    9 dic. 2020

  (Traducción de  Ernesto Baquer)

 

 

No hay amor sin sufrimiento

 

(22º domingo ordinario A – Mt 16,21-27)

 

Original francés en: http://brunomori39.blogspot.com/2020/09/.

 

Todos recordamos el Evangelio del domingo anterior en el que Pedro reconoce a Jesús como el Hijo de Dios, pero el texto tiene una segunda parte, menos poética y más desconcertante, que nos propone el evangelio de hoy. Por primera vez, Jesús habla abiertamente a sus discípulos del fracaso de su misión, del rechazo, la persecución y el sufrimiento que deberá soportar y de su muerte inminente inevitable. Entonces Pedro interviene, tomando aparte a Jesús: “Maestro, mejor que no digas palabras así. ¡Desanima la moral! ¡Nos guarde Dios y te guarde del sufrimiento!”. Pedro querría enseñarle a Jesús una forma mejor de cumplir su misión. Durísima la reacción de Jesús: “Tu razonas como la gente del mundo, aún no eres mi discípulo, tu discurso es del diablo”.

Sí, ¡Pedro se nos parece mucho! Nosotros también reaccionamos como él frente a la calamidad y el dolor. No queremos oír de sufrimiento, de prueba y de muerte. A nosotros también nos angustia y aterroriza la idea de ser abandonados, incomprendidos, de perder la salud, de sufrir, de morir. Todos anhelamos escapar de nuestra condición de criaturas frágiles y transitorias. También nosotros hacemos lo posible para no pensar que un día la enfermedad, la invalidez, el sufrimiento que vienen con la vejez y el deterioro de nuestra salud, inevitablemente nos alcanzarán.

Sin hablar del sufrimiento que experimentamos por el simple hecho de que amamos y tejemos lazos de afecto, amistad, o intimidad con la gente. Porque no se puede amar sin sufrir. Porque el simple hecho de amar a alguien nos hace vulnerables. Porque cuando se ama, uno se inquieta, está ansioso, no tiene paz. Porque cuando se ama verdaderamente, estamos prontos a sacrificarnos, a olvidarnos de nosotros mismos, a sufrir e incluso a morir por el ser querido. Por eso no podemos vivir sin sufrir. Por eso el sufrimiento forma parte de la vida. Por eso el y la que ama tiene siempre su corazón herido.

Jesús nos enseña aquí que es el amor el que da sentido y valor a nuestra existencia; y que no hay amor sin darse, sin preocuparse por el otro, sin renunciar, sin salir de sí mismo, sin compromiso a favor de los otros. Siguiendo a Jesús, aprendemos por tanto que es necesario pensar menos en uno mismo y más en los demás; renunciar por ello a satisfacer todos nuestros caprichos y deseos; perder un poco de uno mismo, un poco de nuestra vida, para vivir plenamente. Por eso Jesús dice: “El que quiera seguirme, ha de negarse a sí mismo; porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que quiera perder su vida a causa de mí, la encontrará.”

Jesús le reprocha a Pedro no haber comprendido todavía esta gran verdad. No se puede evitar siempre el sufrimiento, porque el que quiera suprimir todo sufrimiento, como quieren los budistas, se arriesga también a suprimir el poder y la belleza del amor en su vida.

Sin embargo, reflexionando sobre el texto, ¿no podríamos pensar que Jesús no vió que, finalmente, el reclamo angustiado de Pedro, era en realidad la reacción normal del amor que no puede aceptar de buen grado el sufrimiento de su Maestro?

Jesús nos dice, no sólo que la vida tiene sentido, sino que nos advierte igualmente que tiene una dirección y que nuestro barco está destinado a alcanzar la orilla de la eternidad, el puerto de Dios. Atención, pues, a mantener el timón en la buena dirección. Atención entonces, a no recargar nuestra embarcación con pesos engorrosos y sin valor que arriesgan el hacer inútil nuestro viaje y naufragar nuestro barco.

Jesús nos dice que el amor, el darse a los demás, la inquietud por construir un mundo mejor, más justo y fraternal, son los únicos bienes que debemos transportar, la única mercancía que tiene valor y que será valorada y bien pagada cuando nos presentemos en la aduana de Dios para pasar a la otra orilla.

El amor a los hermanos es el único medio que disponemos para amar a Dios y para realizar la mejor parte de nosotros mismos que el evangelio llama nuestra “alma”. Todo lo demás es relativo y secundario. Por eso Jesús nos advierte: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?” O “¿qué puede dar el hombre a cambio de su alma?”. No hay radicalismo ni exclusivismo más claros. San Agustín decía: “¿Para qué sirve vivir bien, si tú no puedes vivir siempre?”

 

BM – Monreal sept. 2020

 (Traducción de  Ernesto Baquer)

mardi 30 mars 2021

Multiplicación del pan y pandemia

 

(18e domingo ordinario, A)

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El milagro de la multiplicación de los panes, se encuentra en los cuatro evangelios. Lo que explica la gran importancia atribuida a su mensaje.

Más allá de su sentido literal, veamos en qué nos puede interesar este texto, a nosotros que vivimos en el siglo XXI, y en una situación que nos confronta, más que nunca, con nuestras extremas fragilidad y vulnerabilidad. En este relato, lo que me impresiona en primer lugar, es el comportamiento de Jesús que encuentro tan semejante al nuestro, en este tiempo de pandemia. Jesús se confina, se aísla, se retira, necesita encontrarse solo, lejos del tumulto y de la agitación de la vida ordinaria. Y ello para detenerse, para respirar, para alimentar su vida interior, para defender y salvar la calidad de su relación con Dios, consigo mismo y con el sufrimiento humano que lo rodea.

En cierta manera, todos hemos adoptado hoy ese mismo comportamiento. También nosotros nos aislamos, nos confinamos, ciertamente no por las mismas razones, ni con la misma espontaneidad ni con el mismo gusto que Jesús. Pero, como Jesús, lo hacemos por necesidad, para defendernos, para salvaguardar cierta serenidad interior, para proteger nuestra salud y nuestro equilibrio psicológico, para salvar nuestra vida, incluso aunque nos gustaría ser libres, hacer nuestra voluntad y vivir diferentemente.

Algo es cierto: el confinamiento y la soledad a que nos obliga la pandemia, a pesar de su carácter penoso, angustiante y a veces dramático, puede ser para nosotros, como para todos los y las que tienen una cierta sensibilidad religiosa y espiritual, un tiempo de gracia, durante el que podemos trabajar y profundizar y asumir los contenidos, las motivaciones y los valores que orientan nuestra elección y nuestros comportamientos, a fin de desencadenar (eventualmente) una suerte de conversión interior, un viraje existencial, una rectificación de marcha, que podrían dar una nueva orientación, un nuevo impulso y una nueva calidad humana a nuestra existencia.

Además, este tiempo de gracia puede ser consagrado a reflexionar, hacer balance, cuestionarse, incluidos comportamientos, actitudes, valores, proyectos y ambiciones que habían determinado hasta ahora el curso de nuestra existencia… y quizá, a buscar reconectar de otra manera, en un marco más ordenado y armonioso, los pedazos descompuestos y  dispersos de nuestra existencia.

Generalmente tendemos a pensar que es difícil detenerse, retirarse, retroceder, dejar atrás, buscar el silencio y la soledad… Necesitábamos la pandemia para comprender que todo eso es fundamental; para comprender también que, en lo concreto y cotidiano de nuestra vida, llenamos nuestra existencia de un montón de cosas inútiles y superfluas que destruyen o menguan nuestra libertad, nuestra paz interior y nuestra disponibilidad a los llamamientos del Espíritu de Dios y de nuestros hermanos.

El Covid 19 nos ha hecho a todos un poco más sabios, más resistentes, más resignados, menos exigentes. Nos ha obligado a contentarnos con menos, ir a lo esencial, aceptar y apreciar una vida más despojada, más reservada, más simple, más sobria, sin demasiadas exigencias ¿Cómo podríamos nosotros realizar una vida de buena calidad humana si permitimos a la exterioridad y la materialidad de nuestra existencia de nos acaparar totalmente a riesgo de descomponernos y dispersarnos hasta al punto de secar y asolar la parte mejor que está en nosotros? Esa parte constituida por nuestra sensibilidad al Espíritu en nosotros y a las vibraciones del Misterio Último que nos habita. Jesús lo había comprendido mucho antes que nosotros.

Este episodio del Evangelio tiene también un componente social sobre el que habría mucho que decir. Jesús aquí está rodeado de una multitud de gente pobre, angustiada y sufriente. Los discípulos son al tanto de todo esto: “¿Qué se puede hacer con toda esta gente que tiene hambre y, evidentemente, carecen de lo necesario…”? Sin embargo, no tienen ninguna intención de implicarse. “Después de todo, no es nuestro problema… -gruñen entre dientes- no somos nosotros los causantes de la situación…”

Esta pandemia nos hace caer en cuenta que tal actitud de indiferencia y desinterés es nefasta para todos; y que sólo la actitud contraria de atención al otro, de preocupación por el otro, de cuidar y hacerse cargo del otro, y por tanto de la solidaridad, es en definitiva capaz de asegurar nuestra salud y nuestro bienestar. Esta pandemia, nos hace experimentar, con una evidencia patente, que el bien realizado y el amor dado aprovechan tanto al beneficiario como al donador.

Y entonces Jesús responde: “¡Salgan de su egoísmo! ¡Comprométanse! ¡Pidan! ¡Denles ustedes de comer!”. Lo que significa:  no es cuestión de zafarse, de encontrar excusas o pretextos para justificar nuestra inacción o nuestra apatía. Siempre hay algo que hacer cuando nuestro prójimo está en peligro, en desgracia o necesidad. Incluso si vemos que nuestros medios son con frecuencia insignificantes y que no tenemos más que dos sardinas y unos panecillos. ¿Qué podemos hacer con eso? Sin embargo, ¡Junten, ofrezcan, distribuyan, compartan, nos dice Jesús, y verán el milagro…! Todos sacarán provecho y se sentirán socorridos, protegidos y alimentados con el pan de vuestra solicitud, vuestra comprensión y vuestro amor.

Esta enseñanza del maestro Jesús nos llega a propósito, en estos tiempos peligrosos y angustiantes de pandemia, cuando, más que nunca, nuestra seguridad y nuestra salud están puestas en las manos de nuestro vecino, más que en las de Dios.

 

Bruno Mori -  Traducción de  Ernesto Baquer

(Original francés en: http://brunomori39.blogspot.com/2020/08/